Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for octubre 2007

Serena, escúchame, Magdalena.

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El partido de la serenidad

 

 

Serena,

escúchame, Magdalena

porque no fui yo, no fui,

fue el maldito cariñena

que se apoderó de mí.

 

Así apelaba don Mendo a la serenidad de Magdalena tras el desastre sufrido en la partida de naipes de las siete y media que jugó contra el Barón de Vedia y que perdió don Mendo después de que aquél hubiera colocado la media que le faltaba sobre el mugriento tapete.

La desfachatez de Zapatero al presentarse ahora como adalid de la serenidad frente a la crispación de la que somos responsables todos (es decir, toda la derecha) menos él me han traído a la memoria estos versos de La Venganza de don Mendo.

La evocación es inexacta porque don Mendo es un personaje simpático y entrañable mientras que Zapatero es un ser siniestro, pues siniestro y ominoso es que no acepte el grandísimo grado de responsabilidad que tiene en la actual pérdida de serenidad en España, ya sea por estulticia, ya sea por maldad, que eso no lo sé.

La evocación es, también, inexacta pues, para el tiempo en que aquello sucedió, ya Magdalena se la estaba pegando a don Mendo con el Marqués de Cabra, lo cual hacía que el sofoco de don Mendo por la partida perdida estuviera de más.

Por contra y en verdad, no puede acusarse a la derecha española de deslealtad aunque sea eso, precisamente, lo que hacen Zapatero y sus secuaces. Al revés, si de algo ha pecado durante los treinta años de la transición ha sido de excesiva complacencia y de exceso de escrúpulo de molestar a la izquierda.

Y si de algo ha pecado durante los tres años de la desastrosa legislatura de Zapatero ha sido de pedir que se respeten las normas de la Transición y, si hay que cambiar esas normas, se haga de manera clara y transparente, no con las trapacerías, engaños y mentiras que utiliza el tío éste que ahora nos sale con que el PSOE es el partido de la serenidad.

 

Serenidad la ha habido en España durante los treinta años de la Transición, incluso durante las legislaturas socialistas de Felipe González. En aquellas legislaturas los socialistas, como se dice vulgarmente, se lo llevaban crudo. Al grito de "para que se lo lleve la derecha nos lo llevamos nosotros," imbuidos de ese pensamiento iluminado que les hace creer que, al ser ellos los buenos y los que vienen a salvar a España de siglos de obscuridad, todo les está permitido, se lo llevaban, como digo, crudo.

Pero, al fin, ese pecado (me refiero al latrocinio desde el poder) entra dentro de la debilidad y, como dijo también don Mendo:

 

Nunca ha de faltar un noble
que robe más de la cuenta

 

El socialismo del señor González hubo de abandonar el poder por estos asuntillos de dinero como, por otra parte es lógico y normal, pero durante sus legislaturas no se perdió la serenidad. Y no se perdió la serenidad porque el señor González comprendió y respetó el pacto de mínimos que implicaba la Transición aunque, eso sí, sin dejar de tildar nuca a la derecha de cavernícola, fascista, retrógrada y cutre. Pero a eso estábamos acostumbrados y lo llevábamos con cristiana resignación en aras de la dichosa convivencia con la izquierda.

La serenidad, efectivamente, se ha perdido en la legislatura Zapatero y la última ocurrencia que ha tenido el personaje al darse cuenta de ello es que la culpa de semejante pérdida es de los otros. Su partido, el PSOE, es el partido de la serenidad.

Podríamos rebuscar infinidad de actitudes y manifestaciones del PSOE en las que se desmiente tal aserto del Presidente de gobierno que nos ha caído en desgracia. Desde el vídeo en el que se presentaba a la derecha española, representada por el PP, como un doberman con connotaciones nazis, hasta el más reciente en el que sus juventudes presentan la caricatura de un joven de derecha como un deficiente mental.

A esto, el señor Presidente lo llama serenidad. Al partido responsable de esto, al PSOE, lo llama el partido de la serenidad.

Podríamos recordar los gritos de Aznar asesino, los asaltos de las turbamultas socialistas a las sedes del PP, la detención policial de manifestantes del PP, inédita en todo el tiempo de la Transición.

A esto, el señor Presidente lo llama serenidad. Al partido responsable de esto, al PSOE, lo llama el partido de la serenidad.

Podríamos traer a colación una Ley de Memoria Histórica infame que sólo busca reabrir heridas en tanto que olvida hechos como el protagonizado por un diputado de este partido asqueroso, falso y mentiroso que ha sido y es el PSOE, don Indalecio Prieto (y eso que era un socialista moderado) quien espetó, en sesión parlamentaria a don José María Gil Robles: “señoría, contra usted, cualquier calse de violencia es legítima.”

Al partido que dijo esto, al PSOE, lo llama el señor Presidente el partido de la serenidad.

Podríamos reflexionar sobre el hecho de que en esta legislatura, por primera vez desde los tiempos de la Segunda República, la labor del gobierno no es la de gestionar el bienestar común sino el ataque al principal partido de la oposición y, por ende, al cincuenta por ciento de la ciudadanía.

Al PSOE, partido responsable de este tipo de gobierno sectario, lo llama el partido de la serenidad.

Podríamos recordar que, en Cataluña, éste partido que lidera Zapatero, gobierna en coalición con partidos cuya finalidad explícita es la desintegración de España y que es gracias, a él, al PSOE, a Zapatero, que esos partidos están en el poder.

Podríamos recordar que, en las Baleares, éste partido que lidera Zapatero, gobierna en coalición con partidos cuya finalidad explícita es la desintegración de España y que es gracias, a él, al PSOE, a Zapatero, que esos partidos están en el poder.

Podríamos recordar que, en Galicia, pasa tres cuartos de lo mismo.

Podríamos recordar que, si esto no ha llegado a suceder en Navarra ha sido sólo porque este ser, que aparte de ser indigno, es un cobarde, se ha dado cuenta de que ello le iba a quitar votos.

Podríamos recordar que, si esto no sucede en Valencia es sólo porque, en ella, el PP tiene mayoría absoluta y, el día en que la pierda, el PSOE va a llevar al poder en esta región a los mismos partidos enemigos de España a los que ya ha llevado en Cataluña, Baleares y Galicia.

Podríamos recordar al señor Presidente que el gobierno Balear, del que su partido forma parte, ha declarado recientemente personas non gratas a SSMM los Reyes de España.

Podríamos recordar al señor Presidente que en ciertos ayuntamientos valencianos gobernados por el PSOE, se ha colocado recientemente boca abajo el retrato de SSMM.

Podríamos recordarle al señor Presidente cómo su engaño a los nacionalistas catalanes ha provocado su radicalización y, con ello, el hecho de que la independencia de Cataluña sea hoy un hecho más que plausible.

Podríamos intentar hacerle ver que todos estos hechos han ido creando un caldo de cultivo en el que van surgiendo amenazas de muerte a personas, quemas de retratos del Rey, insultos a la bandera española y otros hechos gravísimos que no nos hubiéramos podido ni imaginar hace tres años, cuando él llegó a la Presidencia del Gobierno.

A todo esto, sucedido en los tres años de su legislatura, el señor Presidente lo llama serenidad.

Al partido durante cuyo gobierno están sucediendo estos hechos y se está envenenando la convivencia de manera tan grave, el señor presidente lo llama el partido de la serenidad.

Podríamos recordarle muchas hechos como los anteriores al señor Presidente pero son tantísimos y tan cotidianos que la enormidad de hoy hace que la de anteayer parezca cosa de nonada y hasta vaya quedando desdibujada en la memoria en un increscendo prerrevolucionario que necesita, para seguir existiendo, soltar una enormidad mayor a la anterior porque, señores, las revoluciones son, precisamente, así.

Podríamos suplicar al señor Presidente que reflexione si no le cabrá a él y a su partido, el partido de la serenidad, alguna culpa de todo este proceso pues es él, precisamente, el partido que gobierna y, a mi corto entender, alguna responsabilidad habrá de tener por muy malos y destemplados que seamos los demás.

Y, como poder, podríamos pedir peras al olmo. Porque pedir peras al olmo y pedirle al señor Presidente que razone, que no mienta, que no embrolle y que utilice su pensamiento para algo más que para salir a repetir eslóganes como la estupidez esta del "partido de la serenidad" que le escriben los asesores de imagen viene a a ser lo mismo.

Y sería pedir peras al olmo porque, en el fondo, tiene razón el señor Presidente:

El PSOE es el partido de la serenidad.

De la misma serenidad e indiferencia con la que nos imaginamos a Nerón, tocando la lira mientras contemplaba a Roma después de haberle pegado fuego para acusar a los cristianos del incendio:

Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía.
Gritos dan niños y viejos,
y él de nada se dolía

 

  

Para serenidad, la que hay que tener para escuchar tamaños despropósitos del señor Presidente.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

15 octubre, 2007 at 21:01

Publicado en Política

12 de octubre, día de la Hispanidad. Una manifestación en defensa de los símbolos españoles

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¡Orgullosos de ser españoles!

 


¡Orgullosos de ser españoles!

Anteayer fue 12 de octubre, el día de la Hispanidad, festividad de la Virgen del Pilar y fiesta nacional española.

Mientras el sur de la Comunidad Valenciana sufría gravísimas inundaciones, la tarde de este viernes apareció despejada en la ciudad de Valencia como si Dios hubiera querido que la manifestación convocada por España 2000 en defensa de la bandera española pudiera, al fin, realizarse.

Y se realizó y a ella acudí.

El patriotismo ha sido y es una virtud cantada por todos los pueblos y en todas las civilizaciones:

dulce et decorum est pro patria mori

canta Horacio. En todos los pueblos, digo, menos en el español de los últimos treinta años, el cual, merced a una constante e insidiosa labor de zapa de la izquierda, ha llegado, si no a renegar de él, sí al menos a prescindir de sus símbolos para evitar disgustar a la izquierda y molestar a los nacionalismos periféricos.

Así, tales símbolos, y muy especialmente la bandera española, han venido sufriendo una preterición vergonzante y el español normal y corriente se ha acostumbrado a vivir como si estas cosas no existieran o fueran cosas del pasado.

La exacerbación de la inquina izquierdista y del odio nacionalista hacia todo lo que signifique España, las quemas sistemáticas, jaleadas, si no dirigidas, por partidos que hoy están en el poder en España gracias al apoyo del PSOE, han tenido la virtud de que muchos recapacitemos sobre esto y vayamos perdiendo el miedo de decir que somos españoles y que amamos los símbolos de la nación española.

Por eso fui anteayer a la manifestación que había convocado España 2000.

Me llamó la atención la muchedumbre de jóvenes que la nutría. Muchos dirán (los argumentos de la izquierda tiene la ventaja de que nos los sabemos de memoria) que es juventud manipulada. A mí, lo que me pareció milagroso y lo que me llenó de emoción y de esperanza fue que esa juventud, educada en el hedonismo y en el materialismo por nuestra culpa, por culpa de las generaciones que hemos tenido el deber de enseñarle esos valores que cantaba Horacio y no lo hemos hecho por la cobardía a la que antes me refería, esa juventud, digo, haya sentido la necesidad de colmar el yermo espiritual en el que les hemos educado y esté encontrando en el amor a la Patria y a sus símbolos los valores con que llenar ese vacío.

Seguramente, gracias a la absoluta carencia de dirección espiritual, a la ruptura brutal en la transmisión de estos valores (quizá no, en el ámbito familiar, pero sí, indudablemente, en todos los demás ámbitos sociales) y al hecho de que han tenido que hallar la idea de España por sí mismos, esta idea sea imprecisa, intuitiva e, incluso, hasta equivocada.

No importa: la idea de España renace en ellos.

Eché en falta, es cierto, a la juventud universitaria. La Universidad española está en manos de la izquierda desde hace muchos lustros y, sin el báculo del pensamiento, sólo con el báculo de la emoción, será difícil el renacimiento de España. Hay que ganar a la juventud universitaria.

Pero nadie ha dicho que esta labor sea fácil. Vivimos una época de barbarie. Vivimos en una edad media en la que los valores clásicos parece que han muerto y, efectivamente, han muerto para el común de las personas. Pero los valores eternos, y España lo es, ni siquiera en los tiempos más miserables y bárbaros acaban de morir del todo. Antes bien, quedan durmientes en unos pocos sabios y poco a poco, gracias, por una parte, a su grandeza intrínseca y gracias, por otra parte, a la labor, al esfurzo y al sacrificio de esas pocas personas e instituciones, acaban renaciendo cuando las sociedades quedan hastiadas de tanta mentira, de tanta vileza y de tanta vaciedad espiritual.

El ser humano es emoción y es pensamiento. En su embriogénesis aparece antes la parte del cerebro que rige las emociones que la que rige el pensamiento. El sistema límbico es anterior a la corteza cerebral. Por eso no debe extrañarnos que, muerta España por la desidia de nuestras generaciones y por el criemen de nuestros gobernantes, su renacimiento, en estas otras nuevas, comience por lo emotivo.

¿Qué es la Patria,

sino el lar

adonde el alma cansada

y hastiada de novedades

busca sosiego y descanso?

¿Qué es Patria,

sino remanso,

aluvión de las edades

que, poco a poco, allegaron

y acrecieron

en soberbio movimiento?

escribí, hace unos veinte años, en mi poema ¿Qué es la Patria?

Otro hecho que me llamó la atención fueron las aceras. Repletas de gente normal y corriente que se detenía a nuestro paso, no vi en ellas el menor gesto de desaprobación ni de disgusto. Antes bien en lo que me fijé fue en infinidad de caras en las que quería dibujarse una sonrisa semirreprimida e infinidad de miradas en las que se fundían la añoranza con la satisfacción y, quizá, con la esperanza.

Sería muy de desear que, en próximas manifestaciones como la de anteayer, fuéramos perdiendo la cobardía intelectual y el miedo a que cuatro indocumentados nos llamen fascistas y, dejando las aceras, camináramos acompañando a los hermosos colores de nuestra Bandera, haciendo ostentación, como la hacían los jóvenes de anteayer, de que estamos orgullosos de ser españoles y que no tenemos que pedir ni permiso ni perdón a nadie ni por tener este orgullo ni por manifestarlo.

Y no digo nada más.

Dejo aquí, en la parte del blog dedicada a las fotografías y a modo de testimonio gráfico, algunas imágenes de aquella manifestación cuya convocatoria quiero agradecer  España 2000.

Los originales pueden verse en mi blog fotográfico.

Comentarios a este escrito:

En Libertad Digital.
En Generalísimo Francisco Franco.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

14 octubre, 2007 at 11:32

Publicado en Política

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Don Teodoro Llorente. Un poema suyo y una visita al monumento que le recuerda.

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Don Teodoro Llorente.

Un poema suyo y una visita al monumento que le recuerda.

 

“El monumento urbano es la tipología decimonónica por excelencia, por su difusión,
su variado desarrollo y las implicaciones artísticas y extra-artísticas que reúne.
Erigidos por concurso, encargo o suscripción, representan todos los valores del ciudadano porque,
además de constituir piezas indispensables del amueblamiento urbano sin las cuales la ciudad sería distinta,
engrandecen al hombre con el pasado o con las virtudes de otros, es decir, le definen socialmente y,
al mismo tiempo, proyectan su mensaje ejemplarizante.”
TIPIFICACIÓN  DE  LA  ESCULTURA  EN EL  S. XIX

 


Don Teodoro Llorente

Ayer fui a visitar el monumento escultórico que recuerda, en esta maravillosa ciudad de Valencia, al poeta valenciano don Teodoro Llorente Olivares. Podía haber ido a visitar la Ciudad de las Ciencias, cosa que aún no he hecho porque ni me interesan estos alardes que hacen las ciudades para atracción del turismo ni encuentro ningún elemento estético en el hormigón armado. Por eso, ayer, domingo que tenía para mi asueto, en vez de ir a dar solución a esta grave carencia mía de no haber ido aún a la Ciudad de las Ciencias, me fui a ver el memorial que digo.

Me doy cuenta de que, tanto la sencillez de los versos de don Teodoro como el academicismo del monumento que lo recuerda en Valencia se dan de bofetadas con el sentido actual de la estética.

Por eso, precisamente, los traigo hoy aquí a colación: porque, entre las vanguardias y el clasicismo, aunque sea decadente, me quedo con el clasicismo.

Sin más comentarios, dejo hoy aquí, unas fotos del mismo acompañadas de uno de sus poemas.

 

Testament

 

  Quan jo muiga, amada esposa,

si tu vius i no’t fa nosa,

tanca-m els ulls, tos espills!

Si es morta ma companyera,

lo que ella amorosa fera,

feu-ho vosaltres, mos fills.

 

De fe i humiltat en prova,

amortalleu-me ab la roba

del bon pare Sant Francés;

de corones i garlandes,

de creus, insignies i bandes,

vanitats! no m poseu res.

 

En les mans el Sant Rosari

vull portar; l’escapulari

del Carme penjat al pit;

i, com signe ben notori

del meu ditjós desposori,

l’anell d’or ficat al dit.

 

Quan me porten a la fossa,

davant, insignia gloriosa,

vaja ben alta la Creu;

si acompanyar-me’s dignaren

els que en vida m’estimaren,

tal favor els pague Déu.

 

Passeu-me per la Capella

de la Verge pura i bella,

patrona dels valencians;

i quan arribe a la porta,

canten en veu no molt forta

un responso els capellans.

 

Pera guardar més despulles,

baixant a terra les fulles

no planteu ningún ploró:

planteu un xiprer, que apunte

dret al cel, i al cel sen munte

com sen munta l’oració.

 

L’oració, que tota pena

conhorta, dolça cadena

que unix els vius i els difunts,

això, mos fills, vos demane:

que pregueu vos encomane

sempre agermanats i junts.

 

Pregueu a Déu que m perdone

i la santa gracia’m done,

ja que, indigne pecador,

si molt faltí en esta vida,

mon ànima malferida

sempre ha estat plena d’amor!

 

L’amor sant, divina essencia,

endolse vostra existencia,

donant-vos ditjes sens fi;

i quan, tranquila i confiada,

alceu al cel la mirada,

enrecordeu-vos de mi.

 

I vosaltres, els insignes

trovadors, més que jo dignes

del que m doneu dolç tribut,

per treure d’ell l’armonia

que jo encontrar no sabia,

prengau mon pobre llahut.

 

La Musa volguda i santa

que les glories patries canta,

mare amorosa, el posà

en les meves mans febroses

quan, coronada de roses,

del llarg somni despertà.

 

Més inspirats i més destres,

oh nobles amics, oh mestres

del Gai Saber triomfador!,

feu vibrar totes ses cordes,

cantant ab triples acordes

a Fe, la Patria i l’Amor.

 

Canteu la Fe, llum segura

que a l’humana criatura,

si enfosquix son seny el mal,

entre nuvolades negres

mostra’ls resplendors alegres

de son regne celestial.

 

Canteu la Patria; i si a terra

baixa l front, en mala guerra

ferit, digau a una veu

que aquell que la desampare,

fill bort de tant bona mare,

no tindrà perdó de Déu.

 

Canteu l’Amor, que agermana

tota la familia humana,

que entre tots partix el pa

i, en nostres vies asproses,

lliris entre carts, i roses,

a pomells esclatar fa.

 

I si la gloria vos dóna

la cobejada corona

d’un regnat que no té fi,

penseu quant ple d’alegria

jo en vostre front la voria,

i enrecordeu-vos de mi.

 

      

Cuando muera, amada esposa,

si vives tú y no te estorba,

cierra mis ojos, ¡tu espejo!

Si ha muerto mi compañera,

lo que ella, amorosa, hiciera,

hacedlo los hijos míos.

De fe y de humildad en prueba

amortajadme la ropa

del buen padre san Francisco;

de coronas y guirnaldas,

cruces, insignias ni bandas,

vanidad ¡nada ponedme!

En mis manos el Rosario

quiero llevar, el escapulario

del Carmen colgante al pecho;

y, cual signo bien notorio

de mi feliz desposorio,

el anillo de oro al dedo.

Y, llevándome a la fosa,

delante, insignia gloriosa,

bien alta vaya la Cruz.

Si a acompañarme se dignan

los que me amaron en vida,

Dios les pague tal favor.

Pasadme por la capilla

de la Virgen pura y bella,

patrona de valencianos;

y, cuando llegue a la puerta

con voz no fuerte me canten

responso los capellanes.

Para guardar mis despojos,

del que caigan a la tierra

las hojas, ninguno llanto

plantéis: plantad un ciprés

que apunte derecho al cielo

y que al cielo se remonte

como asciende una oración.

Esa oración que cosuela

la pena, dulce cadena

que une a vivos y difuntos;

esto, hijos míos, os pido:

que recéis os encomiendo

siempre hermanados y juntos.

Pedid a Dios me perdone

y me de la santa gracia

pues, indigno pecador,

si mucho pequé en la vida,

mi ánima malherida

siempre fue llena de amor.

Santo amor, divina esencia,

que endulce vuestra existencia

y que os dé dicha sin fin;

y cuando quieta y confiada,

al cielo alcéis la mirada,

haced recuerdo de mí.

Y, vosotros los insignes

trovadores que yo más dignos

del que me dais dulce don

para de él sacar la armonía

que yo encontrar no sabía:

coged mi pobre laúd.

La Musa querida y santa

que las glorias patrias canta

lo pone, madre amorosa,

en las mis manos fibrosas,

cuando, ornada de rosas

despierta de largo sueño.

Más inspirados y diestros

¡oh, amigos nobles! ¡maestros

del gayo saber triunfante!

haced que vibren sus cuerdas

y todas con acordes canten

la Fe, la Patria, el Amor.

Cantad la Fe: luz segura

que a la humana criatura

ofuscada por el mal,

entre los negros nublados

muestra el resplandor alegre

de su reino celestial.

Cantad la Patria: si a tierra

baja la frente en la guerra

herido, decidle a una sola voz

que aquel que la desampare

hijo de tan buena madre

no tendrá perdón de Dios.

Cantad al Amor que hermana

toda la familia humana

que parte el pan entre todos

y, en nuestras ásperas vías,

lirio entre cardos, y rosa,

estallar hace a las frutas.

Y si la gloria os otorga

la codiciada corona

de un reinado sin final

pensad con cuánta alegría

la vería en vuestra frente

y de mí haced recuerdo.

(Traducción: Carlos Muñoz-Caravaca Ortega)

 

He aquí algunos vínculos en los que se pueden hallar poemas de don Teodoro Llorente:

Poesía breve.

Magisteri Teatre – Mag Poesia.

La Barraca. Teodor Llorente.

La nova era.

Poesies triades.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

8 octubre, 2007 at 12:27

Publicado en Poesía

En defensa de la monarquía española

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En defensa de la monarquía española 

 

Señor: era costumbre de los antiguos persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligasen a ser más fieles a su sucesor.

 

Propiamente hablando yo nunca me he sentido liberal en lo político. Mi cariño hacia la Historia nació al arrullo de muchas lecturas pero, en mi convencimiento de lo que es España y de lo que ella significa, figura como insigne director espiritual don Marcelino Menéndez Pelayo.

Nunca me he sentido, pues, liberal en lo político ni, nunca, he de decirlo con claridad al empezar este texto, me ha gustado la Constitución del 78.

No obstante lo anterior la he  acatado (como se dice ahora) y me siento tan defensor de ella como cualquiera de los pocos que, de manera heroica, van quedando. Y ello por varios motivos:

En primer lugar porque hoy no es concebible en el mundo occidental otro orden político que no sea la democracia liberal.

En segundo lugar porque esta Constitución significó, en el momento de su aparición y hasta la llegada de Zapatero al poder una reconciliación entre los españoles y una base para la convivencia de personas y banderías políticas de muy distintas ideologías.

Y, en tercer lugar, porque los fascistas, digan lo que digan, somos bastante más demócratas que los rojos y, aunque no nos gusten, aceptamos las reglas del juego democrático.

Disiento de la Constitución en tres puntos:

El primero es el que hace referencia al papel de la Monarquía en el Estado español. Ya sé que en nuestro tiempo las palabras no significan lo que dice el diccionario pero esto de llamar Monarquía que, propiamente hablando, es el gobierno de uno sobre todos los demás, a un régimen donde todos pueden gobernar excepto el monarca, me ha parecido siempre un sinsentido.

El segundo, claro es, es el que hace referencia a la partición de España en comunidades autónomas y no porque disienta de ello en abstracto sino porque, desde el principio intuíamos a lo que eso nos iba a conducir, intuición que hoy, año 2007, vemos sobradamente justificada.

El tercero es la tibieza con la que la Constitución trata a la religión católica pues, en la práctica, la viene a considerar una religión más desconociendo la Constitución lo que ha significado esta religión en la esencia de la idea de España y desconociendo, también, que, siendo la religión algo fundamental en la cultura de cualquier pueblo, su destrucción mata a la cultura de ese pueblo. La Constitución, pues, a mi modo de ver, debería de haber afirmado que la religión católica es la religión oficial del Estado español, independientemente del respeto a las ideas religiosas de los individuos.

Así pues, sin ser la Constitución española del 78 algo que me entusiasme ni que colme el deseo del ordenamiento político que yo quisiera para mi patria, ni a mí, con todas estas rarezas mías antediluvianas, ni a nadie que estuviera en su sano juicio, se le habría ocurrido hace apenas tres años que personas como yo, ni especialmente afectas a la Constitución, ni entendidas en materia jurídica ni constitucional, íbamos a vernos en la necesidad moral de escribir, hoy, unas pobres líneas en su defensa y, quién sabe, tal como están las cosas, en el trance penoso de vernos, mañana o pasado mañana, colgados de un pino por los mismos que en estos mismos momentos no se cortan ni un pelo en quemar ejemplares de ella o en hacer mascaradas en las que queman la efigie del Rey y de la Reina y que, precisamente, son los mismos que colocan amenazadores pasquines en los que se figura la efigie de un ciudadano con un tiro en mitad de la frente. Ciudadano éste que lo único que ha hecho es pensar de manera distinta a la de estas bestias y tener el valor (porque en la España de hoy hay que tener valor para decir que uno piensa de manera distinta a como piensa la izquierda) de expresar públicamente ese pensamiento.

No pretendo aquí hacer una defensa pormenorizada de la Constitución. Por un lado, sería labor demasiado extensa. Por otro, sería repetir obviedades para cualquier persona con sentido común y, al mismo tiempo, hablar a la pared de enfrente para los que ya están, francamente, en la labor de cargársela. Por un tercer lado, y gracias a Dios, aun permanecen bastantes voces y bastantes plumas mucho más autorizadas y brillantes que las mías que, desde el lado del liberalismo (he de confesarlo) están haciendo el esfuerzo titánico diario de dicha defensa.

Sí quiero, sin embargo, y ése es el propósito del presente escrito, hacer una reflexión sobre el Rey y la Monarquía porque, a mi modo de ver, la defensa que se está haciendo de esta institución es equivocada, aún la que recientemente ha hecho el mismo Rey.

Defender la Monarquía apelando a que, coyunturalmente, los últimos treinta años, que los hemos vivido bajo ese régimen, han sido los más prósperos de nuestra historia, ni es entender lo que es la Monarquía ni es un argumento convincente.

¿Que sucede? ¿Que, si en los siguientes treinta años, esa prosperidad se va a hacer gárgaras la Monarquía ya no nos va a valer? ¿Ha de ser ése el argumento que justifica su existencia?

No. Es verdad que los pensadores que han filosofado sobre el poder, sobre su origen y sobre su legitimidad, han hecho mucho hincapié en que la finalidad de éste es la felicidad de los gobernados. Se entiende: el mayor grado de felicidad posible. Por eso, en nuestra monarquía tradicional, nuestros reyes, en la época borbónica, se dirigían en sus exhortaciones a sus entonces vasallos con expresiones como la que podemos ver, por ejemplo, en la renuncia al trono de Carlos iv:

“He tenido a bien dar a mis amados vasallos la última prueba de mi paternal amor. Su felicidad, la tranquilidad, prosperidad, conservación e integridad de los dominios que la Divina Providencia tenía puestos bajo mi gobierno han sido durante mi reinado los únicos objetos de mis constantes desvelos…”

A nuestros oídos modernos, estas palabras del Rey pueden sonar falsas y melodramáticas. Pero no es así. El Rey, en este ejemplo (los hay infinitos) está expresando, con el lenguaje de la época, ésta finalidad del poder: la felicidad de los gobernados. Cita, como vemos, la prosperidad como uno de los elementos para alcanzar ese fin pero es evidente que esa prosperidad material no puede, por sí sola justificarlo. Es el error moderno de confundir felicidad con bienestar material.

Se equivoca, pues, don Juan Carlos I cuando apela a la prosperidad económica como justificación de su reinado.

La justificación de la Monarquía tiene mayor calado:

La Monarquía, hablando en términos generales e históricos, se justifica en el hecho de que, al estar clarísimamente establecido, por el orden sucesorio en ella, quien ocupa el poder en cada momento los gobernados se evitan los males que ocasiona la lucha por el poder, males que, en tiempos más rudos que los nuestros conllevaban guerras, asesinatos, hambre y desolación y que, en los nuestros, incluso, en los países de mayor tradición democrática, dígase la Gran Bretaña, díganse los Estados Unidos conllevan la anteposición de los intereses de partido a los intereses generales: lo estamos viendo ante nuestras mismas narices y de ello el PSOE es ejemplo elevado al cubo: la utilización miserable del 11-M y toda la perturbación que ha traído la legislatura Zapatero ¿qué son sino anteposición del interés socialista al interés general?

Así pues, siendo impensable en el mundo moderno una Monarquía tradicional, la institución no deja de justificarse en el sentido de que, gracias a ella, la suprema representación del poder queda libre de luchas mezquinas e intereses partidistas que, de esta forma, quedan (es inevitable) reservados para el brazo legislativo de ese poder y, en menor o mayor medida (mucha medida, en el caso Zapatero) para el ejecutivo.

Siguiendo esta línea de pensamiento podemos responder con contundencia a los que critican al régimen monárquico diciendo “que no es democrático porque al Rey no lo elije nadie.” Pues, precisamente por eso es bueno que haya Rey, porque para espectáculos nauseabundos como el que estamos viendo en España en estos últimos años ya tenemos bastante con las elecciones legislativas y autonómicas.

Por otro lado (y esto es algo que ya he expresado otras veces) la España que conocemos, la España que resulta del matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón y de la consumación de la Reconquista es un ente político y espiritual que construyeron dos instituciones: una, la Monarquía tradicional; otra, la religión católica. Si nos cargamos a cualquiera de ellas, la España que conocemos deja de existir.

Hace ya bastantes años, hablando del problema vasco con un colega mío, hombre de derechas que se me mostraba satisfecho por esa reconciliación de los españoles que significó la Constitución del 78 y que me señalaba como anécdota significativa el hecho de que un familiar suyo que, habiendo ocupado no recuerdo qué puesto en el régimen del general Franco, cuando coincidía en el AVE con Alfonso Guerra confraternizaba con él de manera campechana, yo le respondí: “Desengáñate, José Ramón, ante la reivindicación de soberanía de los catalanes y de los vascos, la España liberal no tiene argumentos que oponer.”

Sigo diciendo lo mismo: si hemos abandonado el principio filosófico de que el poder deriva de Dios y creemos hoy que el poder nace de la voluntad popular, la España liberal no tiene argumento sólido que oponer, en lo estrictamente filosófico, a la reivindicación de soberanía de ninguno de los pueblos que la conforman. Si los catalanes nos dicen que ellos, para expresar su voluntad y gobernarse no tienen que pasar por Madrid no tenemos argumento filosófico que contraponer.

En este sentido, el único cemento de unión que puede mantener unidos a los pueblos de España es la Monarquía en lo político y la religión católica en lo espiritual.

El liberalismo moderado de los últimos doscientos años, dándose cuenta de ello, ha intentado conciliar el encaje de estas dos instituciones en la modernidad. Pero el liberalismo moderado, en España, viene a ser lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio y poco tarda en verse desbordado, por la izquierda, por sus hijos espurios: el liberalismo radical, el socialismo y las bestias incendiarias a las que antes me refería.

Se equivoca, pues el Rey, al apelar al bienestar económico, y se equivoca el señor Jiménez Losantos al tontear con la idea de una Tercera República española y parece mentira que él piense semejante cosa. La República, en España, sólo puede abocar a su desintegración territorial. A los antecedentes históricos (Primera y Segunda Repúblicas) me remito para aquellos a los que no haya resultado convincente el argumento anterior.

Hay (o había) otro argumento que, si bien no defiende a la Monarquía, transige magnánimamente con el actual sistema de gobierno de España. Es el de los que andan por ahí diciendo que ellos no son monárquicos pero son juancarlistas. Casi no merece la pena reflexionar sobre esta postura pues no es sino expresión de pensamiento débil y nada aporta al razonamiento sobre qué sistema de gobierno debemos preferir: el preferir la Monarquía en función de que el Rey de turno nos caiga más o menos simpático es, simplemente, un argumento grotesco apto sólo para mentes que, o bien quieren eludir el problema o bien, no queriéndose apear del burro de su republicanismo sentimental, no dejan de intuir el bien que aporta la Monarquía a la nación española.

Las cosas andan mal. Las Provincias Vascongadas y Cataluña están al borde de la independencia. Los retratos de los Reyes están siendo puestos boca abajo y quemados en diversos lugares del territorio nacional y no sólo por el populacho revolucionario sino, también, por Ayuntamientos gobernados por el PSOE que es el partido en el poder.

Hace mal la derecha liberal abandonándose a divagaciones republicanas y hace mal el Rey en amigachear con la izquierda si es que, como dicen, amigachea:

Hace mal la derecha liberal porque, si el Rey ha de volver a tomar el camino de Francia, la revolución está servida, la España que ella pregona se va a hacer gárgaras de cabeza y, como decía antes, aún tendremos que dar gracias a Dios, los que quedemos diciendo estas cosas, de que no nos cuelguen de un pino:

“Queremos pan, queremos vino, queremos a Fraga colgado de un pino”

cantaban las izquierdas en los tiempos, conciliadores, de la Transición: ¡imaginemos lo que cantarán en ese otro escenario!

Y hace mal el Rey en razonar de este modo y en preterir a la derecha porque, si ha de irse, a la estación del tren que le lleve al exilio no van a ser ni Zapatero, ni Felipe Conzález, por mucho que compadree con ellos, los que vayan a despedirle. Ni, por supuesto, Carod-Rovira, por muy aragonés e hijo de Guardia Civil que sea ni por mucho que hablando se entienda la gente.

Irá sólo, seguramente, algún espantajo de derechas de los que creemos en España, queremos a España y tenemos idea justa y cabal de lo que es la Monarquía para España. Alguien que, como el conde de Romanones cuando fue a despedir a su abuelo, don Alfonso xiii, quedará sentado, cabizbajo y meditabundo, en un banco de alguna estación de ferrocarril justo después de que el tren de Su Majestad haya partido llevándole al exilio.

Quizá el buenazo de don Mariano Rajoy.

 

El Conde de Romanones en la estación de El Escorial inmediatamente
después de salido el Rey hacia el exilio.
 

La Reina Victoria Eugenia saliendo hacia el exilio despedida por unos pocos fieles. 

Comentarios a este escrito:

En Libertad Digital.
En Generalísimo Francisco Franco.
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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

3 octubre, 2007 at 21:44