Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for noviembre 2007

¡Lo que me he podido reír!

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Lo que me he podido reír, por no llorar, con el vídeo éste de YouTube.

De verdad que he dudado de incluirlo en mi blog porque he tenido que vencer la resistencia de abstenerme de ello para no contribuir a ridiculizar a una pobre muchacha que, en lo humano es hasta entrañable y esto lo digo sin el menor asomo de ironía.

Isabel Teruel es espontánea, es alegre, es humilde, seguramente un poco alocada y, en fin, tras ella se adivina una gran humanidad y, en cualquier caso, una inocencia y una candidez conmovedoras.

No me quiero ensañar, pues, con Isabel Teruel.

Adivino en ella todas estas cualidades que digo y estoy seguro de que las posee, de que es una gran persona.

Pero de lo que tampoco cabe ninguna duda es que no posee las aptitudes suficientes para ser portavoz de un grupo parlamentario, aunque sea del socialista.

Y, tan poca duda cabe que, tras la intervención de esta señora en el Parlamento Aragonés, el propio grupo socialista la ha cesado en su labor como portavoz del mismo.

Esto que aquí veis es una madre de la Patria y, además, según parece y para más inri, una profesora de Bellas Artes, en el curso de una intervención en el parlamento de Aragón.

Ésta es la España que tenemos.

Esto, señores, es una diputada, portavoz de grupo parlamentario y esto, señores, es una profesora.

Ésta es la España que resulta del buen rollito, de la LOGSE, de la reLOGSE y la que quiere perfeccionarse, aun más, a través de la Educación para la Ciudadanía.

Perdóname, Isabel, por traer aquí a colación esta intervención parlamentaria tuya.

Tú no tienes la culpa, pero tu ejemplo es de libro.

La culpa es del partido que te ha puesto donde no puedes estar y que te ha puesto porque ni le importa el parlamento, ni le importa la democracia ni le importa el diálogo.

La culpa es del partido que ni te respeta a ti, ni respeta el Parlamento ni nos respeta a nadie. De tu partido, el PSOE que lo único que respeta es la apariencia. El como sea de tu jefe Zapatero.

La culpa es del partido que está intentando crear una sociedad como la que tú, con tu espontaneidad y frescura, ilustras de manera tan gráfica en este video. Una sociedad orwelliana. Una sociedad de borregos. Una sociedad en la que el diálogo (que para eso, Isabel, están los Parlamentos) sea sólo una apariencia de diálogo. Porque el socialismo es sólo eso: apariencia.

Lo ilustras de manera muy gráfica (y simpática) en tus palabras:

«Que… cuando yo oigo hablar de la Expo 2008, a mí se me llena de orgullo. Que, cuando, este verano, he estado de vacaciones en distintos puntos de España, la gente está encantada con al Expo 2008, que es una proyección, que es algo bueno, que es algo educativo, que nos va a instruir, que nos va a formar, que nos va a lanzar, que, es que me parece algo… increíble y que estoy aturdida de todas las críticas que hemos recibido y las he ido apuntando porque… pero, digo, bueno, esto lo contestará ella que es la que sabe, que es mi consejera.»

Eso, Isabel es una sociedad orwelliana y borreguna: la que sabe es tu consejera y tú, como portavoz de un grupo parlamentario (cuya labor, Isabel, es controlar al Gobierno y pedirle cuentas) ¿a qué santo te vas a preocupar de las críticas, fundadas o no, que reciba la Expo? Para eso, como muy bien dices, está tu Consejera que es la que sabe.

Y, como muy bien sigues diciendo:

«Y decirle que los objetivos que se van a conseguir con la Expo, yo creo que son de tal magnitud que es que es imposible ahora el definirlos y el preocuparnos por los presupuestos… que se nos están yendo partidas y demás… pero, y eso ¿cómo se valora? ¿cómo se valora algo que no es tangible? ¿cómo se valora lo que es tan abstracto y tan grande? mmm… y, bueno, esto sería repetirme algo que ya he dicho, como no sé todavía improvisar… pues eso: que va a ser bueno; que va a ser bueno para la educación, que va a ser bueno para la cultura, que va a ser bueno para el deporte y que es, al fin y al cabo, que es lo que nos interesa y por lo que estamos aquí.»

Exacto Isabel, exacto: los Parlamentos se crearon, precisamente, para encandilarse con obras magnas como la dichosa Expo que tanto te encanta. Los que piensan que los Parlamentos nacieron, fundamentalmente para valorar cosas tan abstractas e intangibles como los Presupuestos poco pueden añadir a tus brillantes palabras en esta orwelliana sociedad.

Para eso, Isabel, como tú muy bien dices también, están los técnicos:

«También me ha dolido… un poco… pero ya me curtiré: me curtiré con la experiencia… que siempre se estén cuestionando… pues decisiones de los técnicos del gobierno… pues… pues… pues… ¡pa eso son técnicos y sabrán lo que hacen ¿no?! … Me refiero a las cuestiones que se plantean de patrimonio y de todo eso, pues… nosotros confiamos en los técnicos.»

Eso es: para eso son técnicos y para eso los tenemos. Para no tener que preocuparnos de estas cosas ni los ciudadanos ni, menos, los parlamentarios y poder dedicarnos a cantar las alabanzas de la Expo y de la señora Consejera.

Pues los demás, vuelvo a citarte, no entendemos nada:

«Bueno, yo, simplemente… ahora va a hablar usted y que seguro que me va a levantar el ánimo, que yo lo necesito… ¡ja, ja, ja! Pero no por usted sino por los demás que no entiendo cómo no comprenden nada… de la vida… en fin, Sus Señorías me van a agradecer que finalice: muchas gracias, muchas gracias, ¡Muchas Gracias, señora Consejera! Siga así y sepa que cuenta con nuestro total apoyo y colaboración para conseguir los compromisos presentados. ¡Fin! Muchas gracias, señor Presidente, ¡je!»

Entrañable, Isabel, y muy ilustrativa, como digo, tu intervención parlamentaria.

Muy ilustrativa de lo que es el PSOE y de adonde nos quiere llevar aunque contigo se les ha ido, inadvertidamente la mano y tú, con tu espontaneidad y tu frescura, lo has dejado en una evidencia palmaria.

Por eso te han tenido que cesar.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

25 noviembre, 2007 at 12:08

Publicado en Política

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Porque ese cielo azul que todos vemos…

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Porque ese cielo azul que todos vemos,

ni es cielo, ni es azul…

 

 

 

 

A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa

 

 Yo os quiero confesar, don Juan, primero,

que ese blanco y color de doña Elvira

no tiene de ella más, si bien se mira,

que el haberle costado su dinero.

Pero, tras eso, confesaros quiero

que, es tanta la beldad de su mentira,

que en vano a competir con ella aspira

belleza igual en rostro verdadero.

Así ¿qué mucho que yo perdido ande

por un engaño tal, pues que sabemos

que nos engaña así Naturaleza?

Porque ese cielo azul que todos vemos,

ni es cielo, ni es azul: ¡lástima grande

que no sea verdad tanta belleza!

***

 

(Indistintamente atribuido a Lupercio y a Bartolomé Leonardo de Argensola.)

He aquí algunos vínculos en los que se pueden hallar poemas de los hermanos Argensola:

I.E.S. Hermanos Argensola
Sonetos por autores

Antología de poesía hispanoamericana

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

24 noviembre, 2007 at 11:16

Publicado en Poesía

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Trigésimo segundo de la muerte de Francisco Franco

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Trigésimo segundo aniversario de la muerte de Francisco Franco

 

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

20 noviembre, 2007 at 9:35

Publicado en Política

20 de noviembre. Testamentos de Franco y de José Antonio

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Testamentos políticos de Franco y José Antonio

 

Pasado mañana, 20 de noviembre, conmemoraremos la muerte de dos grandes figuras de la Historia de España: el trigésimo segundo  aniversario de la muerte de Francisco Franco y el septuagésimo primero del asesinato de José Antonio Primo de Rivera.

Ambos entraron en esta Historia de España, no por que su vocación primera fuera la res publica, sino por sentimiento del deber ante la destrucción de nuestra patria a manos de la revolución, venciendo la inercia que cualquier persona siente ante ante semejantes órdagos y sabiendo que la brújula de los tiempos no les soreía y que era mucho más lo que podían perder que lo que podían ganar.

El caso es que ninguno quería ganar nada en provecho propio.

Quedándose como estaban, los dos hubieran tendido, Dios mediante, una existencia plácida, una vida familiar arreglada, un reconocimiento social, y, en fin, un pasar por este mundo sin mayores alaracas ni menores satisfacciones cotidianas.

Pero no lo quisieron así.

El uno abandonó su brillante carrera forense para acabar siendo asesinado por las hordas rojas.

El otro empeñó su también brillante carrera militar cuando acabó por darse cuenta de que era imposible detener la revolución socialista que comenzaba en España.

Es muy difícil poder calibrar con precisión lo que estos dos hombres fueron y significaron para España.

Si tuviera que resumir mi opinión al respecto diría que, ambos, uno desde la brillantez de su pensamiento, armado de la claridad de su palabra y de la poesía de su alma, y el otro desde su genio militar primero y, luego, desde su sentido común y desde su laboriosidad, intentaron que en España pudieran conjugarse la modernidad con la tradición.

No pudo ser.

Ésta es, digo, mi opinión muy resumida.

Quizá esté en todo o en parte equivocada pero, de lo que no me cabe ninguna duda es de que a pocos hombres se les habrá tratado con mayor injusticia dentro de su propia patria como a Franco y a José Antonio.

El odio de sus enemigos hacia ellos sigue tan vivo como hace setenta años. Esto no debe extrañarnos pues ese odio lo único que hace es manifestar la grandeza que tuvieron frente a la mentira y poquedad de estos sus enemigos: si José Antonio hubiera sido un chalado y Franco un golpista de opereta hace tiempo que sus enemigos los hubieran olvidado.

Es la grandiosidad de las ideas (que no sólo atañen a España) que Franco y José Antonio defendieron lo que estos enemigos temen. Temen que, por su grandeza, estas ideas vuelvan a renacer y, por eso, no debe extrañarnos que las figuras de Franco y de José Antonio sigan siendo perseguidas e insultadas con tanta saña y a tantos años de su muerte.

Cuando hablo, pues, de injusticia, no me refiero a esta saña ni a este odio de los enemigos, sino al silencio vergonzoso y a la aquiescencia vergonzante, ante su continuo linchamiento moral, del pueblo español (vaporoso concepto) en general, y de pensadores honestos en muchas cosas, en casi todo, pero que no son capaces de vencer la inercia, o la cobardía, de presentarse como demócratas pulcros que abominan de cualquier dictadura.

Así, mi por otra parte admirado Jorge Vilches, en su reciente artículo en Libertad Digital, titulado Del buen salvaje al buen gorila, comete la gran injusticia y la indecencia intelectual de afirmar:

 

Esos dictadores, como Hugo Chávez, son los que sumergen a su país en el peor de los subdesarrollos: el político. Es un tipo de caudillo mesiánico ya muy visto –tanto que aquí tuvimos a Franco–.

 

No, Vilches, no. Creo que, en esto, yerras.

Ni ambas dictaduras son comparables ni Franco fue un caudillo mesiánico.

La palabra dictador proviene del latín dictator  y se refiere a la figura a la que el Senado romano recurría, de manera excepcional y provisional para hacer frente a peligros o dificultades que no podían resolverse en el guirigay de aquel Senado.

Cuando eso sucedía, cuando Roma estaba en peligro, el Senado romano abandonaba sus derechos en manos del dictador para que éste les sacara las castañas del fuego.

Y, cuando el peligro desaparecía, el dictador se iba a su casa y el Senado recuperaba su autoridad.

El protodictador venezolano está intentando dar un golpe de estado desde el poder para perpetuarse en él y perpetuar su cosmovisón socialista del mundo en Venezuela.

Hay casos peores. Hay casos de dictadores que para lo único que quieren su Dictadura es para forrarse y llevárselo crudo como podría ser el ejemplo de Somoza.

Pero no es el caso de Franco.

Franco llegó al poder en las circunstancias que conocemos y, por esas mismas circunstancias, lo ocupó de manera carismática hasta su muerte.

Podría haberlo abandonado, como dicen los condescendientes, una vez solventado el hecho coyuntural de la revolución socialista contra la que se levantó, pero, Viches, tú y yo sabemos que, como dijo el Caudillo en su Testamento político: los enemigos de la civilización cristiana no duermen y el caso es que, erradamente o no, continuó su magistratura hasta su muerte.

Y la fundamental preocupación de Franco fue que de esa magistratura carismática suya, surgiera una España, libre de odios, en la que se pudieran conjugar, como dije antes,la modernidad con la tradición. Véase la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de fecha tan temprana como la del 1946 en la que España se declara constituida en Reino.

En Reino, digo; no en Dictadura.

Para no perdernos en elucubraciones, Vilches: si Chávez o Castro o cualquiera de esos dictadores de izquierda lo son para imponer una sociedad basada en la filosofía socialista, Franco lo fue para devolver a España a su régimen tradicional intentando conjugar esa tradición con los tiempos modernos.

Me parece, pues, injusta la comparación de ambas dictaduras por parte de personas intelectualemente honestas.

Me parece injusta pero no me extraña: estamos en lo que José Antonio llamó la hora de los enanos. En la hora en la que los valientes aprovechan para dar lanzadas al moro muerto mientras los cobardes callan.

Y me callo yo también ya.

El propósito de este escrito no es un afán hagiográfico aprovechando una efeméride. Su propósito es, sólo, llamar la atención de las personas nobles sobre una inmensa injusticia que se está cometiendo contra la figura de dos hombres, injusticia que cometen unos por villanía y otros por cobardía.

Dejo aquí los testamentos de Francisco Franco y de José Antonio Primo de Rivera para que hablen ellos a quienes quieran escucharles.


José Antonio Primo de Rivera

Testamento de José Antonio Primo de Rivera

 

Testamento que redacta y otorga José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, de treinta y tres años, sol­tero, abogado, natural y vecino de Madrid, hijo de Miguel y Casilda (que en paz descansen), en la Prisión Provincial de Alicante, a dieciocho de noviembre de mil novecientos treinta y seis.

 

* * *

 

Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a ese trance me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no lo implique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia.

 

Me acomete el escrúpulo de si será vanidad y exceso de apego a las cosas de la tierra el querer dejar en esta coyun­tura cuenta sobre algunos de mis actos; pero como, por otra parte, he arrastrado la fe de muchos camaradas míos en me­dida muy superior a mi propio valer (demasiado bien conocido de mí, hasta el punto de dictarme esta frase con la más sencilla y contrita sinceridad), y como incluso he movido a innumerables de ellos a arrostrar riesgos y responsabilida­des enormes, me parecería desconsiderada ingratitud alejarme de todos sin ningún género de explicación.

 

No es menester que repita ahora lo que tantas veces he dicho y escrito acerca de lo que los fundadores de Falange Española intentábamos que fuese. Me asombra que, aun des­pués de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compa­triotas persistan en juzgarnos sin haber empezado ni por aso­mo a entendernos y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información. Si la Falange se consolida en cosa duradera, espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una bre­cha de serena atención entre la saña de un lado y la anti­patía del otro. Que esa sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla, y que los camaradas que me prece­dieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos.

 

Ayer, por última vez, expliqué al Tribunal que me juzga­ba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones, repasé, aduje los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más, observé que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban, primero con el asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta frase: «¡Si hubiésemos sabido que era esto, no estaríamos aquí!» Y, ciertamente no hubiéramos estado allí, ni yo ante un Tribunal popular, ni otros matándose por los campos de España. No era ya, sin embargo, la hora de evitar esto, y yo me limité a retri­buir la lealtad y la valentía de mis entrañables camaradas, ganando para ellos la atención respetuosa de sus enemigos.

 

A esto atendí, y no a granjearme con gallardía de oropel la póstuma reputación de héroe. No me hice responsable de todo ni me ajusté a ninguna otra variante del patrón román­tico. Me defendí con los mejores recursos de mi oficio de abogado, tan profundamente querido y cultivado con tanta asiduidad. Quizá no falten comentadores póstumos que me afeen no haber preferido la fanfarronada. Allá cada cual. Para mí, aparte de no ser primer actor en cuanto ocurre, hubiera sido monstruoso y falso entregar sin defensa una vida que aún pudiera ser útil y que no me concedió Dios para que la quemara en holocausto a la vanidad como un castillo de fuegos artificiales. Además, que ni hubiera des­cendido a ningún ardid reprochable ni a nadie comprometía con mi defensa, y sí, en cambio, cooperaba a la de mis her­manos Margot y Miguel, procesados conmigo y amenazados de penas gravísimas. Pero como el deber de defensa me acon­sejó, no sólo ciertos silencios, sino ciertas acusaciones fun­dadas en sospechas de habérserme aislado adrede en medio de una región que a tal fin se mantuvo sumisa, declaro que esa sospecha no está, ni muchos menos, comprobada por mí, y que si pudo sinceramente alimentarla en mi espíritu la avi­dez de explicaciones exasperadas por la soledad, ahora, ante la muerte, no puede ni debe ser mantenida.

 

Otro extremo me queda por rectificar. El aislamiento absoluto de toda comunicación en que vivo desde poco des­pués de iniciarse los sucesos sólo fue roto por un periodista norteamericano que, con permiso de las autoridades de aquí, me pidió unas declaraciones, a primeros de octubre. Hasta que, hace cinco o seis días, conocí el sumario instruido con­tra mí, no he tenido noticia de las declaraciones que se me achacaban, porque ni los periódicos que las trajeron ni nin­gún otro me eran asequibles. Al leerlas ahora, declaro que entre los distintos párrafos que se dan como míos, desigual­mente fieles en la interpretación de mi pensamiento, hay uno que rechazo del todo: el que afea a mis camaradas de la Fa­lange el cooperar en el movimiento insurreccional con «mer­cenarios traídos de fuera». Jamás he dicho nada semejante, y ayer lo declaré rotundamente ante el Tribunal, aunque el declararlo no me favoreciese. Yo no puedo injuriar a unas fuerzas militares que han prestado a España en África heroi­cos servicios. Ni puedo desde aquí lanzar reproches a unos camaradas que ignoro si están ahora sabia o erróneamente dirigidos, pero que a buen seguro tratan de interpretar de la mejor fe, pese a la incomunicación que nos separa, mis con­signas y doctrinas de siempre. Dios haga que su ardorosa in­genuidad no sea nunca aprovechada en otro servicio que el de la gran España que sueña la Falange.

 

Ojalá fuera la mía la última sangre española que se ver­tiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la justicia.

 

Creo que nada más me importa decir respecto a mi vida pública. En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jac­tancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin pro­testa. Acéptela Dios Nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida. Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excep­ción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico. Cumplido lo cual, paso a ordenar mi última voluntad en las siguientes

 

claúsulas:

 

Primera. Deseo ser enterrado conforme al rito de la religión Católica, Apostólica, Romana, que profeso, en tierra bendita y bajo el amparo de la Santa Cruz.

(el resto de su testamento atañe a asuntos personales y no lo incluyo aquí)

 

* * *


Francisco Franco

Testamento político de don Francisco Franco Bahamonde,
Jefe del Estado Español

 

«Españoles: al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio, pido a Dios que me acoja benigno en su presencia, pues quise vivir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia en cuyo seno voy a morir. Pido perdón a todos como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos sin que yo los tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquéllos que lo fueron de España, a la que amo y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida que ya sé próximo.

»Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación en la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre. Por el amor que siento por nuestra Patria os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, Don Juan Carlos, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis en todo momento el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido.

»No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros y, para ello, deponed, frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español, toda mira personal. No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo. Mantened la unidad de España exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria. Quisiera, en mi último momento, unir los nombres de Dios y España y abrazaros a todos para gritar juntos por última vez en los umbrales de mi muerte:

¡Arriba España!
¡Viva España!»
 

Comentarios a este escrito:

En Libertad Digital.
En Generalísimo Francisco Franco.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

18 noviembre, 2007 at 19:35

Publicado en Política

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Era un jardín sonriente

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Era un jardín sonriente
Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente
de cristal;
era, a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal.

Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero
del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro
para él.
 
A la orilla de la fuente
un caballero pasó
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba así, plañidero,
receloso de su mal:

−Rosa la más delicada
que por mi amor cultivada
nunca fue;
rosa la más encendida
la mas fragante y pulida
que cuidé;
blanca estrella que del cielo,
curiosa de ver el suelo,
resbaló;
a la que una mariposa
de mancharla temerosa
no llegó.

¿Quién te quiere? ¿Quién te llama?
¿Por tu bien o por tu mal?
¿Quién te llevo de la rama,
que no estas en tu rosal?
¿Tú no sabes que es grosero
el mundo? ¿Que es traicionero
el amor?
¿Que no se aprecia en la vida
la pura miel escondida
en la flor?
¿Bajo qué cielo caíste?
¿A quién tu tesoro diste
virginal?
¿En qué manos te deshojas?
¿Qué aliento quema tus hojas
infernal?
¿Quién te cuida con esmero
como el viejo jardinero
te cuidó?
¿Quién por ti sola suspira?
¿Quién te quiere? ¿Quién te mira
como yo?
¿Quién te miente que te ama
con fe y con ternura igual?
¿Quién te llevo de la rama,
que no estás en tu rosal?
¿Por qué te fuiste tan pura
de otra vida a la aventura
o al dolor?
¿Qué faltaba a tu recreo?
¿Qué a tu inocente deseo
soñador?

En la fuente limpia y clara,
espejo que te copiara
¿no te di?
Los pájaros escondidos,
¿no cantaban en sus nidos
para ti?
Cuando era el aire de fuego,
¿No refresqué con mi riego
tu calor?
¿No te dio mi trato amigo
en las heladas abrigo
protector?

Quien para si te reclama,
¿te hará bien o te hará mal?
¿Quién te llevo de la rama,
que no estás en tu rosal?
 
Así un día y otro día
entre espinas y entre flores,
el jardinero plañía
imaginando dolores,
desde aquél en que a la fuente
un caballero llegó
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.

Serafín y Joaquín Álvarez Quintero.

 

He aquí algunos vínculos en los que se pueden hallar poemas de los hermanos Álvarez Quintero:

A media voz

Los-Poetas.com

Antología de poesía hispanoamericana

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

17 noviembre, 2007 at 19:51

Estampas bíblicas

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Estampas Bíblicas

Presento aquí una serie de grabados reproducidos a partir de uno de los volúmenes de mi biblioteca que se titula Estampas Bíblicas. Lo publicaron, en Ediciones Culturales Iberia, el padre Scío y don Félix Torres Amat en 1934.

Su intención es la que siempre ha tenido la enseñanza de la Historia Sagrada a través de la imagen: el conmover, a través de su belleza plástica y alegórica las almas e imprimir en ellas esas imágenes que, tal vez, almacenadas en lo más recóndito de nuestra memoria, algún día resurjan de ella y nos lleven, de su mano, hacia las verdades más profundas, si bien más recónditas, de la religión.

Ello es particularmente necesario en los niños.

Ahora que tanto se está hablando de Educación para la ciudadanía y zarandajas así, a nuestros niños se les está privando de estos primeros contactos con los elementos sencillos de nuestra religión.

A las personas de mi edad, estas imágenes nos traerán a la memoria los primeros años de nuestra educación. A los niños de hoy estas imágenes les están vedadas y, sin ellas, sin la labor didáctica de muchas décadas, siglos diría, que supuso su realización, sin estos primeros contactos con las formas sencillas de la religión durante la infancia, difícil será que, en su edad adulta, no puedan sentir sino desprecio por una religión que desconocen hasta en sus elementos más sencillos y alegóricos.

Dice el editor, don Joaquín Gil en su prólogo:

Urge, pues, si queremos salvar los valores universales de la civilización, volver los ojos a la Biblia, cuyas enseñanzas constituyen el más perfecto Código de la moral universal y de la verdadera fraternidad humana.

Por todas estas razones y por esa urgencia que decía don Joaquín, quiero hoy iniciar compartir aquí estos viejos grabados de mi biblioteca.

Las imágenes pueden descargarse en su tamaño completo en la susodicha página desde cada uno de los vínculos.

***

Nota: Lamento no poder dar aquí mayor noticia de los autores de estos grabados pues, no haciendo ninguna mención de ellos el texto de la obra, únicamente puedo hacer referencia a sus firmas según me parece atisbar a leerlas en ellos:

2, 8, 10: Steinbrecher.
3, 264: Z. Scheckel.
7: Joch.
225, 267: ¿A. Garer?
277. Jungtow.

***

Nota actualizada en el verano de 2013: La obra de la que están extraídas estas reproducciones de grabados se puede encontrar a la venta  en la siguiente dirección.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

14 noviembre, 2007 at 19:35

Historia Sagrada, 1

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En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.

Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas. E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así. Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.

Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día tercero.

Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así. E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra, y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.

Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos. Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno. Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra. Y fue la tarde y la mañana el día quinto.

Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así. E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno. Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer. Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.

Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

14 noviembre, 2007 at 12:37