Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for agosto 2007

El toro de Osborne

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Hará como diez años leí una frase que decía que “dentro de diez años no habrá hombres ni mujeres; sólo habrá gilipollas.” Lamento no poder citar al autor de tan clarividente pensamiento. Transcurridos esos diez años parece que el momento de esa lamentable transformación de la humanidad ha llegado y, si no ha llegado, no cabe duda de que caminamos, alegres y despreocupados en la dirección que profetizaba el autor de la sentencia.

De ello hay múltiples signos que no se ven en los cielos, como se verán los del Apocalipsis, sino más de tejas para abajo y en nuestro entorno cotidiano. De entre los muchos acerca de los cuales podríamos reflexionar y lamentar, al compás de la reflexión, la desaparición de un mundo antiguo y el nacimiento de otro nuevo habitado por semejante avifauna elijo hoy la desventurada anécdota del “Toro de Osborne” derribado hace unos días en Cataluña, en la montaña de Montserrat, por un grupo de vándalos (valientes catalanes, se autocalifican ellos) que pretendía “limpiar la sagrada montaña de Montserrat de la inmundicia cornuda española que pretendía mancharla”. Esto es, mancharla con la presencia del toro de Osborne.

Don Miquel Gómez, articulista de e-noticies que tiene la bondad de hacerme caso de vez en cuando, se ha visto obligado a tratar sobre el asunto en su artículo de ayer, Toros i guarans, pero se nota que lo hace, como digo, obligado y a desgana, arrastrado por el revuelo que ha ocasionado semejante acto. Dice don Miquel en su escrito, en el que hace un encomiable ejercicio de eclecticismo, buena voluntad, aproximación de extremos y temple de gaitas que “discutir sobre estas cosas es complicado” y no cree que ello “nos lleve muy lejos”.

Yo, por mi parte, no había querido entrar al trapo, en parte porque ya está uno cansado de repetir una y mil veces argumentos que, dado el numantinismo de las posiciones, no van a convencer a nadie y en parte porque ya había tratado someramente este tema en el fotblog que tenía en Renderosity.

Sin embargo, varios factores me han decidido a echar mi cuarto a espadas en el asunto:

En primer lugar he cogido, desde hace unos días, la costumbre de llevar la contraria a don Miquel pues en sus pensamientos he encontrado numen para los míos. No quisiera, pues, dejar pasar asunto tan sabroso sin dedicarle unas palabras pues, aunque la discusión no nos vaya a llevar muy lejos como dice, con razón, don Miquel, lo contrario, el mirar hacia otro lado o esconder la cabeza debajo del ala sería cobardía.

Por otra parte, como he dicho muchas veces, entiendo la Tauromaquia como una alegoría de la vida. Así entendida, el no embestir cuando le colocan a uno el trapo delante es signo inequívoco de mansedumbre y aunque, como digo, ando ya cansado de tanta brega estéril, tras unos días de escarbar en la arena mirando el trapo que me han colocado delante de los cuernos los patriotas catalanes con su épica gesta me he lanzado a embestirlo aunque sólo sea por por la necia e infantil petulancia de demostrar bravura.

Explica don Cesáreo Sanz Egaña, en su obra Historia y bravura del toro de lidia, cómo esta cualidad brava del toro no es sino signo, por una parte de su escasa inteligencia y, por otra, de su miopía extrema. Ambos defectos, unidos a la acometividad de su naturaleza le hacen embestir repetida e inútilmente lo que no es sino un trapo. Nosotros, desde una contemplación antropomorfa de esta índole del toro llamamos bravura y nobleza a lo que no es sino ceguera e idiotez pero… ah… otra vez la alegoría que entraña el arte taurino ¿no pasa lo mismo en la vida de los hombres? Estas buenas cualidades del espíritu, la nobleza, la bravura, el embarcarse a combatir gigantes ¿no suelen ser mirados por el común de las gentes como necedad y más en estos tiempos de utilitarismo cerrado?

A los dos estímulos anteriores que me disuadieron de seguir escarbando y reculando hacia las tablas se juntó anoche la traición de Mónica colocándose descaradamente en el bando antitaurino y esto sí que fueron unas banderillas de fuego.

Uno espera que, en los momentos difíciles, en los tragos amargos, en los trances dolorosos, la mujer a la que adora se coloque a su lado y le brinde esa solidaridad, esa comprensión, esa complicidad, esa simpatía que sólo las mujeres a las que uno adora pueden dar. Mónica, no obstante sus infinitas cualidades, adolece de la carencia de ésta y es el caso que, ayer, apesadumbrado yo por el asunto del toro de Osborne y hablando, precisamente, de toros, lo más consolador que se le ocurrió decirme fue que le daba mucha pena que mataran a los pobrecitos toros (obsérvese de paso la tendencia que tienen las mujeres para abusar de los diminutivos.)

Embisto, pues.

La historia es como sigue:

Cuenta Alfonso Ussía en su artículo Muerte al toro invasor del pasado domingo en La Razón, cómo don Manuel Prieto, a instancia de don Ignacio Osborne, propietario en aquel entonces de las Bodegas Osborne, realizó el dibujo del toro que nos ocupa para que sirviera de marca de dicha empresa al modo que González-Byass había hecho con la botella ataviada de chaquetilla y sombrero campero. Andando el tiempo el toro de Osborne se convirtió en uno de los iconos más conocidos y familiares en España y, muy especialmente, de sus carreteras en cuyos márgenes todos hemos podido ver mil veces su hermosa silueta recortada contra infinidad de horizontes anunciando el brandy de Osborne.

Durante muchos años, aunque cotidiano y entrañable, el toro de Osborne estuvo muy lejos de convertirse en símbolo de nada. Sencillamente, estaba ahí y a nadie nos había dado por reflexionar acerca de su existencia. Andando el tiempo cuando nuestras autoridades tuvieron el acierto de eliminar las pancartas publicitarias de las carreteras, se cayó en la cuenta de que siendo el toro de Osborne una de ellas habría que quitarlo también.  Entonces, considerando los valores estéticos que encerraba y la armonía con la que encajaba en el paisaje —recuerdo la anécdota que se cuenta del susto que se llevaron dos extranjeras que se apearon de su vehículo, ya atardecido, para hacer sus necesidades y, una vez satisfechas, al retornar al mismo, se dieron de bruces con la silueta del toro, que creyeron de verdad y que, dadas sus dimensiones y recortada contra la luz vespertina, se les antojó mucho más cercana de lo que en realidad estaba—. Considerando estos valores estéticos y su armonía con el paisaje, digo, se decidió indultar al toro de Osborne y se permitió que permaneciera en nuestras carreteras.

Así las cosas, parece ser que las modernas generaciones, tan reacias, en apariencia, a todo lo que signifique idea de Patria o de cariño hacia una Historia que desconocen porque quienes tenían obligación de enseñársela y de encariñarlas con ella han tenido la villanía y el delito, que nunca se les podrá perdonar, de preocuparse de que no la conozcan, las generaciones modernas, digo, las de cultura castellana, han ido adoptando al viejo toro de Osborne como totem e insignia, dicen ellos, de españolidad. Así fue como el lugar que desocupó oficialmente el Águila de san Juan de nuestra bandera pasó a ocuparlo, de manera extraoficial, el toro de Osborne.

Y, como vivimos en un mundo y en una España cada vez más en armonía, más integrada y con mejor entendimiento entre sus pueblos y sus gentes —por las narices, quiero decir— al tiempo que crecía este simbolismo españolista del toro, muy especialmente en las competiciones diz que deportivas como puedan ser, muy en primer lugar, los partidos de fútbol Madrid-Barça y bajo su estandarte se enardecía el populacho españolista y madridista, en el populacho del Barça y catalanista crecía, de manera directamente proporcional una aversión invencible hacia el morlaco.

No podía ser de otro modo: si sobre la base del desencuentro y del recelo que ha creado el Estado de las Autonomías en Cataluña hacia el resto de España, desencuentro y recelo envenenados hasta el infinito con la llegada de Zapatero al poder en España y del Tripartito en Cataluña, resulta que el Madrid gana al Barça digamos que por 0 a 5 en el Camp Nou y, a raíz de ello, aparece la masa de fanáticos Ramblas arriba gritando “¡¡¡Espaaaaaaaaaaaaaaaaaañaaaaaaaaaaaaa!!!” y enarbolando la bandera con el pobre toro pues tenía que pasar lo que pasó.

Y lo que pasó fue que unos gudaris catalanes, hace unas noches, se fueron, sierras en ristre hacia el último toro de Osborne que quedaba en Cataluña y lo derribaron. Explicaron su gesta como “limpieza de la montaña de Montserrat de la inmundicia cornuda española que pretendía ensuciarla” y la detallaron en un comunicado: el toro cayó “vergonzosamente a nuestros pies, como un gigante de pies de barro” y “fue pisado, ultrajado y humillado por los patriotas que lo han vencido mientras por el horizonte salía un sol de justicia.” Es decir, como dice Alfonso Ussía en el artículo mencionado, además de gilipollas, más cursis que una pareja de cisnes rubenianos nadando entre nenúfares.

***

El incidente nos lleva, una vez más al embrollo donde se confunden Cataluña, España, Modernidad, Tradición, Cultura e Incultura.

Desde hace tiempo, de hecho, desde hace unos cien años, es sabido que en Cataluña existe un sentimiento independentista que cada vez es más fuerte y gana a mayor número de personas, sobre todo entre las nuevas generaciones. El sentimiento patriótico, que en sí es irracional:

la patria se siente:
no tienen palabras
que claro lo expliquen
las lenguas humanas

que diría don Ventura Ruiz Aguilera, intenta ser racionalizado por los independentistas catalanes con, entre otros, una serie de argumentos que concurren en la historia esta del toro y que en ella se nos aparecen en su crudeza más descarnada. Enumerándolos serían:

Cataluña es algo culturalmente distinto al resto de España.

España es un residuo de cultura tenebrosa cerril y trasnochada.

Parte de esa cultura tenebrosa es la Tauromaquia.

Combatir a España es luchar, ya no por la independencia de Cataluña, sino contra el fanatismo, la incultura y la crueldad.

El acervo de argumentos es, como vemos, sencillo: se estigmatiza al enemigo con toda suerte de maldades y así resulta sencillo justificar, no ya la lucha contra él sino hasta los mismos excesos en dicha lucha.

De esta forma, la Tauromaquia ha caído en el punto de mira de las fobias de los catalanistas que la consideran como algo foráneo, peregrino, extranjero e impuesto por el odiado enemigo español. Inmundicia cornuda española, que dirían los valientes gudaris que abatieron al toro de Montserrat.

***

El culto al toro no es invento español ni, mucho menos, franquista. Esto no hay que explicarlo a personas medianamente cultas. Antes bien, España, incluida Cataluña, es la única tierra en la que pervive el culto más antiguo de la cuenca mediterránea. La primera civilización europea, la cretense, tenía como culto principal el culto al toro y este culto siempre ha conllevado, dadas las características de esta res, el combate con él. El combate del hombre con el toro.

El combate del hombre tiene una faceta que implica sufrimiento, de esto no cabe ninguna duda. Vuelvo aquí a la concepción de la Tauromaquia como alegoría de la vida. Hoy, el pensamiento que podríamos llamar zapateril y que domina a tantas personas concibe la vida como una Arcadia feliz, como una Disneylandia, en la que no puede existir el sufrimiento porque el sufrimiento es injusto. Es una idea cándida. A ella me refería al principio de este escrito cuando mencioné la frase aquella de que “dentro de diez años no habrá ni hombres ni mujeres: sólo habrá gelipollas.” Pues gelipollez es cerrar los ojos a la concepción de la vida como lucha y como sufrimiento.

No es mi deseo faltar a nadie. Comprendo y respeto que haya personas que no gusten de la fiesta de los toros. Comprendo que haya personas que no vean en ella nada más allá de esa manifestación de sufrimiento que tiene y la rechacen.

Lo que no puedo respetar es el intento de desterrarla de la faz de la tierra y convertirnos a todos en seres anodinos. La Tauromaquia entraña sufrimiento pero no entraña crueldad. Sería cruel hacer con una oveja lo que se hace con los toros en la plaza porque en la naturaleza de la oveja no está ni el acometer ni el crecerse en el castigo. En la naturaleza de la oveja está el ser borreguna y el salir huyendo en cuanto barrunta el peligro.

En la naturaleza del toro está lo contrario. Está la acometividad. Está el embestir ante lo que intuye peligroso y eso hace posible la existencia de la Tauromaquia.

Y la existencia de la Tauromaquia hace posible que siga existiendo tan bello animal. La existencia de la Tauromaquia hace que sigan existiendo por nuestra piel de toro esas inmensas y bellísimas dehesas en las que el toro nace y vive una vida hermosísima y libérrima. Esas dehesas españolas en las que el toro sigue encarnando en nuestros días, tan miserables, la figura mitológica de Minos y que nos lleva a los tiempos fabulosos de Gerión. En esas dehesas permanece hoy, viva, una realidad que nos presenta ante nuestras mismas narices, vivos, los tiempos mitológicos de Creta y de Tartessos; de Minos, de Gerión y de Hércules. Una cultura de la que, mal que le pese, participa Cataluña, entre otras cosas, con sus bous embolats.

La existencia de la Tauromaquia, además de hacer que el toro siga existiendo, sublima la vida del toro mal que les pese a los bípedos implumes que se desmayan, o que hacen como que se desmayan, cuando ven sangre. En ese último combate de su vida el toro muere siendo lo que es y manifestando su naturaleza. Manifestando su acometividad. Manifestando su bravura.

Podría matarlo un matarife en el matadero, anestesiado para que no sufra pero, desde esta visión antropomorfa del toro y mal que les pese a los bípedos implumes que no pueden tolerar “ver sufrir a un animal”, gracias a la Tauromaquia el toro muere luchando y siendo lo que es: un bravo.

Y vuelvo, con esto, a los catalanistas. Mi desconocimiento del catalán es grande y siempre había creído que, en catalán, al toro se le decía bou, del latín bos, bovis que, en castellano, ha dado la voz buey, es decir, toro castrado. El asunto este del ataque al toro de Osborne por los valientes gudaris catalanes ha hecho que me dé cuenta de que, en catalán, también existe al voz brau, bravo (del lt. pravus.) Es decir: también Cataluña se ha fijado en esta índole de nuestros toros y, si se ha fijado, es, sin duda, porque en ella ha encontrado los mismos resortes espirituales que resuenan en nuestro espíritu desde hace dos mil quinientos años y que sólo permanecen, vivos, en España, Portugal y algunas tierras de Francia y América.

El siglo XIX se caracterizó por intentar reducir todo a método. Existe una curiosa  Crotalogía o Ciencia de las castañuelas que conservo en mi biblioteca y que, en su Axioma I dice “En suposición de tocar, mejor es tocar bien que tocar mal.”  Y en el II: “Toda tocación de castañuela hecha según reglas es preferible a la que se hace sin conocimiento de las leyes y reglas crotalógicas.”

De este intento de reducir todo a método nació la Tauromaquia tal y como la conocemos en nuestros días. En las escuelas de Ronda y de Sevilla lo único que se hizo fue reducir a método y someter a reglas precisas esta antiquísima lucha del hombre con el toro y así nació esta fiesta tan repleta de belleza, colorido como de enseñanzas morales.

Esta Tauromaquia es al que determina cómo deben de morir los toros en la plaza. A espada y luchando en combate noble.No como el pobre toro de Monserrat: con nocturnidad, alevosía y a manos de serruchos.

Vínculos:

El toro y la intolerancia. Blog de José Domingo. E-noticies.
Del toro de Mélida al toro de Osborne. Del ‘blog’ Toro de Mélida.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

7 agosto, 2007 at 19:51

Publicado en Política