Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Reflexiones en torno a Dios.

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Reflexiones en torno a Dios

Introducción.

Una de las intenciones que tenía cuando comencé este blog, hace ya más de un año, era reflexionar sobre la evolución de mi pensamiento desde el ateísmo de mi niñez y juventud hasta la aceptación racional, emocional y estética de la existencia de Dios y mi acatamiento a la doctrina que de Él enseña la Santa Iglesia apostólica y romana.

En su primera entrada coloqué, a manera de frontispicio sobre el cual tener la vista fija durante todo su devenir y, también, a manera de explicación sencilla de su objetivo principal, la frase de Publio Siro: Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

La turbación de los tiempos (que diría el conde de Toreno) tanto en el orden político de mi Patria como de mi vida personal, y, también, la dificultad del proyecto que me propongo de explicar con palabras, sin ser yo ni filósofo ni teólogo, han ido haciendo que, entretenido con asuntos menores, haya distraido y retrasado hasta hoy el comienzo de la realización de aquella intención.

Como dije en aquella primera entrada del blog, la transición del ateísmo o de la increencia a la Fe es un proceso complejísimo que infinidad de hombres, desde san Pablo, han recorrido. La figura de san Agustín es luminaria de todos ellos.

Ni soy el primero, ni, gracias a Dios, seré el último de los que caminen esta senda. En su relato querría que mi persona figurara lo menos posible pero, esa misma complejidad implica que, al lado de la reflexión intelectual y de las lecturas que la dirigen, la inquietud personal y la biografía sean ingredientes fundamentales del proceso.

Perdóneseme, pues, el protagonismo que pueda aparecer en estas líneas y entiéndase justificado de esta manera.

En lo que se refiere a las lecturas que acabo de mencionar, no podría, dado lo anárquico que he sido siempre en ellas y mi condición de autodidacta, así como el mucho tiempo que hace que abandoné el hábito de leer, recordar ni citar ahora a todos los autores que incidieron en mi conversión al catolicismo. Espero que el ejercicio que hago ahora de reflexionar sobre ella por escrito me ayude a ir devolviéndolos, si no a todos, a la mayoría de ellos,  a mi memoria.

Antes de seguir adelante sí quiero señalar que, cuando hablo de mi conversión al catolocismo, no debe entenderse que ésta haya sido perfecta ni que esté acabada. Antes bien, está sembrada de faltas, de defectos y de las dudas que cualquier hombre, de cualquier tiempo, tiene, ha tenido y tendrá al enfrentarse a este tema sublime.

También quiero señalar que muy poco hay que justifique la presunción ni lo que de soberbia intelectual implica que, sin ningún mérito por mi parte, me ponga ahora a escribir sobre asunto tan grave. ¿Quién soy yo para hablar sobre lo que personas tan sabias y tan santas han hablado tanto?

Ese poco es el peligro grande que hoy (quizá siempre) acecha a nuestra religión. Quiero entender que cualquier esfuerzo en su defensa es poco. Entiéndanse estas líneas como el grano de arena que quiero aportar para mantener y reforzar el magnífico edificio de la religión católica.

Supongo que en la Iglesia católica siguen exitiendo el Imprimatur y el nihil obstat. Con la aparición de Internet y sus blogs no sé bien cómo se pueden someter, sin que sufra la vivacidad que éstos tienen, a la censura eclesiástica. Quiero protestar, de entrada, aquí que nada de lo que escriba en éste ni en ninguna otra parte quiero ni es mi propósito que contradiga ni en ún átomo, no ya el dogma de la santa Iglesia católica sino, ni siquiera, lo más ínfimo de su magisterio. En este sentido quiero guiarme por la máxima atribuida a san Agustín: In necesari, auctoritas, in dubiis, liertas, et in omnia charitas.

Por lo demás, este comienzo no va a suponer, estoy seguro de ello, ni una constancia, ni una continuidad en su desarrollo, ni éste está sometido a programa previo. Las ocupaciones prosaicas y cotidianas, las turbulencias del alma y los acontecimientos de la actualidad, le quitarán tiempo e inspiración suficientes e irán dilatando, retrasando y entreteniendo esta reflexión mía sobre Dios y esta confesión de mi particular experiencia de Él.

Que Él me ayude a coronar, si no con éxito, al menos con dignidad, esta intención.

***

    El Hombre moderno empobrece su conocimiento, lo reduce al conocimiento físico del Universo y se hace la ilusión de que, con ello, conoce el Todo y, lo que no conoce, lo desprecia por no ser susceptible de conocimiento.  

 

La idea de Dios se halla en el fondo de cualquier reflexión humana.

La reflexión filosófica que busca el conocimiento del mundo que nos rodea; la reflexión estética que nos conduce a la idea de la “belleza”; la reflexión sobre el ser humano, nos conducen, inevitablemente, al concepto de lo absoluto que llamamos Dios.

El error fundamental del hombre moderno que niega o prescinde de la idea de Dios se relaciona con el enorme avance que tuvieron las antes llamadas “ciencias de la Naturaleza” entre los siglos XVII y XX.

Antes de esa etapa de la revolución científica, el hombre era consciente de que el conocimiento físico del mundo era sólo una parte del conocimiento del “todo”, de lo que, en Filosofía, se llama “el Ser”, es decir, de todo lo que existe.

Se daba cuenta, de sobra, de que en ninguna parte está escrito que la razón humana pueda llegar a comprender, a aprehender ni a explicar esa totalidad del Ser universal y, así, frente a la inmensidad del conocimiento que se abría ante él, distinguía muy bien entre lo que era ese “conocimiento físico” del mundo que le rodeaba de manera inmediata y aquel otro conocimiento que, intuía, no podía llegar a explicar con su razón.

Dicho de otra forma: concedía al estudio de las “ciencias naturales” el justo valor que le correspondía. Las “ciencias de la Naturaleza” nos explican cómo funciona el universo que vemos pero no nos dicen nada, ni lo pretenden, del resto de las eternas preguntas que siempre se ha hecho el hombre: ¿qué es el Ser? ¿por qué existe el Ser? ¿para qué existe el Ser?

La revolución científica que comenzó Newton con la Teoría de la Gravitación universal; que siguió con la Teoría atómica de Dalton y Lavoisier; con la Teoría celular de Schleiden y Schwann, y que se detuvo ante las Teorías de la Relatividad de Einstein y cuántica de Plank, acompañada del inmenso acúmulo de conocimientos fácticos y del apabullante desarrollo tecnológico que dura hasta nuestros días han hecho caer al Hombre en el error de confundir ese Universo físico con la totalidad del Ser y, sobre ello, de caer en la presunción ingenua de creerse capaz de actuar sobre él y dominarlo en beneficio propio, entendiendo como beneficio propio su mero bienestar material.

La ciencia, los verdaderos científicos lo saben muy bien, ni explica ni intenta explicar otra cosa que no sea el mecanismo por el cual funciona el Universo que vemos. El “cómo” funciona. Pero ni puede afirmar que la totalidad del Ser acabe en lo que es accesible a la razón humana, ni puede dar respuesta al resto de eternas preguntas que el Hombre se hace, desde que tiene uso de razón: los ¿Qué? ¿Por qué? ¿Para qué? permanecen tan inexplicados por la Filosofía como en los tiempos de Heráclito y sólo el conocimiento del ¿Cómo? ha avanzado prodigiosamente en los últimos siglos.

Notemos, de paso, que, si bien todo conocimiento satisface la curiosidad humana y su ansia del mismo, el conocimiento del cómo, pertenece a un orden de conocimiento inferior al de los otros conocimientos que he apuntado antes.

Por eso, en la Filosofía clásica, la “Filosofía natural”, las “ciencias de la Naturaleza” ocupaban un escalón por debajo al del resto de conocimientos.

Por expresarlo con una imagen: si el Todo fuera un reloj y alguien que sólo tuviera noción de la existencia de ese reloj reflexionara sobre el mismo, podríamos comparar el empobrecimiento que el hombre moderno ha hecho de la Filosofía, del conocimiento, a la satisfacción que tendría dicho observador una vez hubiera conocido hasta el más mínimo detalle todas y cada una de sus piezas, las relaciones entre ellas y cómo las unas modifican el estado de las otras, creyendo que el reloj se explica en sí mismo y en su funcionamiento pero permaneciendo del todo ignorante a la existencia de cosas como el Tiempo, de seres que quieren medirlo y que fabrican dicho reloj para conseguirlo.

En resumen: el hombre moderno puede vivir y vive prescindiendo de la idea de Dios.

Esto ha sucedido, seguramente, siempre. Siempre ha habido personas a las que éste tema no haya preocupado. Lo que he querido señalar con las líneas que anteceden es que, antes de la revolución científica, esas personas se vivían en un mundo en el que sí existía la reflexión sobre Dios.

Hoy, esas personas se abandonan al espejismo de la omnisciencia científica (valga la redundancia) y, con ella, creen explicado lo que ni la propia Ciencia pretende explicar.

Es decir: antes, el hombre conocía la existencia de un ámbito inmenso del conocimiento que era inaccesible a la medida (el hecho fundamental de la ciencia es la medición). Hoy lo desconoce. Y presume de desconocerlo. Hoy, confiado supersticiosamente en el inmenso avance de la Ciencia, hace alarde de despreciar todo aquello que queda fura del ámbito de ésta.

O, mejor dicho; no hace alarde: ignora de manera supina. Si hace alarde de algo es de esa ignorancia. Y, desde esa atalaya de ignorancia supina nos dice, a los que, al menos, atisbamos el problema que somos nosostros los ignorantes y los supersticiosos.

El hombre moderno empobrece su conocimiento porque antes, al menos, el ser que no se preocuba de estas cosas, admitía la reflexión que sobre ellas hacían la Filosofía y la Teología. El de hoy no va más allá del conocimiento científico.

Esta concepción del conocimiento científico del Universo por el hombre vulgar es superstición.

 

 

 
 
Dios Creador
 

NOTA: La colección de imágenes a la que pertenece ésta pueden verse en mi nuevo blog fotográfico.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

8 marzo, 2007 a 18:29

Publicado en Religión

2 comentarios

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  1. Es una hermosa reflexón que nos invita a no desfallecer en la busqueda de la verdad del ser; sin embargo hay algo del texto en el cual no comparto y es que el autor, en el último párrafo, hace una generalización que no estoy de acuerdo, poque hay muchos hombres modernos e y ncluso contemporáneos que apesar de valorar los alcances de la ciencia, tambien son conscientes de que la misma no es suficientes para satisfacer todas aquellas inquietudes propias del hombre y que la reflexión teológica y filosófica sigue viva. domingo_121@hotmail.com

    DOMINGO RAMÓN

    27 abril, 2010 at 12:27

  2. Hola, Domingo. Evidentemente, no desconozco que hay muchos hombres modernos que se dan cuenta de esto. Más que una generalización es una sinécdoque: me refiero al pensamiento dominante en el hombre contemporáneo y a la concepción que predomina en su cosmovisión. Un saludo y gracias por tu cometario.

    Carlos

    26 noviembre, 2010 at 10:39


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