Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for marzo 2007

Carta abierta a un juez sectario.

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Carta abierta a un juez sectario

Don Baltasar Garzón:

Sin apenas tiempo en estos días para asomarme a nuestra deplorable actualidad política, al hacerlo, aprisa y corriendo, esta tarde me encuentro con la noticia de que usted se ha sumado a Llamazares y Blanco para pedir que Aznar “pueda ser juzgado por la guerra de Irak”, mediante un escrito que publica en El País.

Dice usted, textualmente, que “debería profundizarse sobre la eventual responsabilidad penal de quienes son o fueron responsables” de aquella contienda.

El desánimo, la turbación y la indignación que me ha producido la lectura de su artículo son el motivo de que, suspendiendo quehaceres que tenía programados para esta tarde, los abandone y me dirija a usted a través de esta carta abierta.

No es que yo tenga de usted una opinión elevada, señor Garzón y, en el fondo, no puedo decir que su artículo me sorprenda. Me indigna pero no me sorprende. Su actuación en el caso de los peritos a los que usted acusó de falsificar un documento en el que se relacionaba a ETA con el 11-M, acabó por disipar las pocas dudas que me pudieran quedar sobre su sectarismo de usted.

A pesar de ello es usted, al fin y al cabo, un juez. Ocupa usted una magistratura y, a sus palabras, no se les puede aplicar la misma atención que a las de seres partidistas e indigentes intelectuales como los señores Llamazares y Blanco.

Los señores Llamazares, Blanco y toda la caterva izquierdista que ocupa el poder en nuestra Patria y que vive de él o que pulula en torno a él utilizó el eslogan de “¡Aznar asesino!” como elemento fundamental de su acceso al poder y lo sigue utilizando, últimamente, como espantajo que saca a relucir de manera sistemática cada vez que se queda con las vergüenzas al aire, a la manera de aquel mal barítono que, dicen, cada vez que le salía un gallo lanzaba el grito de ¡Viva Cartagena! para ganarse la condescendencia del auditorio y para que éste le pasara por alto el gallo.

Ya conoce usted cómo esta caterva de izquierda utilizó la guerra de Irak y los atentados del 11-M en Atocha para acceder al poder.

Ya conoce cómo, desde entonces, su único argumento ante los mil y un desmanes que está cometiendo el gobierno Zapatero es gritar “¡Aznar asesino!”

¡Qué digo lo conoce! ¡Si hasta usted mismo puso su grano de arena para que la versión zapateril del 11-M no sufriera con el asunto aquel de los peritos! ¿Recuerda el celo que puso usted entonces para meter en la cárcel a dos personas que luego resultaron inocentes, señor Garzón?

Pues bien, como le decía, a pesar de que la opinión que yo tengo de usted es pobre y no la puedo expresar con la claridad que me apetecería dada, precisamente, esa magistratura que usted ocupa y el respeto que se le debe, por eso mismo, también, tengo que decirle que su artículo me parece cobarde, innoble y del todo impropio de un juez.

Los jueces, señor Garzón, pueden opinar sobre política y pueden expresar sus opiniones en artículos periodísticos.

Lo que no pueden o, a mi modo de ver, no deben, es lanzar sospechas de criminalidad sobre personas concretas en artículos de periódico.

Llamazares, Blanco, Zapatero… pueden hacerlo y lo hacen. Les sirvió para acceder al poder y les sirve para mantenerse en él. Ya les conocemos y estamos resignados a que así sea.

Usted no puede.

Usted no puede, en asunto tan grave como es acusar de presunta criminalidad a un expresidente del gobierno español, a un presidente de los Estados Unidos y a un premier británico, tirar la piedra y esconder la mano.

Y no puede usted, señor Garzón, porque los ciudadanos entendemos que usted es, a pesar de todo, un juez. Y entendemos que, siendo, como es, un juez, antes de escribir semejante enormidad, usted ha tenido que hacer una reflexión profunda y grave del asunto, considerando, esencialmente, sus elementos jurídicos.

Se lo diré de otra forma: yo esperaría de un ser como Zapatero o como Llamazares o como Blanco que publicaran un artículo en un periódico acusándome a mí, pongo por caso (y perdone la inmodestia) de un hecho criminal si con ello (que no es el caso) fueran a sacar rédito electoral.

De un juez no puedo esperar semejante actitud. Si un juez conoce, sospecha o intuye que yo he cometido un delito debe juzgarme. Lo que no puede es escribir un artículo en El País diciendo que piensa que le han dicho que se dice que no sé quién debería profundizar en la indagación de dicho supuesto delito mío porque, si lo hace así, lo que está haciendo es lanzar insidias contra mi persona ¿lo comprende usted?

Máxime si consideramos que usted ya tiene experiencia en la persecución, jurídicamente fundamentada, de presuntos criminales y que, en semejante cruzada en la que usted anda embarcado, no hace acepción de personas y ni siquiera le importa que sean nonagenarios.

Digo jurídicamente fundamentada, aunque a mí me parece que en lo que usted anda embarcado es en lo del vae victis! y en lo de a moro muerto, gran lanzada. Y, por supuesto, en lo de sirvo a mi señor.

Su artículo, pues, señor Garzón, me parece innoble y sectario por este motivo. Un juez debería hacer un mínimo intento de disimular sus visceralidades y sus fobias ideológicas.

Como juez que es, si ve indicio de delito, debería encontrar algún camino mejor para perseguirlo que vomitar odio en un artículo periodístico.

Como magistrado que es debería conocer que, equivocada o no, justa o injusta, aquella intervención fue aprobada por el Parlamento español.

Me parece usted un juez sectario. Justo lo que no debe ser un Juez.

Además, dese usted cuenta: los señores Llamazares, Blanco, Zapatero… ya han utilizado el eslogan “¡Aznar asesino!” ad nauseam. Vomitar, ya han vomitado toda la bilis que tienen y, en su escalada de despropósitos, mezquindades y villanías ya no les quedan más basura propagandística verbal que verter que no sea repetirlo.

Usted, con su artículo, por ser usted juez, dese cuenta de que lanza un órdago. Los ciudadanos asumimos, como le decía, que, por ser usted juez, la sospecha que lanza en dicho artículo tiene detrás un convencimiento grave y una fundamentación jurídica.

Si es así, debe usted ser consecuente. Si tiene usted lo que hay que tener ¡no nos confunda con esa insidia mezquina! ¡Promueva usted un procedimiento judicial contra Bush, Blair y Aznar! ¡No sea cobarde!

Con Pinochet se atrevió. ¿Por qué no con Bush, Aznar y Blair? Usted es un juez. Estas cosas no nos las debe de contar en los periódicos. Actúe como juez si está tan convencido y es tan valiente. No nos diga que alguien ¿quién? debería hacer ¿qué? Actúe.

Hágalo así. A no ser, claro, que su artículo de El País no sea otra cosa que una muestra más de la bazofia que destila la mala baba de la izquierda que nos gobierna, a la que usted sirve, y que utiliza para confundir a las masas y lavarles el cerebro.

Suyo,

Carlos Muñoz-Caravaca Ortega.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

20 marzo, 2007 at 21:14

Publicado en Política

A vueltas con "La expulsión de los moriscos"

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A vueltas con La expulsión de los moriscos
 

La entrada de este blog de hace unos días titulada La expulsión de los moriscos que publiqué, también, en el foro de la página wev Generalísimo Francisco Franco, ha generado un amplio debate que quiero resumir hoy aquí.

Uno de los comentaristas me señala la diferencia ideológica que existe entre él y mi persona y hace protesta de que el “odio irracional” que veo “en la izquierda española hacia lo español” no se puede hacer extensivo a toda ella sino sólo a la radical y, aún así, restringiendo dicho sentimiento al periodo de la dictadura del general Franco.

Se lo concedo en parte. Es cierto que toda generalización entraña injusticia y que no todas las personas que se autodefinen como de izquierda tienen esa aversión a lo español. Pero discrepo en su minimización del hecho y de su limitación a la izquierda radical en los tiempos del Generalísmo.

No. Podemos seguir viendo ese odio, esa aversión, esa antipatía, ese recelo, ese llamémolo como queramos, en nuestros propios días y en personas que se declaran de “izquierda moderada”, “centro izquierda”, “progresistas”, etc.

Por lo demás, el problema, es cierto, no se ajusta exactamente a los conceptos de “derecha” e “izquierda”. Seguramente hay, también, mucho moderno liberal que se considere de derecha y coincida, con la idea general de la izquierda, aunque, seguramente, sin su virulencia, en esa aversión a lo que ellos llaman España “casposa”, “cerril”, “cavernícola”

Cito de memoria y, por tanto, sin literalidad, del libro de Memorias de Salvador de Madariaga, anarquista, titulado Por qué perdimos la guerra, cómo, en un párrafo, lamenta “las veces que creyó percibir una comunión espiritual en personas del bando enemigo y, al revés, el recelo que muchas veces le causaba el pensamiento del vecino del bando amigo.”

El latifundismo y el caciquismo al que alude mi comentarista como causa del izquierdismo de la España meridional, muy seguramente, han contribuido al predominio de la izquierda en las tierras del sur de nuestra patria. Muy seguramente sí.

Pero no todo se puede explicar desde esa perspectiva materialista, marxista, de la historia. Ese voto a la izquierda en Andalucía, en Extremadura, en muchas zonas de Castilla la Nueva, persistente, irracional, inasequible al razonamiento; ese voto que se transmite de generación en generación sin que lo pueda conmover ni los mejores razonamientos ni las mas grandes evidencias, ese voto yo no me lo puedo explicar sólo por la explotación ancestral del rico sobre el pobre.

Y, aunque así fuera, quedaría sin explicar el por qué esa actitud o, más que actitud, esa esencia izquierdista, lleva implícita, tantísimas veces, la aversión a la idea de España.

Injusticia social ha habido en todas las edades y en todas partes y no es, creo yo, nuestra época ni nuestro sistema político el que entraña menos injusticia, aunque esto no hace al caso.

La pregunta es ¿por qué en España, el ser de izquierda va tan acompañado al odio a lo español?

Esto no pasa en ningún otro país. Ni en Gran Bretaña, ni en Francia, ni en ninguna parte, el ser izquierdista implica ninguna inquina ni hacia lo británico ni hacia lo francés.

Y, así, en ninguna parte. Ni siquiera en Alemania ni Italia, países estigmatizados por su pasado nacionalsocialista y fascista, el rechazo de la izquierda va más allá del rechazo a esas épocas concretas. Hasta donde yo llego a ver, ni los alemanes ni los italianos consideran su pasado, en bloque, como compendio de todo lo malo, despreciable y susceptible de ser vituperado.

¿Por qué en España sí? ¿Por qué pasa esto en España y sólo en España?

Ésa es la pregunta.

Yo no tengo una respuesta precisa pero la pregunta,en sí, me inquieta y, en el escrito La expulsión de los moriscos, intento hacer una reflexión sobre ello.

En realidad, mis reflexiones al respecto van en dos direcciones:

Una sería, precisamente, la que expongo en La expulsión de los moriscos.

Ya digo que ni siquiera pretendo considerarlo hipótesis pues, para ello, tendría que ser susceptible de ser convertida en tesis, es decir, de ser enfrentada al método científico, a la experimentación científica, y corroborada por él. No considero esto factible. Sin embargo, no me parece disparatado pensar que tras la expulsión, muchos de los que quedaron en suelo español, los “castellanos nuevos”, por contraposición a los “castellanos viejos”, al paso de las generaciones olvidaron su origen, pero el odio, el rechazo, el recelo o el rencor a la civilización que les había vencido persistió de manera subconsciente y, con la aparición del liberalismo en el siglo XIX, acabó encontrando su cauce de expresión en la ideología izquierdista.

La otra dirección en la que yo reflexionaría al respecto y, si Dios me lo permite y da fuerzas, espero poder hacerlo con algún acierto, sería la del enfrentamiento entre el protestantismo y el catolicismo.

Ya digo que me gustaría reflexionar extensamente sobre ello pero dejo aquí la idea apuntada y prendida con alfileres:

Los siglos xvi y xvii asisten al Cisma de Occidente y a la lucha brutal del protestantismo contra el catolicismo. Nadie ignora el papel esencial que la España del Antiguo Régimen tuvo como adalid de la defensa del catolicismo. Tampoco ignora nadie cómo, enfrente, tuvo como adalid de la defensa contraria al mundo anglosajón liderado por Inglaterra.

Nadie ignora tampoco cómo la revolución liberal (prescindamos aquí de la francesa) y, sobre todo, la revolución científica, económica y tecnológica, donde triunfan, esencialmente, es en el mundo anglosajón y desde donde se extienden al resto del mundo es, precisamente, desde el mundo anglosajón. Quien me discuta esto que mire cuál ha sido la primera potencia mundial, económica y militar, durante el siglo xx.

Ahora: esa victoria en lo material (insisto: en lo material) del mundo anglosajón, conformado por el protestantismo nos explicaría, como corolario, que el sistema político y religioso derrotado (vuelvo a insistir: derrotado en lo material) en tan descomunal enfrentamiento sufriera el desprecio y el vituperio que vienen sufriendo España y la religión católica hasta nuestros días. La religión católica como religión del sistema político que perdió la supremacía en el dominio del mundo. España, como principal valedora de tal religión.

Sobre el pequeño debate que se abrió en el foro respecto al recelo que la enseña rojigualda, bandera  de España, entre dos de los comentaristas no tengo mucho que añadir a lo dicho por uno de ellos y a lo que yo mismo he dicho antes: con todas las excepciones que se quiera, es una evidencia que a nuestra izquierda, la bandera rojigualda le causa como mínimo repelús.

Quede esta constatación como una muestra más de lo que digo de que en España se da el hecho, inaudito en el mundo, de que un segmento de su espectro político, el de la izquierda, se coloca enfrente y en posición enemistosa de la propia nación a la que pertenece y de sus símbolos.

Me reprochaban, también, pretenciosidad al reflexionar sobre el sentido geográfico de la reconquista. Mi intención no era explicar dicho sentido. Es una obviedad que comenzó en el norte y acabó en el sur y hubiera sido ridículo por mi parte dedicar una entrada de blog a explicar algo que saben hasta los gatos.

La relectura de mi artículo evidencia que lo que pretendo es relacionar el sentido norte-sur de aquel avance con la distribución de las distintas ideas políticas en nuestros días y, más concretamente, razonar sobre el enquistamiento del voto de izquierda en el sur: sí, como se me dice con tono de reproche unas líneas más adelante “porque hay una genética mora/árabe” latente en la población.

Eso es, precisamente, lo que quiero decir. Y, si no cuestión genética, al menos, cuestión cultural.

Como razonamiento se me lanza el siguiente reto: Busca otra nación que como España este compuesta por naciones o nacionalidades, y veras si hay izquierdas agresivas con la ‘nacion mayor’.

Tampoco me sirve.

Me serviría si el odio del que vengo hablando estuviera enquistado, pongo por ejemplo, en Cataluña hacia el resto de España. En ese caso podríamos aceptar que la idea, por otra parte falsa, de una Cataluña ancestralmente sojuzgada por Castilla se tradujera en un odio hacia España.

Pero vemos que no es así. El odio a España no se distribuye geográficamente sino ideológicamente y es un odio transportado por la izquierda. ¿A qué santo íbamos a encontrarlo en Extremadura o en Andalucía o, pongo por caso, en Burgos, patria chica de nuestro presidente del Gobierno?

No. Es verdad que el problema de los nacionalismos envenena el asunto pero no lo explica; antes bien, aumenta su complejidad y dificulta su comprensión cabal.

Además, si ese odio se explicase por la “razón nacionalista” ¿a qué santo lo íbamos a ver incardinado en la izquierda? En todo caso, le veríamos en los partidos de derecha, como, por ejemplo, en Irlanda del Norte pero no en la izquierda, tradicionalmente internacionalista.

Volviendo al asunto de la expulsión de los moriscos, empecé por decir que ni siquiera sostengo que la idea que expuse sea cierta. Sólo dije que era una idea que me ronda por la cabeza y quise dejarla escrita por si alguien, con más luces y más humor que los míos, quiere tomarla en lo que pueda valer.

Y, aún teniendo esa idea que expuse algún asomo de realidad, tampoco pretendo que ella lo explique todo ni que sea la causa fundamental del odio que constatamos en la izquierda española hacia lo español. En todo caso, sería un factor más en la reflexión. Y, si ni siquiera eso se me admite, me serviría como metáfora de la lucha en la que, contra lo español, anda embarcada la izquierda o una parte de ella.

Entiendo (y esto sí lo creo de manera firme) que el fundamento filosófico que sustenta a la ideología de izquierda no son, como puede parecer en un principio, las nobles ideas de solidaridad y justicia social. Creo, más bien, y la experiencia histórica repetida lo muestra, que el valor moral que subyace en esa ideología es el rencor, el resentimiento.

Con esto no quiero decir que todo izquierdista sea persona rencorosa y mezquina. No. Conozco bien que hay gente noble e intelectualmente honesta en la izquierda. Fundamentalmente, en la época de la vida que corresponde a la candidez juvenil, es compresible que el joven, imbuido de inquietudes nobles, pero desconocedor de la vida y, muy especialmente de la Historia, sea presa fácil de esta ideología y se deje engañar por las cuatro ideas simples con las que se presenta. Más difícil es comprender que. avanzando la edad y madurando la persona, no caiga ésta del burro pero, en fin, admitamos que sí, admitamos que mucha gente, de buena fe consigue conservar aquella candidez a través de los cumpleaños y ello de manera noble y desinteresada.

Rencor ¿a qué? Resentimiento ¿a qué? ¡Vaya usted a saber! Es un sentimiento impreciso en el que se mezclan, seguramente, la ignorancia, las circunstancias de cada persona y la propaganda fácil de esta ideología.

Es cosa averiguada por cualquiera que haya caminado por ella que la vida no es fácil. Y, para algunas personas, menos fácil que para otras. Seguramente hay, también, muchas injusticias pero, aún prescindiendo de ellas, la vida sigue siendo cosa difícil y plagada de problemas y de dolores.

La sociedad de hoy halaga al ser humano y lo educa desde niño haciéndole creer lo contrario; haciéndole creer que viene a este mundo con derecho al goce y a la felicidad pero, es evidente que le está engañando.

Cuando el ser humano se enfrenta a esta dificultad que entraña el hecho de vivir, si carece de una fuerza, de un temple moral que le permita afrontar aquella realidad con nobleza y altura de miras, no nos debe parecer raro que se deje ganar por una ideología que le viene a decir que “la culpa la tienen otros”; “los ricos”; “los curas”; “la derecha”… Que crea que todos los males que aún acechan al ser humano no son sino residuos de una época bárbara en el que éste vivía aherrojado por sistemas políticos que hay que destruir a toda costa.

Esto es lo que nos viene a decir Zapatero en nuestros días. Cuando habla Zapatero, creo que la cuerda moral que hace vibrar es, precisamente, ésta.

En resumen: es fácil para el ser humano convencerse de que la culpa de lo malo que le sucede la tienen otros. Éste, creo, es el fondo moral de la ideología de izquierda.

Con esto no quiero decir que sea mala la existencia de la izquierda en la sociedad. Ya expliqué en la primera entrada de esta discusión, el papel que yo creo que debe de cumplir en ella. Pero una cosa no quita a la otra y todos somos humanos y todos pecadores y, me parece, insisto, que el pecado de la izquierda es éste: la mezquindad.

Lo digo sin acritud, en un mero intento de comprensión intelectual de la realidad que me rodea. Quizá los que nos llamamos de derecha también tengamos nuestro pecado; quizá este sea, no la avaricia, como pensáis vosotros, sino la soberbia. En fin, no sé. No voy a seguir divagando por este camino.

Si hay, pues, algo de cierto en lo que voy diciendo, volviendo ahora al tema que nos ocupa de los moriscos vuelvo a decirte que no me parece impensable la tesis. Te vuelvo a insistir en la existencia de la figura del “castellano nuevo” por contraposición a la del “castellano viejo” prácticamente hasta la revolución liberal del XIX.

Estos “castellanos nuevos”, durante generaciones, tuvieron que sufrir el sambenito de serlo. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Fue así! La rudeza de los tiempos hizo que fuera así.

Aquí tomo una de las preguntas que se lanzan ¿Existía España cuando llegaron los musulmanes, o cuando fueron expulsados? España, en mi sentir, no es algo que aparezca en un momento determinado sino que se forja en un proceso en el cual tuvo importancia fundamental la invasión musulmana.

España, ganada para el mundo occidental y civilizada por Roma, nunca ha olvidado que su origen es éste: Roma.

Puede parecer una obviedad y una pedantería repetirlo aquí. Hoy nadie cuestiona esto de puro evidente.

Pero sí se ignora, y hay que recalcalrlo con mucha claridad, que hubo momentos en los que estuvo a punto de perder esta herencia en la que convergen la civilización romana y la religión cristiana. Hubo momentos que hicieron que hubiera sido imposible que hubiéramos llegado a conocer la España que conocimos cuando nacimos. Hubo momentos que hicieron que casi hubiera sido imposible hasta que naciéramos.

Hubo (hay) tres momentos históricos en los que tal hecho estuvo a punto de suceder:

Uno: la dominación visigoda. Fue, seguramente, el momento de menor peligro pues los godos, ya de entrada, venían, ellos mismos, con un barniz de romanidad. No obstante, durante siglos convivió en la Península esa sociedad bárbara con la autóctona hispanorromana pero separada de ella. Su debilidad y la superioridad cultural y moral de esta última hicieron que acabara imponiéndose: la minoría gobernante visigoda acabó mezclándose cultural y genéticamente con la población hispanorromana y hoy no queda memoria de aquella separación.

Dos: la invasión musulmana. Ésta, durante siglos, permaneció en la Península y, a diferencia de la visigoda, jamás llegó a asimilarse a la base hispanorromana. Ochocientos años después de entrar Tariq por el Estrecho aún existía una población musulmana claramente diferenciada de la hispanorromana (de la hispano-godo-romana). Tan claramente diferenciada que acabó siendo expulsada.

Esto, con la moralina de la ideología izquierdista, suena injusto y puede hacer creíble la idea de que los moros eran los buenos y los cristianos los malos. Pero el caso es que, si hubieran ganado ellos, España sería hoy un país musulmán como Marruecos o como Argelia.

El caso es que lo que triunfó fue la civilización hispanorromana sobre la musulmana. Y, así, el mar Mediterráneo contempló cómo, durante siglos, florecía la civilización cristianorromana en su ribera norte, España en ella, aal tiempo que, en la meridional, hacía lo propio la musulmana. Esto, esta compartimentación geográfica de las culturas, a mí, me parece que es lo culturalmente enriquecedor.

Tres: el tercer momento histórico en el que estamos a punto de olvidar nuestro origen cristiano y romano son nuestros días presentes. En ellos, una ideología estúpida que podemos personalizar en Zapatero, está intentando socavar los elementos esenciales de nuestra civilización bimilenaria para llevarnos, dice, a un mundo idílico por disneylándico.

En ese mundo al que caminamos felices dirigidos por el no menos feliz José Luis Rodríguez Zapatero, se hará realidad la utopía izquierdista de un mundo libre de injusticia en el que las fuerzas retógradas y casposas, acabarán por ser eliminadas, de una vez y para siempre, de la faz de la Tierra.

¡Pobre civilización cristianorromana!

Notemos, de paso cómo semejante tránsito hacia el mundo feliz está coexistiendo con el reflorecimiento de la religión musulmana en nuestra Patria.

Notemos cómo el señor Yusuf Fernández pide “el voto musulmán para el PSOE y de rechazo para el PP en todas las elecciones, locales, regionales y nacionales.” (NB: no ya voto para el PSOE sino, además, ¡rechazo para el PP!)

Notemos cómo Mouhannad Almallah Dabas, presunto implicado en el atentado de Atocha, fue militante del PSOE hasta después de consumado éste.

¿No nos da qué pensar todo esto?

Llegados a este punto, otro amable comentarista tiende a relativizar el debate y me dice:

Históricamente hablando, comenta de la izquierda como una base ideológica mezquina, resentida y revanchista. Pero yo eso también lo veo en la derecha, puesto que tanto en este foro como en otros, la mayoría de los mensajes que leo son de odio (y no entro en el tema de si es justificado o no) hacia la izquierda, el ateísmo y el libertarismo. Y se saca a relucir muchos aspectos del pasado como Paracuellos, la II República, el Frente Popular e incluso crímenes de la izquierda en el extranjero, como Stalin o Tito, siendo todo ello condenable y aborrecible. Pero es que en este foro ocurre como en los demás, aplican explicaciones totalmente razonadas y coherentes para justificar el porqué la ideología “contraria” es errónea y “mala” (mezquina). No siento ninguna simpatía por la política, pero la conclusión a la que hasta ahora he llegado es que el problema no está en la ideología en sí misma, sino en quien la profese. Es como condenar a las pistolas que usan los asesinos, en vez de a éstos. Una ideología en sí misma no es ni mal ni buena, todas las ideologías se han elaborado con un fin, y ese fin es el bien. Ahora, eso sí, hacer protagonistas a sentimientos como el odio o característica humanas de personalidad como el revanchismo o la mezquindad, dentro de una ideología, bajo mi punto de vista, es erróneo.
Por otro lado, me gustaría saber qué es para ustedes “lo español” para que sea tan odiado por la izquierda, porque yo hasta la fecha, el único odio a los español que he experimentado ha sido por la izquierda radical simiesca (movimiento PUNK) y por el nacionalismo independentista (derecha e izquierda catalana, vasca, etc.). Si me explican eso de “lo español”, quizás comprenda más la pregunta de “¿por qué la izquierda odia lo español?”. Salud.
 

La justificación de los aconteceres históricos propios y la condena de los ajenos a que se refiere es como dice y es comprensible que sea así. Entra dentro de la naturaleza humana que así sea.

Tampoco pasa nada porque asumamos lo que de condenable tenga nuestra Historia o las acciones que sean merecedoras de tal condena aunque las llevaran a cabo personas o partidos que consideramos próximos a nosotros.

El amor a la Historia de la Patria propia no debe cegar hasta el punto de creernos que todo lo que hemos hecho y hacemos nosotros es bueno y todo lo que hacen o hicieron los otros es malo.

Por supuesto que no. El amor a la Patria no implica esto. La Patria es uno ámbitos en los que se desarrolla y vive el hombre. Como lo es la familia. El amor a la familia de uno no implica la ceguera de pretender que todo lo que hace sea correcto. No. Yo puedo amar a mi padre y, sin embargo, reconocer que puede haber obrado equivocada o incorrectamente en un caso concreto (lo digo a título de imagen.) Una cosa no quita la otra.

Mi comentarista se está refiriendo en su comentario a la justificación de hechos concretos y, efectivamente, en la justificación de esos hechos históricos concretos podemos extendernos hasta lo infinito aportando los unos argumentos favorables y, los otros, argumentando con los contrarios.

Mi argumentación no va por ahí sino que pretende hacer una crítica de la ideología de “izquierda”. O, más que una crítica, intentar comprender por qué la izquierda es así. Y, concretamente, por qué la izquierda española es así.

Como habrá podido darse cuenta quien haya leído todo lo que llevo escrito en torno a este asunto, no estoy de acuerdo con la apreciación de que el problema no está en la ideología en sí misma, sino en quien la profese.

El problema sí está en la ideología. Cuando la base filosófica que sustenta una ideología es contraria al derecho natural, cuando es contraria a la naturaleza del ser humano, como sucede con la ideología marxista, que considera a éste como mero animal únicamente necesitado de necesidades (valga la redundancia) materiales y prescinde de su dimensión espiritual, entonces esa ideología falla en algún punto y el problema sí está en ella.

En ese sentido, la ideología de izquierda, empobrece al ser humano y realidades inherentes al mismo como son la religión o la patria pasan a ser, no ya prescindibles, sino hasta indeseables.

Por eso la izquierda es atea. Por eso es internacionalista. Por eso nos encontramos por ahí infinidad de gente ganada por esta ideología que pueden vivir sin Dios y sin Patria. Por eso hay tanta gente por ahí que va diciendo la necedad esa de que se sienten ciudadanos del mundo sin saber muy bien lo que dicen: usted pone a un burro en la estepa asiática y al burro le da lo mismo que si se lo lleva usted a Cáceres. Pero ¡una persona! Me gustaría ver a estos ciudadanos del mundo, tan cosmopolitas ellos, trasladados de por vida Corea del Norte, pongo por caso.

Parafraseando a José Antonio, cuando decía que nos podemos permitir el lujo de ser liberales porque dos mil años de antiliberalismo nos protejen, estos progres, estos izquierdistas (por otra parte, tan acomodados al bienestar material que ha alcanzado nuestra civilización) pueden permitirse el lujo de ser tan cosmopolitas porque viven en una parte del mundo en la que aún resuenan los ecos la civilización más humana que ha conocido la Historia, aunque ellos, de manera suicida e inconsciente, vayan a acabar de cargársela.

Y pueden vivir sin Dios y sin religión y propugnar una sociedad sin Dios ni religión (situación inédita en la Historia de la Humanidad) porque dos mil años de cristianismo gravitan todavía sobre el mundo en que se mueven y protegen valores de los que ellos mismos se benefician pero que no llegan ni a atisbar.

¡Vaya que si el problema está en la ideología! Se equivoca mi amable comentarista: el problema no está en los practicantes de tal o cual ideología. Al fin y al cabo todos somos humanos y todos, desde la ideología que sea, podemos equivocarnos y podemos obrar mal.

Ni el que el simpatizante de tal o cual ideología obre bien implica que esa ideología sea buena ni lo contrario.

Compara las ideologías con las pistolas. No las pistolas son un instrumento y, como tal, son moralmente indiferentes. Las ideologías son un principio intelectual, doctrinal, espiritual y, como tal, se encuentran en la base de nuestros razonamientos, de nuestros sentimientos, de nuestras acciones.

La pregunta sobre qué es lo español, tiene mucho meollo y sería asunto con entidad bastante como para dedicarle otra entrada. De hecho, ésa es la pregunta clave en torno a la cual se está desarrollando toda la confrontación política que usted ve en nuestros días. Llevamos los españoles doscientos años preguntándonos eso.

Antes de la revolución liberal del siglo xix los españoles no se la hacían y sabían muy bien qué era lo español. Creo que, más o menos, entendían lo español como lo que expresé en la anterior entrada: la continuidad de la civilización hispanorromana a través de los avatares históricos de la dominación visigoda, la invasión musulmana y, más tardíamente, el Cisma protestante.

La izquierda nacida de aquella revolución liberal intenta convencernos de que lo español es otra cosa y, no sólo que sea otra cosa sino, además, que lo español, entendido así, es malo y rechazable.

Y eso es lo que odian. Mi comentarista, como dice, ha podido apreciarlo en la estridencia del movimiento Punk. Pero, créame, subyace en toda la izquierda. Esos movimientos marginales como el punk, lo único que hacen es expresar de manera grosera y cerril el odio sibilino que subyace en toda la izquierda española hacia lo español y que me estoy esforzando en exponer aquí.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

15 marzo, 2007 at 9:45

Publicado en Política

Reflexiones en torno a Dios.

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Reflexiones en torno a Dios

Introducción.

Una de las intenciones que tenía cuando comencé este blog, hace ya más de un año, era reflexionar sobre la evolución de mi pensamiento desde el ateísmo de mi niñez y juventud hasta la aceptación racional, emocional y estética de la existencia de Dios y mi acatamiento a la doctrina que de Él enseña la Santa Iglesia apostólica y romana.

En su primera entrada coloqué, a manera de frontispicio sobre el cual tener la vista fija durante todo su devenir y, también, a manera de explicación sencilla de su objetivo principal, la frase de Publio Siro: Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

La turbación de los tiempos (que diría el conde de Toreno) tanto en el orden político de mi Patria como de mi vida personal, y, también, la dificultad del proyecto que me propongo de explicar con palabras, sin ser yo ni filósofo ni teólogo, han ido haciendo que, entretenido con asuntos menores, haya distraido y retrasado hasta hoy el comienzo de la realización de aquella intención.

Como dije en aquella primera entrada del blog, la transición del ateísmo o de la increencia a la Fe es un proceso complejísimo que infinidad de hombres, desde san Pablo, han recorrido. La figura de san Agustín es luminaria de todos ellos.

Ni soy el primero, ni, gracias a Dios, seré el último de los que caminen esta senda. En su relato querría que mi persona figurara lo menos posible pero, esa misma complejidad implica que, al lado de la reflexión intelectual y de las lecturas que la dirigen, la inquietud personal y la biografía sean ingredientes fundamentales del proceso.

Perdóneseme, pues, el protagonismo que pueda aparecer en estas líneas y entiéndase justificado de esta manera.

En lo que se refiere a las lecturas que acabo de mencionar, no podría, dado lo anárquico que he sido siempre en ellas y mi condición de autodidacta, así como el mucho tiempo que hace que abandoné el hábito de leer, recordar ni citar ahora a todos los autores que incidieron en mi conversión al catolicismo. Espero que el ejercicio que hago ahora de reflexionar sobre ella por escrito me ayude a ir devolviéndolos, si no a todos, a la mayoría de ellos,  a mi memoria.

Antes de seguir adelante sí quiero señalar que, cuando hablo de mi conversión al catolocismo, no debe entenderse que ésta haya sido perfecta ni que esté acabada. Antes bien, está sembrada de faltas, de defectos y de las dudas que cualquier hombre, de cualquier tiempo, tiene, ha tenido y tendrá al enfrentarse a este tema sublime.

También quiero señalar que muy poco hay que justifique la presunción ni lo que de soberbia intelectual implica que, sin ningún mérito por mi parte, me ponga ahora a escribir sobre asunto tan grave. ¿Quién soy yo para hablar sobre lo que personas tan sabias y tan santas han hablado tanto?

Ese poco es el peligro grande que hoy (quizá siempre) acecha a nuestra religión. Quiero entender que cualquier esfuerzo en su defensa es poco. Entiéndanse estas líneas como el grano de arena que quiero aportar para mantener y reforzar el magnífico edificio de la religión católica.

Supongo que en la Iglesia católica siguen exitiendo el Imprimatur y el nihil obstat. Con la aparición de Internet y sus blogs no sé bien cómo se pueden someter, sin que sufra la vivacidad que éstos tienen, a la censura eclesiástica. Quiero protestar, de entrada, aquí que nada de lo que escriba en éste ni en ninguna otra parte quiero ni es mi propósito que contradiga ni en ún átomo, no ya el dogma de la santa Iglesia católica sino, ni siquiera, lo más ínfimo de su magisterio. En este sentido quiero guiarme por la máxima atribuida a san Agustín: In necesari, auctoritas, in dubiis, liertas, et in omnia charitas.

Por lo demás, este comienzo no va a suponer, estoy seguro de ello, ni una constancia, ni una continuidad en su desarrollo, ni éste está sometido a programa previo. Las ocupaciones prosaicas y cotidianas, las turbulencias del alma y los acontecimientos de la actualidad, le quitarán tiempo e inspiración suficientes e irán dilatando, retrasando y entreteniendo esta reflexión mía sobre Dios y esta confesión de mi particular experiencia de Él.

Que Él me ayude a coronar, si no con éxito, al menos con dignidad, esta intención.

***

    El Hombre moderno empobrece su conocimiento, lo reduce al conocimiento físico del Universo y se hace la ilusión de que, con ello, conoce el Todo y, lo que no conoce, lo desprecia por no ser susceptible de conocimiento.  

 

La idea de Dios se halla en el fondo de cualquier reflexión humana.

La reflexión filosófica que busca el conocimiento del mundo que nos rodea; la reflexión estética que nos conduce a la idea de la “belleza”; la reflexión sobre el ser humano, nos conducen, inevitablemente, al concepto de lo absoluto que llamamos Dios.

El error fundamental del hombre moderno que niega o prescinde de la idea de Dios se relaciona con el enorme avance que tuvieron las antes llamadas “ciencias de la Naturaleza” entre los siglos XVII y XX.

Antes de esa etapa de la revolución científica, el hombre era consciente de que el conocimiento físico del mundo era sólo una parte del conocimiento del “todo”, de lo que, en Filosofía, se llama “el Ser”, es decir, de todo lo que existe.

Se daba cuenta, de sobra, de que en ninguna parte está escrito que la razón humana pueda llegar a comprender, a aprehender ni a explicar esa totalidad del Ser universal y, así, frente a la inmensidad del conocimiento que se abría ante él, distinguía muy bien entre lo que era ese “conocimiento físico” del mundo que le rodeaba de manera inmediata y aquel otro conocimiento que, intuía, no podía llegar a explicar con su razón.

Dicho de otra forma: concedía al estudio de las “ciencias naturales” el justo valor que le correspondía. Las “ciencias de la Naturaleza” nos explican cómo funciona el universo que vemos pero no nos dicen nada, ni lo pretenden, del resto de las eternas preguntas que siempre se ha hecho el hombre: ¿qué es el Ser? ¿por qué existe el Ser? ¿para qué existe el Ser?

La revolución científica que comenzó Newton con la Teoría de la Gravitación universal; que siguió con la Teoría atómica de Dalton y Lavoisier; con la Teoría celular de Schleiden y Schwann, y que se detuvo ante las Teorías de la Relatividad de Einstein y cuántica de Plank, acompañada del inmenso acúmulo de conocimientos fácticos y del apabullante desarrollo tecnológico que dura hasta nuestros días han hecho caer al Hombre en el error de confundir ese Universo físico con la totalidad del Ser y, sobre ello, de caer en la presunción ingenua de creerse capaz de actuar sobre él y dominarlo en beneficio propio, entendiendo como beneficio propio su mero bienestar material.

La ciencia, los verdaderos científicos lo saben muy bien, ni explica ni intenta explicar otra cosa que no sea el mecanismo por el cual funciona el Universo que vemos. El “cómo” funciona. Pero ni puede afirmar que la totalidad del Ser acabe en lo que es accesible a la razón humana, ni puede dar respuesta al resto de eternas preguntas que el Hombre se hace, desde que tiene uso de razón: los ¿Qué? ¿Por qué? ¿Para qué? permanecen tan inexplicados por la Filosofía como en los tiempos de Heráclito y sólo el conocimiento del ¿Cómo? ha avanzado prodigiosamente en los últimos siglos.

Notemos, de paso, que, si bien todo conocimiento satisface la curiosidad humana y su ansia del mismo, el conocimiento del cómo, pertenece a un orden de conocimiento inferior al de los otros conocimientos que he apuntado antes.

Por eso, en la Filosofía clásica, la “Filosofía natural”, las “ciencias de la Naturaleza” ocupaban un escalón por debajo al del resto de conocimientos.

Por expresarlo con una imagen: si el Todo fuera un reloj y alguien que sólo tuviera noción de la existencia de ese reloj reflexionara sobre el mismo, podríamos comparar el empobrecimiento que el hombre moderno ha hecho de la Filosofía, del conocimiento, a la satisfacción que tendría dicho observador una vez hubiera conocido hasta el más mínimo detalle todas y cada una de sus piezas, las relaciones entre ellas y cómo las unas modifican el estado de las otras, creyendo que el reloj se explica en sí mismo y en su funcionamiento pero permaneciendo del todo ignorante a la existencia de cosas como el Tiempo, de seres que quieren medirlo y que fabrican dicho reloj para conseguirlo.

En resumen: el hombre moderno puede vivir y vive prescindiendo de la idea de Dios.

Esto ha sucedido, seguramente, siempre. Siempre ha habido personas a las que éste tema no haya preocupado. Lo que he querido señalar con las líneas que anteceden es que, antes de la revolución científica, esas personas se vivían en un mundo en el que sí existía la reflexión sobre Dios.

Hoy, esas personas se abandonan al espejismo de la omnisciencia científica (valga la redundancia) y, con ella, creen explicado lo que ni la propia Ciencia pretende explicar.

Es decir: antes, el hombre conocía la existencia de un ámbito inmenso del conocimiento que era inaccesible a la medida (el hecho fundamental de la ciencia es la medición). Hoy lo desconoce. Y presume de desconocerlo. Hoy, confiado supersticiosamente en el inmenso avance de la Ciencia, hace alarde de despreciar todo aquello que queda fura del ámbito de ésta.

O, mejor dicho; no hace alarde: ignora de manera supina. Si hace alarde de algo es de esa ignorancia. Y, desde esa atalaya de ignorancia supina nos dice, a los que, al menos, atisbamos el problema que somos nosostros los ignorantes y los supersticiosos.

El hombre moderno empobrece su conocimiento porque antes, al menos, el ser que no se preocuba de estas cosas, admitía la reflexión que sobre ellas hacían la Filosofía y la Teología. El de hoy no va más allá del conocimiento científico.

Esta concepción del conocimiento científico del Universo por el hombre vulgar es superstición.

 

 

 
 
Dios Creador
 

NOTA: La colección de imágenes a la que pertenece ésta pueden verse en mi nuevo blog fotográfico.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

8 marzo, 2007 at 18:29

Publicado en Religión

La Coca-Cola.

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Se dice que la Coca-Cola, cuya fórmula, como todo el mundo sabe, es un escrupuloso secreto industrial, no es sino una modificación de la tradicional bebida española conocida como "zarzaparrilla".

El devenir de los tiempos y la simpleza intelectual de la izquierda hizo que esta bebida, como digo, de probable ancestro hispano, llegara a identificarse con el imperialismo yankee y, por ende, ha suscitado y suscita el rechazo de la progesía militante.

Aun recuerdo como, siendo yo niño, mi padre, q.e.p.d., rojo declarado en los tiempos de la oprobiosa dictadura del General Franco, aunque, en el fondo bellísima persona (que, muchas veces, una cosa no quita a la otra), me decía: "hijo, cada Coca-Cola que te bebes es un vietnamita que matan los americanos."

En aquellos tiempos aún duraba la guerra del Vietnam, era uno de los referentes preferidos por los rojos de entonces y a mí me parecía una guerra eterna, pues perduraba desde lo más remoto a lo que mi memoria infantil podía remontarse y, por la monotonía con la que se repetían las noticias sobre la misma, un día sí y otro también, me parecía que iba a durar para siempre.

Hasta hace unos meses, años quizá, parecía que la inquina ésta contra la Coca-Cola se había mitigado un tanto (un tanto bastante, si se me permite la hipérbole vulgar). En el mundo plácido y anodino en el que vivíamos antes del atentado terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York y de la llegada de Zapatero a la presidencia del Gobierno español, parecía como si a la gente de la izquierda española hubiera dejado de preocuparle lo que bebía o dejaba de beber el prójimo y como si la vieja inquina contra la Coca-Cola hubiera desparecido de sus mentes.

La conmoción que causó aquel atentado, sin embargo, cambió el rumbo de las cosas y pudimos ver cómo  la vieja antipatía renació, en principio, a manos musulmánicas que intentaron lanzar (no sé si sigue en el mercado) una Coca-Cola musulmana cuyo nombre no recuerdo ahora con precisión, pero que se llamaba Meca-Cola o algo así.

Pues bien, hace unos días me sorprendió (y mira que va siendo difícil que me sorprenda ya nada), en el diario electrónico e-noticies, la noticia de cómo el catalanismo de izquierda rescataba esta olvidada bandera y creaba una Coca-Cola autóctona llamada Cola-Lliure.

Basta ver el nombre de la tal cola para que nos podamos dar cuenta, sin necesidad de explicarlo pormenorizamente de cómo su creación se inscribe en la línea de pensamiento rojo-progre-musulmánico y, ahora, también, catalanista, que vengo diciendo.

Es la enésima vuelta a mezclar las churras con las merinas y a confundir la catalanidad con las memeces de la izquierda.

Su distribuidor, el señor Ramón Carner, dice la reseña de e-noticies, quiere llevar su producto a Madrid “porque allí hay muchos catalanes.”

Personalmente, raramente tomo Coca-Cola aunque, de vez en cuando, puede apetecerme prescindir durante la comida del vino tinto o de la cerveza y aplicarme a ella. A estas horas de la noche soy, sin duda, declarado partidario del JB con hielo. En cualquier caso, quiero decir, ni soy un fanático de la Coca-Cola ni tengo ninguna animadversión contra ella. Cuando me apetece una la pido y me la bebo y, fuera de aquel recuerdo de la infancia que antes relaté, no hago mayores reflexiones sobre el asunto.

Tampoco quiero hacer cuestión de que nadie intente lanzar al mercado bebidas de cola con la marca que le dé la gana y ganar dinero con ello.

A lo que voy es que me parece ridículo o triste o ambas cosas, aún justificándolo con la disculpa del marketing, el encasquetarle al producto el nombre de Cola-Lliure o el justificar la necesidad de su existencia por la existencia de catalanes en el mundo. Nuestra izquierda autóctona, empero, entre otras muchas carencias, adolece de la del sentido del ridículo hasta el punto de que, una vez hecho su sitio la Cola-Lliure en las estanterías de los supermercados y en los refrigeradores de las cafeterías para regocijo de los paladares catalanes, no sería sorprendente que nos desayunáramos uno de estos días con una Zapatero-Cola, que estimulara las infinitas ansias de paz en quien la consume. ¿Inverosímil? Recordemos lo de "Montilla, ¡qué maravilla!" "Montilla l’aliment que necesita Catalunya," con la musiquilla del anuncio de Nocilla, en la campaña electoral de las pasadas elecciones catalanas.

La noticia ésta me ha recordado que, hace unos meses, en Madrid, en una plazuela situada entre la Gran Vía y la Plaza de Isabel II, encontré un restaurante tarraconenense donde servían calçots.

Los calçots son manjar indubitablemente catalán que me enloquece y que lamentaría no poder volver a degustar antes de morir. Como, por otra parte, dudo de que yo pueda volver algún día a Cataluña por miedo, no miedo físico, sino miedo moral, a que la diferencia idiomática y el envenenamiento sobrevenido a la vida política española en los últimos años, dé inicio a ningún roce entre hermanos, celebré el haber encontrado este rincón de Cataluña, cuyo nombre lamento no recordar ahora, en el centro de Madrid y poder volver a gustar en él de la delicia del’s calçots sin esos miedos.

Perdóneseme la divagación. El humanitario deseo del señor Carner de que los catalanes desterrados en la árida meseta no quedaran privados de su Cola-Lliure me trajo a la memoria este rincón catalano-madrileño donde, sin tanto aspaviento misantrópico, se sirven calçots a todo el que de ellos guste. Al fin y al cabo, la Coca-Cola puede encontrarse en todas partes. Los calçots no son tan fáciles de encontrar fuera de Cataluña.

P.D.: Publicado este escrito hace unos días en mi blog, Conceptos esparcidos, de Libertad Digital, mi querido conmilitón de allí, Telesfor, me apunta que el restaurante al que me refiero pudiera ser La Huerta de Lleida, situado en la Cuesta de Santo Domingo, 16. Efectivamente, ése es y quede aquí constancia de mi gratitud a Telesfor por la reseña y de mi evidente equivocación al considerar tarraconense un restaurante, a todas luces, ilerdense.

 

La Huerta de Lleida.

Puede leerse aquí la entrada a la que me refiero de e-noticies.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

5 marzo, 2007 at 18:37

Publicado en Política