Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

La expulsión de los moriscos.

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La expulsión de los moriscos
 

No pretendo apuntar con las palabras que siguen ninguna hipótesis ni, mucho menos, sentar una tesis. Pretendo sólo hacer pública una reflexión que me ronda por la cabeza desde hace tiempo y que nunca me había atrevido ni a medio estructurar ni a dar forma.

Sin embargo, la noticia que leo hoy en Libertad Digital, nada más levantarme, sobre la petición que hace la Junta Islámica, por boca de su portavoz, señor Yusuf Fernández, "del voto para el PSOE y de rechazo para el PP en todas las elecciones, locales, regionales y nacionales" me anima a hacerlo.

El ser humano se diferencia de los animales en que intenta buscar explicación a las realidades que contempla en el Universo que le rodea. Y esta explicación de los hechos la hace a través de la causalidad, es decir atribuyendo a los mismos una causa.

Pues bien: una de estas realidades que puede ver cualquiera que reflexione mínimamente sobre la España de los últimos doscientos años es cómo existe un gradiente en la tendencia del voto conforme nos desplazamos del norte al sur. O, mejor dicho, más que una tendencia, podemos observar cómo, a medida que nos desplazamos hacia el sur, lo que encontramos es, más bien, una "incrustación" del voto de izquierda inasequible ni al desánimo ni al desaliento, ni a la vacilación ni a la más mínima duda. Más que una tendencia de voto diríase que es una religión.

En la España septentrional el voto es tradicionalmente de "derecha" (incluyo, claro, a las derechas nacionalistas) mientras que en la meridional domina, de esa manera pertinaz, el voto  a los partidos de izquierda.

¿Por qué?

¿Por qué, Andalucía, milenario solar de Tartessos; tierra de Trajano, de Adriano, de Séneca, de san Isidoro, lleva décadas de sometimiento embrutecido al clientelismo político de un sátrapa socialista cuyo principal referente histórico es un mediocre Blas Infante?

¿Por qué no podemos, en el fondo, dejar de comprender la razón de los catalanes cuando nos muestran su hartura por mantener, década tras década, la existencia clientelista de estas tierras meridionales? De las actuales Extremadura y Castilla la Nueva aún se podría entender, dado su carácter interior, alejado del mar, tardíamente incorporadas a la cultura clásica del mundo mediterráneo; pero, ¿de Andalucía? ¿de una de las regiones más dinámicas y ricas de la Antigüedad, abierta a dos mares y tierra de paso entre dos continentes?

Tenemos que introducir aquí dos factores que influyen en el asunto para comprenderlo.

De un lado la reflexión sobre ¿qué es la izquierda? Por otro, los ochocientos años de dominación de la Península Ibérica por los musulmanes.

La necesidad de la existencia de la izquierda en la sociedad es algo indiscutible seguramente desde bastante antes de que, en la República romana, los plebeyos consiguieran, de los patricios, la creación del tribunado de la plebe. Nadie en su sano juicio discute dicha necesidad. Nadie discute que en, cualquier sociedad, hay seres más desfavorecidos y seres más afortunados y que todos deben tener la representación política que vele por  los legítimos intereses de todos. Digo esto en una época en la que la hipertrofia de la clase media y la igualdad de oportunidades deja fuera de lugar  y lleva al terreno del ridículo la mención de tal división de la sociedad en una clase poderosa y otra menestral, pero lo digo a título de ilustración histórica y, también porque injusticia habrá siempre en el mundo y siempre habrá poderosos y débiles. Además, hoy, el motor que mueve nuestra forma de vida, el capital, debe de tener su justo contrapeso. En ese sentido, podemos admitir la imagen de una "derecha" que defienda lo bueno de ese capitalismo y una "izquierda" que lime sus excesos.

Por otro lado, una nación es el compendio del recuerdo que le dejaron las generaciones que la forjaron y de la promesa que en el horizonte dibujan las que han de venir. Las generaciones vivas actuales, en esa imagen, son el puente entre unas y otras y tienen la obligación de salvaguardar aquel recuerdo que reciben para transmitirlo a las generaciones que la sucederán.  Ni pueden dilapidarlo a su antojo ni pueden consagrarlo como inamovible. En esta otra imagen, la "derecha" sería la parte de la sociedad que tiende con más celo a dicha conservación y la "izquierda" aquella otra parte que se ocupa de pulir la tradición para adaptarla a las necesidades de la vida moderna.

Ésta sería la teoría. Bonita teoría con la que sociedad funcionaría como entendemos la gente de a pie que debe funcionar.

Tiene, sin embargo, el defecto de que no se corresponde con la realidad que vemos en España.

La realidad que vemos es la de una izquierda cerril, antediluviana y marrullera. Una izquierda que sigue anclada en las actitudes de la ideología más perversa que ha conocido la Humanidad, la marxista-socialista, cuando no en esa mismísima ideología. Una izquierda que va, no a templar y acomodar las tradiciones en la forma a que antes me refería, sino a cargárselas lisa y llanamente porque las odia. Una izquierda que intenta meterse en todos los ámbitos de la sociedad y de la vida del individuo para dirigirlos, rompiendo la, quizá, principal de nuestras tradiciones, la de la libertad individual. Una izquierda que mina la base del sistema político en el que nos movemos, la democracia parlamentaria, monopolizando los medios de comunicación de masas, evitando cualquier debate serio sobre los asuntos sobre los que se va debe pronunciar el electorado, haciendo mangas y capirotes de la separación de poderes, deteniendo policialmente a ciudadanos que se manifiestan por el mero hecho de hacerlo en una manifestación convocada por la "derecha"… La izquierda, en fin de Rebelión en la Granja y de 1984 de Orwell.

Una izquierda que, en Venezuela, está, en estos mismísimos momentos, dando un Golpe de Estado desde el poder.

Una izquierda que, en España, ha sacado, de la manera miserable que todos estamos viendo, el espantajo de la Guerra Civil y de la Dictadura del General Franco para resucitar el odio. Para exigirnos que pidamos perdón por aquello personas que ni siquiera vivíamos en aquellos tiempos y que, al mismo tiempo, no tiene ningún empacho en seguir exhibiendo la hoz y el martillo, símbolos de la dictadura más atroz que haya conocido la Humanidad y por la que, por supuesto, a ellos ni se les ocurre pedir perdón por haber comulgado con ella.

Ni por seguir comulgando, porque, puestos a condenar dictaduras sangrientas, ahí tienen a la de Castro en Cuba, viva y coleando. Y, puestos a velar por la Democracia, ahí tienen a Chaves, en Venezuela, al que antes me refería, para que le den un toque. Ni van a condenar a uno ni nos van a advertir del peligro del otro. Bastante trabajo tienen ellos en casa purgando "franquistas".

Vemos, pues, que aquella visión sensata de la izquierda (al menos de la española) es irreal e idílica. Nuestra izquierda, entendámoslo de una vez, no es el adversario noble que cumple su papel en el desenvolvimiento de la vida política.

El motor que la mueve, el principio filosófico sobre el que se funda, no es el afán de justicia social como proclama. Antes bien, la base inconsciente sobre la que se fundamenta es un sentimiento de rencor atávico frente no se sabe muy bien qué.

Con todas las excepciones que se quiera (todos hemos sido de izquierda en nuestra juventud) pues el discurso facilón que utiliza como coartada hace que muchos ingenuos se proclamen, de buena fe, izquierdistas, la persona de izquierda a la que me estoy refiriendo, en el fondo, se siente, personalmente, víctima de una injusticia milenaria y contempla a los demás, a la "derecha". como encarnación viva de milenios de injusticia. Y esto vale tanto para los elegidos como para los electores.

Es por eso por lo que la discusión con ellos es imposible. Es por eso por lo que, aunque se les enfrente a los mil errores, a las mil contradicciones, a los mil atropellos y a las mil villanías que cometen, en el fondo se sentirán justificados porque ellos son las víctimas y nosotros los verdugos.

Me voy alargando y no voy a entrar aquí a reflexionar sobre el hecho de que tal forma de ser entraña un espíritu pobre y mezquino. Quizá lo deje para otro día.

Quiero, sí, enlazar con lo que decía al principio de este escrito:

¿Por qué, en España, cuanto más hacia el sur nos movemos con mayor claridad y más incarcerda vemos esa actitud?

La Reconquista de la España musulmana por parte de los herederos de la España romana siguió el mismo sentido. La dominación musulmana perduró en nuestra península tanto más cuanto más meridional sea el territorio que consideremos.

En las montañas del norte, en Navarra, en Cataluña apenas llegó a cuajar. En Castilla la Vieja y Aragón, ya hacia el siglo XII, cruzados el Duero y el Ebro, había vuelto a dominar en ellas la civilización hispanorromana.

Más hacia el sur, tuvimos que esperar hasta el siglo XV para la derrota militar de la civilización musulmana y hasta el XVII (anteayer, como quien dice) para que se consumara la expulsión de los moriscos. Expulsión mediante las que muchos, efectivamente, cruzaron al África de manera que quedó el mundo repartido en la forma que existía cuando nosotros nacimos, con la civilización cristianorromana al norte del Mediterráneo y la musulmana al sur.

No obstante, es seguro que muchos de estos moriscos y su descendencia quedaron en España adoptando su religión y sus costumbres pero ¿hasta qué punto no conservaron en su inconsciente un rencor a la civilización que había vencido a la de sus antepasados? ¿Hasta qué punto, compatriotas nuestros, no llevan grabado en su alma este recuerdo de manera inconsciente? Y ¿hasta qué punto ese rencor no se identifica con aquél al que me refería antes?

Es sólo, ya digo, una reflexión. Pero ¿hasta qué punto no se puede explicar de esta forma ese odio irracional que la izquierda española siente hacia todo lo que huela español? Odio, que, por otra parte, no vemos en la izquierda de otras naciones?

Viviendo como vivíamos hasta hace poco en la inopia de una nación de cultura uniforme (que no se me enfaden mis amigos catalanes porque las diferencias que nos separan a los españoles son tortas y pan "pringao" con ésta de la que me voy ocupando ahora) nos parecía que la expresión "cristiano viejo"era sólo muestra de la arrogancia y de la soberbia de nuestros antepasados. Empiezo a pensar, sin embargo, que algo de esto debía de haber y que, quizá, aquella diferencia entre cristianos viejos y nuevos acabó cristalizando, con el advenimiento del parlamentarismo, en "derechas" e "izquierdas" conservando aquéllas el orgullo de su pasado cristianorromano y éstas el rencor soterrado del perdedor.

Tal explicación, sin que pretenda ser exahustiva (y, ni siquiera, acertada) ayudaría, sin embargo, a comprender el hecho de que, hoy, el señor Yusuf Fernández pida, no ya el voto para el PSOE, sino, sobre ello, el rechazo hacia el PP.

 

La Expulsión en el Puerto de Denia. Pintura de Vicente Mestre.

Puede leerse aquí la noticia completa sobre el artículo del señor Yusuf Fernández.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

23 febrero, 2007 a 16:08

Publicado en Política

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