Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for abril 2007

La última salida de mi León.

leave a comment »


La última salida de mi León.

 

Esta invasión terrible e importuna
de sucesos adversos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.

Dejémosla pasar como a la fiera

corriente del gran Betis cuando, airado,
dilata hasta los montes su ribera.
 
Andrés Fernández de Andrada.
Epístola moral a Fabio.

Cuando digo León me refiero al Seat que me ha traído y llevado por esos mundos de Dios desde hace casi cinco años y al que, es verdad, tan mala vida le he dado.

Aún recuerdo cuando, por Montalvos, hace, creo recordar, dos primaveras, un día en el que vi una luz bellísima que iluminaba los almendros, me metí con él por un camino agrícola para inmortalizar, mediante la fotografía, aquella imagen. El pobre León acabó inclinado cuarenta y cinco grados en un terraplén del camino y hube de llamar a la grúa para que nos rescatara, a él y  a mí, y nos devolviera a la civilización.

Tengo la esperanza de que quien haya tenido la amabilidad de leer lo que llevo escrito hasta ahora en estos blogs se haya dado cuenta de que ni soy un fanático de los automóviles ni cifro ninguna clase de felicidad ni en su posesión ni en su goce.

Sin embargo, el mundo en el que vivimos hace que estos chismes sean instrumentos indispensables para poder estar en él (en el mundo, quiero decir) y, por eso, lo adquirí hace ya casi cinco años.

Por esa misma razón, cuando en ellos surge, de repente, una avería que uno intuye grave, la desazón le inunda el ánimo y aparece la corazonada de mil desastres venideros que uno no puede concretar en el momento en el que el vehículo decide que no piensa volver a andar, pero que intuye, con una certidumbre irracional, que sucederán.

Quiero decir con esto que la avería de un coche no es sólo la avería de ese coche, sino sólo el preludio de un via crucis como el que hoy quiero relatar y que, en este caso, fue como sigue:

La historia, el via crucis, comenzó con un preámbulo a modo de presagio sucedido unos pocos días antes, cuando me llegaron dos notificaciones del Ministerio del Interior en las que se me notificaba que mi vehículo había sido detectado en sendas ocasiones por los rádares que dicho ministerio dispone en los puntos viarios en los que menos falta hacen circulando una a 143 kmh y otra a 145 kmh por una vía interurbana en la que existía una limitación de velocidad de 120 kmh.

Para el curioso y para el detallista, señalaré que fui cogido en estas faltas por un cinemómetro multanova, antena 000002403, aprobado el 1 de junio del 2005 que, cuando calcula los excesos de velocidad, tiene en cuenta unos márgenes de error que vienen estipulados en la norma UNE 26444.

El asunto, como es lógico, me causó el disgusto que semejantes sucesos causan en una persona con una sensibilidad normal pero, aunque yo no lo sabía entonces, aquello fue sólo, como digo, el preámbulo ominoso de la historia que quiero contar. ¡Ojalá hubiera todo acabado con las multas!

Es el caso que, hace ya más de dos semanas, justo después de sucedido lo de las multas, cuando iba por las curvas de Navalón comencé a notar que el León perdía lo que los expertos llaman fuelle, esto es: por más que yo le pisaba el acelerador hasta el fondo, el León no subía de los cien kilómetros por hora.

Mil presentimientos, todos ominosos, me inundaron el alma. Eran casi las siete de la mañana y decidí parar en la Font de la Figuera a desayunar y a conceder al León una tregua.

Así lo hice. Quien conozca el terreno sabe que, inmediata al área de servicio de la Font de la Figuera, último pueblo valenciano antes de entrar en Castilla la Nueva, comienza la subida del puerto de Almansa.

Pues bien: apenas andados unos pocos metros del inicio de la subida de ese puerto, el León comenzó a echar un humo blanco endemoniado por el tubo de escape y decidió, por sí y ante sí, pararse en una parada que, yo no lo sabía entonces, iba a ser prácticamente, la última que hiciera.

Puesto ante esa circunstancia, cancelé el compromiso al que me dirigía y retorné a Valencia en una grúa que nos llevó, a mi León y a mí, a uno de los talleres oficiales de la Seat en la capital del Turia.

Como decía más arriba, cuando uno de estos acontecimientos suceden, el propietario del vehículo se ve asaltado por mil presentimientos y mil congojas. Su ánimo, en esos primeros momentos, está como suele decirse, abatido y por los suelos.

Los operarios de las grúas, conocedores de tal faceta de la naturaleza humana, procuran relativizar la gravedad de la situación mediante una actitud tranquila e indolente y una conversación que, comenzando con el análisis del siniestro, acaba derivando en la anécdota intrascendente.

Así, tras comenzar yo intentando sondear la opinión de aquel operario, como más conocedor de los males que afectan a los automóviles, sobre la causa de la avería y decirme él que seguramente sería el turbo y que la reparación vendría a ascender a unos mil euros, la conversación derivó hacia la crítica de las Leyes. Me explico: hacia su frecuente inconsecuencia y la injusticia que, muchas veces, entraña su aplicación inflexible. Acabamos, en fin, hablando de la eterna distancia que hay entre lo justo y lo legal.

Me refirió este operario cómo se enfrenta su colectivo al sinsentido de que, en los accidentes en carretera, la Guardia Civil les insta a despejarla lo antes posible, a acudir con rapidez y a evacuar el vehículo y los ocupantes en la grúa y cómo, por otra parte, además de tener limitada la velocidad a no recuerdo cuánto (muy poco) y de carecer de la condición de vehículo de emergencia, “Transporte” (supongo que se refería a la Dirección General de Transportes por Carretera)  les prohíbe llevar pasajeros en ella. Parece ser que han llegado a un acuerdo tácito con el tal “Transporte” de manera que, aunque el hecho se denuncia, “Transporte” detiene el trámite y no les multa por llevar al pasajero.

Siguiendo en esta línea de conversación sobre despropósitos que nos amargan la vida a los ciudadanos corrientes y molientes (el camino era largo e íbamos a paso de tortuga), continuó relatándome la anécdota de un paisano al que, en una ocasión, descubrieron en el campo justo en el momento en que se acababa de cargar a un lagarto de un navajazo. Por lo visto, tal hecho, cuando sucedió, había sido elevado ya a la categoría de delito en el Código Penal y el paisano, hombre rústico, dio con sus huesos en la cárcel.

Puesto ante el Juez se defendió, más o menos, con estas frases:

−¡Y yo qué sé si está protegido o no! Si me aparece un bicho como ése ¡yo qué sabía si me iba a “picar” o no!

Parece que el Juez admitió el razonamiento, supongo que por considerar que el hombre actuó en defensa propia o, quizá, sencillamente, porque era un juez con sentido común y no hacía caso de conceptos espurios como el de alarma social, y devolvió la libertad al rústico.

Sin embargo, habían pasado varias semanas de privación de libertad y, por ende, de descuido de su rebaño de ovejas, pues su mujer estaba enferma y no había podido ocuparse de ellas, con lo que, en este interín, muchas de las ovejas murieron. Reclamó a la Justicia la indemnización del mal que la privación de su libertad le había causado siendo, como era, inocente por sentencia judicial, pero nada pudo conseguir de ella y se quedó sin las ovejas y con el tiempo de cárcel que purgó por haberse cargado al lagarto de marras.

Desconozco los detalles de la historia y ni siquiera sé si es verídica pero si non è vero, è ben trovato y es muestra de la aberración que, a veces, entraña la aplicación de la Ley y de las rocambolescas historias con las que los ciudadanos de esta España en trance de desaparecer sufrimos.

En fin, con éstas llegamos a Valencia y al taller que es el concesionario oficial de la Volkswagen-Seat que está en la avenida del Cid según se sale para Madrid a la derecha. Allí me repitieron que, efectivamente sería el turbo. Era sábado y así quedaron las cosas hasta el lunes siguiente, día en el que el taller me presentó un presupuesto de mil euros por su reparación. Como las pastillas de los frenos andaban ya para cambiarse y lo mismo sucedía con los filtros y el aceite y esas cosas que llevan los coches y que hay que cambiar periódicamente, pedí que lo hicieran todo con lo que el presupuesto ascendió a mil trescientos euros.

El miércoles me dijeron que el vehículo estaba reparado y que podía pasar a recogerlo. Así lo hice. Aboné la factura, cogí el coche y salí otra vez a la calle con él sintiendo el inmenso alivio que supone el poder volver a la rutina diaria tras un periodo en el que las circunstancias de la vida nos han privado de hacerlo.

No habría caminado quinientos metros por la avenida del Cid cuando volví a notar la misma emisión del mismo humo blanco por el tubo de escape. Iba con el tiempo tasado, pues me dirigía al entierro de un familiar y había tenido que hacer encaje de bolillos para salir del trabajo, recoger el coche y dirigirme al acto. Imaginará, pues, el lector, el desánimo, el desaliento y la desolación que, nuevamente, invadieron mi espíritu.

Con tal estado de ánimo di media vuelta y volví al taller. Era casi la hora de comer y los mecánicos andaban ya recogiendo. Me dirigí a uno de ellos explicándole lo que me había pasado y me dijo que no me preocupara, que tal emisión de humo era normal tras la reposición de un turbo pues siempre queda aceite no sé donde y había que esperar a que ese aceite se consumiera, cosa que sucedería con cinco o diez kilómetros de rodaje en marchas bajas.

Inmensamente aliviado volví a la calle. El humo siguió saliendo hasta que, dentro del subterráneo del paseo de la Pechina, empezó a hacerse intensísimo al tiempo que el motor, sin poder yo dominar las marchas, comenzó a hacer un ruido espantoso para detenerse, definitivamente, en el lapso de unos segundos.

Iba sin teléfono móvil pues, lo excepcional de no disponer de coche había hecho que dejara olvidado el cargador que siempre me acompaña. Salí, pues, del túnel, tras colocar los consabidos triángulos, a buscar una cabina para avisar a la Policía Municipal.

Fuera del túnel, larguísimo, llovía.

Evitaré al lector el relato de lo que fueron dos horas de trámites y llamadas telefónicas buscando una grúa que me devolviera al taller. Diré, sí, no obstante, que el comportamiento de los agentes fue amable e intachable y que se brindaron a, estando yo sin teléfono, pedir ellos la grúa a mi aseguradora. Diré, también, que durante esas dos horas, en el carril de la derecha del subterráneo se produjo, unos metros más atrás de mi coche averiado, un accidente al frenar bruscamente un vehículo y alcanzarle otro por detrás.

Pues bien, sucedido todo esto, y habiéndome sido imposible llegar al acto fúnebre, acabó de pasar la tarde lluviosa, yo en mi casa, rumiando la desgracia, y el León en el taller aguardando el nuevo diagnóstico.

Al día siguiente me informaron que se había averiado la culata y, con ella, el motor. Me mostraron una cazoleta llena de piezas rotas y me dijeron que era preciso cambiar el motor y que el presupuesto para hacerlo era de seis mil euros.

La mecánica es la mecánica, la Ley es la Ley y, seguramente, las cosas son así pero a mí, como profano, no podía menos que parecerme que la reparación había sido mal hecha y que, por tanto, correspondía al taller hacerse cargo del coste de la avería sobrevenida o preexistente y no detectada, que eso no lo sé. Así lo pedí pero el taller, acogiéndose a la máxima de contra el vicio de pedir, la virtud de no dar, se negó a asumirlo.

Y, con tal negativa, pasamos a las dos siguientes estaciones del via crucis: la del litigio y la de la compra de un coche nuevo.

El litigio requiere calma, tranquilidad y tiempo. El tiempo implica la necesidad de disponer de otro vehículo para poder seguir viviendo y cumpliendo los compromisos adquiridos.

Para un ser neurótico como yo la duda genera angustia y, habiendo pocas cosas más generadoras de dudas en este mundo como el meterse en pleitos o el comprar un coche nuevo desde la condición de profano absoluto en la materia, se comprenderá que la conjunción de ambas circunstancias me haya conducido en estos días a un estado de ánimo angustiado e irascible.

Lo del León, ya digo, pasa a ser asunto secundario que ha de ser tomado con calma y en ello ando. Una vez elevada la reclamación a Consumo (donde me dicen que hay pocas esperanzas) y puesto en contacto con el teléfono de atención al cliente de Seat, hablo con abogados y cada uno me dice una cosa al modo que decía don Quijote:

“saca lo tuyo a concejo y unos dirán que es negro y otros bermejo.”

Me dirigí, en primer lugar, a un perito quien, muy amablemente, se me ofreció para hacer una preperitación gratuita. La hizo y, tras darme mil explicaciones técnicas en esa forma incomprensible, no obstante su afán didáctico, con que los peritos y los mecánicos explican tales desperfectos, me comunicó que el asunto va a ser complicado pues pudiera ser debido a dos averías distintas, en cuyo caso, el taller, habiendo reparado la primera, no tendría responsabilidad sobre la segunda.

Desde mi condición de profano me parece un sinsentido: si yo llevo mi coche a reparar, me dicen que la avería es una, la reparan y a los treinta minutos vuelve la burra al trigo creo que es evidente que la reparación ha sido mal hecha, ya sea porque la han reparado mal, ya sea porque hicieron mal la primera valoración.

Si a un médico se le presenta un paciente diciéndole que está mareado, el médico se empecina en que tal mareo está causado, digamos, por un vértigo, y resulta que no, que el mareo está causado por, digamos, una arritmia que el médico no detecta porque ni siquiera toma el pulso radial del paciente, trata el mareo como vértigo, la arritmia es maligna y el paciente se muere, es indudable la mala praxis del médico.

¡Y no digamos nada si sí detecta que es una arritmia pero la trata como vértigo!

Creo que el caso, salvando las distancias, es el mismo.

Pero, en fin, eso es lo que pienso como profano. Parece ser, en la experiencia de este perito, que las cosas no son así en el mundo de los litigios con los talleres de reparación de automóviles y que, como dije antes, la mecánica es la mecánica y las leyes son las leyes y que, siendo yo la parte denunciante, me corresponde a mí el peso de la prueba. Será así.

En esto estoy en lo que respecta al León.

Por lo que respecta a la compra del coche nuevo, aunque parece que ya voy viendo la luz, las cosas no dejan de ser complicadas.

Tras las mil vacilaciones iniciales: que si te decides por uno, que si por otro; que si te pasas mil horas buscando en Internet el más apropiado; que si caes en la cuenta de que, para la vida que llevas, necesitas uno de ciento cuarenta caballos, no para correr sino porque el motor, al tener más potencia, trabaja con menos esfuerzo y el coche dura más (otra cosa que ignoraba); que si el León hubiera tenido los ciento cuarenta, seguramente no le habría pasado lo que le pasó; que si, cuando ya te has decidido por uno del que todo el mundo te dice que es un coche extraordinario, viene alguien y te dice que un mecánico de La Coruña le ha dicho que tal modelo está fallando mucho ¡¡¡en la culata!!!; que si JC te dice que lo que tú necesitas es un Laguna o un Audi, que si a Mónica sólo le gusta el BMW y nada más que el BMW como si los BMW los regalaran… cuando ya tienes la cabeza como un bombo y apenas eres incapaz de razonar… al fin dices: ¡hasta aquí hemos llegado! ¡éste!

Y eso es lo que dije. Al fin, la semana pasada, antes de la solemnidad de la Semana Santa, aconsejado por Emilio, me decidí por un modelo que me gustó y que, expertos en la materia, dejando aparte el albur que implica la adquisición de un coche, me recomendaron.

Dadas las circunstancias y el apremio con que necesito el coche, el vendedor, después de hacerme un precio que considero muy aceptable y decirme que me lo podría entregar a comienzos de la semana en que estas líneas escribo, me llama a los pocos minutos de llegar al acuerdo y me dice que no puede ser así porque tengo el DNI caducado y es imposible matricular en tales condiciones pues ningún otro documento identificador sirve para ello.

Más paciencia. Más resignación. Paso la Semana Santa, inhábil para todas estas gestiones, trabajando por aquello de que antes está la obligación que la devoción.

Me veo obligado, dadas las circunstancias, a ir y venir en tren. Aprovecho para pensar y fijarme en el paisaje que, en esta primavera lluviosa, está hermosísimo. Cada día la luz es diferente tanto sobre el hermoso valle de lo que las constructoras de segundas viviendas llaman la Suiza valenciana como sobre la llanura manchega, verde en sus mieses en estos días de lluvia y primavera.

Cada día es distinto. Cada día la luz es diferente e ilumina un paisaje siempre distinto y a cuál más bello.

Cuando conduces, aunque ves el paisaje, no te puedes engolfar en su contemplación. Yendo en tren puede uno abandonarse a ello.

Y en ello me engolfé, dando gracias a Dios por tanta belleza y pensando, gratificado por ella, que “no hay mal que por bien no venga” y recordando con resignación humorística, al paso de las desventuras que voy narrando, los versos aquellos de la Epístola moral a Fabio:

Esta invasión terrible e importuna
de sucesos adversos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.
 
Dejémosla pasar como a la fiera
corriente del gran Betis, cuando airado
dilata hasta los montes su ribera.
 

En tales divagaciones andaba cuando, mirando a mi alrededor por el vagón, me fijo en los circunstantes y veo a éste durmiendo, a aquélla leyendo una revista, al otro un libro, a la de más allá haciendo un crucigrama, al de acullá jugando con un ordenador a un juego de esos malditos dibujos animados japoneses, a otros contemplando distraídamente el documental del tren… y caigo en la cuenta de que muy pocos están mirando el paisaje.

Son días como digo, de vacaciones. El Alaris va a rebosar de viajeros y el paisanaje es distinto de un día normal: niños, matrimonios mayores, parejas jóvenes… la gente va de vacaciones. Y me surge una nueva reflexión acerca de lo desalmado de mis semejantes. Desalmado en el sentido de pobreza de alma.

Ya he dicho antes cómo las circunstancias que voy refiriendo han elevado la mía a un estado presidido por la irascibilidad y la destemplanza o intemperancia, no sé muy bien cuál de las dos calificaciones la define mejor. Esta observación me trajo a la memoria al muy atrabiliario, aunque entrañable, Antonio García-Trevijano, (por cierto, hoy desaparecido de la vida pública) cuando, al hilo de una reflexión sobre la distancia que hay entre Democracia y Razón o Democracia y Verdad, creo que en La Clave de José Luis Balbín, se hacía la siguiente reflexión:

−“Pero, ¡si mira uno a su alrededor y la mitad de los que ve le parecen medio deficientes mentales! ¡Cómo va a ser referencia de verdad o referencia de razón lo que diga la mayoría!”

No recuerdo si dijo la mitad o más pero la anécdota es verídica. García-Trevijano era así. Inconmovible en sus certezas, erradas o no aunque siempre precisa y rigurosamente razonadas. Tan precisa y rigurosamente que la gente no le hacíamos caso y le escuchábamos com quien oye llover. En aquellos tiempos yo era joven y García-Trevijano me parecía intransigente y dogmático. Hoy me parece entrañable por su inmensa honestidad intelectual.

Y, a lo mejor, también, porque, al margen de esta irascibilidad coyuntural, quizá ande yo haciéndome tan atrabiliario e intemperante como García-Trevijano.

Sea como sea, me causó pena y desánimo el darme cuenta de esta indolencia de la gente. Las personas de hoy día, muchas de ellas, pueden gastarse y se gastan dinerales en viajar a la China para ver China pero prescinden del goce de una belleza que les sobreviene de manera gratuita. A lo mejor por ser gratuita y autóctona ni se paran a darse cuenta.

No quisiera que lo que acabo de decir se entendiera como una crítica dictada desde un sentimiento de superioridad en el sentido bíblico fariseo del “¡Gracias señor, por no haberme hecho como mi hermano!” Al fin y al cabo, ¡qué demonio! que cada uno contemple lo que más le apetezca. Es, tan sólo, un pensamiento al margen sobre el que di en cavilar acerca de la deriva del ser humano de nuestros días, sobre su superficialidad y sobre su soberbia: si no somos capaces ni de apreciar ni de gozar de una belleza inmediata como la de un paisaje ¿cómo vamos a poder ni llegar a atisbar una belleza recóndita como la de la religión; una belleza intrincada como la verdad sublime de un Dios que ha muerto y resucitado y cuya muerte y resurrección acabamos de conmemorar?

Me incluyo en el reproche. Somos así, borregunos: cuando toca ver China hay que mirar China haciendo el aspaviento de las maravillas que vemos en China y de lo que nos satisface y cuando no toca ver nada pues no toca y, entonces, puedes dedicarte a dormitar aunque pase ante tus narices la mismísima Helena de Troya resucitada nada más que para eso.

Llegando ya a la capital del Turia sumido en estos y otros pensamientos, la señorita de la megafonía del Alaris nos anuncia a los viajeros que, aproximadamente en quince minutos, llegaremos a la estación de Valencia.

Lo dice así, en futuro imperfecto de indicativo pero sin el menor asomo de duda. Vuelvo a reflexionar y encuentro, con tristeza, en este anuncio una muestra más de la soberbia del ser humano que ni se para a pensar que las cosas pueden salir de manera distinta a como él, en su pequeñez, las programa.

¿Y si pasa algo? ¿Y si hay un accidente? ¿Y si no llegamos a la estación de Valencia?

Echo en falta la antigua y desusada fórmula del “si Dios quiere” pero, a pesar de mi irascibilidad, me hago cargo de que sí, de que para el paisanaje actual hubiera quedado cursi y ridículo que la señorita hubiera dicho:

−“Señores viajeros, en quince minutos, aproximadamente, llegaremos, si Dios quiere, a la estación de Valencia.”

No le hubiera costado nada pero el paisanaje se lo habría tomado a choteo.

Pecatta minutta. Al fin y al cabo, la empresa de catering que suministra la comida a la Gerencia para la que trabajo nos obsequió el Viernes Santo con albóndigas como segundo plato, no se sabe si por inadvertencia o en plan de tocar las narices al modo de Rosa Regàs en su cruzada contra la estatua de don Marcelino Menéndez-Pelayo o como el Gran Wyoming comulgando en San Carlos Borromeo.

El caso es que, gracias a Dios, no pasó nada y llegamos felizmente a Valencia.

Como es lógico, lo primero que hice al día siguiente de la llegada fue acudir a la comisaría de Policía para renovar el DNI. Conociendo como son estas cosas y sabedor de que empezaban a las nueve de la mañana, a las ocho estaba personado a sus puertas.

La cola formada ante ellas alcanzaba ya las cuarenta o cincuenta personas, unas para pasaporte, otras para DNI.

Transcurridos tres cuartos de hora salió un agente de la Policía Nacional para comunicarnos que sólo se iban a dar cuarenta números. Para entonces la cola ya rondaría las cien personas. En la discusión que se inicia (poca discusión porque las preguntas y las razones las dábamos los del público en tanto que al guardia no se le podía sacar de lo de los cuarenta números) me entero que hay dos o tres comisarías cerradas en la provincia. Me entero que, por esta razón, allí hay gente que ha venido de Paterna, de Requena…

Le pido al guardia que notifique a su superioridad el hecho para que adopte medidas excepcionales, pague horas extraordinarias a los funcionarios o ponga más o dé alguna solución que, al menos, palíe el problema.

No me hace ni caso. ¡Cuarenta números!

Le pido que, al menos, nos dé número para el día siguiente. Me dice que eso es imposible. Que la solución es que volvamos al día siguiente un poco antes.

Teniendo en cuenta que se quedaron sin número más de cincuenta personas habrá que suponer que mañana (hoy) esas personas habrán vuelto, como mínimo a las seis de la mañana. Si sumamos a ellas las que vendrán hoy ex novo y las que repetirán suerte de días anteriores y calculemos los días y días, las horas y horas, el dinero y la paciencia que ciudadanos normales y corrientes tienen que perder para cumplir con un trámite burocrático que les permita, por ejemplo, matricular un vehículo sólo por la arterioesclerosis de un sistema que, en estos tiempos de Internet y ordenadores, sigue obligando a soportar semejantes colas y semejantes ineptitudes; por la negligencia de un mando policial que cierra varias oficinas y no preve la sobrecarga que ello va a conllevar en las que quedan abiertas; por la rigidez de unos funcionarios para dar salida o paliar problemas de este tipo, y por su incapacidad, ineptitud o falta de ganas para hacer más de cuarenta DNI al día, si sumamos y consideramos todo esto, digo, podremos darnos cuenta de que nuestros regidores y nuestros funcionarios tienen de nosotros esa misma imprensión que percibí en el tren: la percepción de que tratan con borregos.

Y, tratando con borregos no hay que sofocarse ¿a qué santo va a  comenzar a trabajar un funcionario a las ocho aunque, haciéndolo así quizá les daría tiempo para hacer diez o veinte documentos más?

Bueno, el caso es que, gracias a Dios, a mí sí me llegó el malhadado número. Tras dos horas más de espera durante las cuales asistí al incidente surgido con una señora, creo que colombiana, que precisaba salir en pocos días de España pero que no podía llevarse con ella a su niño recién nacido porque no tenía (el niño) no sé qué documento y a la que, claro está, no le resolvieron el problema, limitándose a decirle que en el aeropuerto no iban a dejar salir al niño y que fuera a hablar con el Juez; cuando ella alegaba que ya había hablado con el Juez, me llegó, por fin, el turno.

En dos minutos di las fotos, registraron mi huella dactilar y pagué seis euros con setenta céntimos, tasa que, por lo visto, hay que pagar, según la Ley de Presupuestos, cada equis tiempo para seguir demostrando que eres ciudadano español y poder seguir circulando por el mundo.

Como es lógico, ya no he tenido humor para leer esa Ley ni para intentar comprender cómo justifica, en su declaración de principios, la necesidad de pagar seis euros para renovar un DNI, es decir, para demostrar que seguimos siendo quienes somos gentes que ya pagamos a la Hacienda Pública un dineral. Quizá sea para incentivar a los funcionarios que lo renuevan.

Así que con el resguardo del DNI en el bolsillo, recordando a Larra y dándome con un canto en los dientes, me fui a matricular mi nuevo coche.

Enfrentado a las mil y una calamidades que vemos todos los días, lo que acabo de relatar no deja de ser cosa baladí y, quizá, debería haber hecho lo que santa Teresa recomendaba a sus monjas respecto a la incoveniencia de quejarse por pequeñas molestias.

No obstante, me ha parecido que la anécdota anda cargada de pinceladas costumbristas de esta España tan moderna, eficiente y eficaz en la que dicen que vivimos y he querido dejarla escrita aquí, en este blog que, por lo que acabo de contar, llevo desatendiendo desde hace varios días.

 

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

11 abril, 2007 at 15:20

Publicado en Comentarios

Tagged with ,