Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

A mis queridos amigos ecano y Preto, de Libertad Digital.

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A mis queridos amigos ecano y Preto, de Libertad Digital.
 

Mis queridos amigos ecano y Petro:

de estos blogs de Libertad Digital pueden cantarse muchas alabanzas pero ni el más benigno y complaciente de sus simpatizantes podrá decir, sin faltar a la verdad, que su utilización sea fácil ni manejable; eso que los anglosajones llaman friendly. Antes bien, es engorrosa hasta la desesperación y haría bien el encargado de ellos de hacer mas friendly su interfaz.

Digo esto porque me es imposible leer los interesantes comentarios que hacéis a mi entrada de hace unas horas, España, antes rota que roja, de otra forma que no sea editando el blog, ni contestaros a ellos por la vía lógica y natural que sería añadir un nuevo comentario que respondiera a los que habéis tenido la amabilidad de hacerme. Es por esa razón por la que utilizo una nueva entrada para ni tener la descortesía de dejar de responderos, ni de puntualizar las observaciones, muy apreciables, muy dignas y muy comprensibles, que me hacéis.

Dejemos aquí el preámbulo que explica esta entrada y pasemos a la substancia que es, repito, responder a vuestras leales observaciones.

Hará como diez años que comencé la digitalización de las Obras Completas de José Antonio a partir de un viejo tomo en rústica que había, desvencijado y desencuadernado, en la biblioteca paterna de mi casa. Acabé dicha digitalización, con la correspondiente corrección, hará como tres o cuatro años. Ni que decir tiene que, tras dicha digitalización, el tomo acabó más desencuadernado de lo que estaba. Pero, para mí, sigue siendo una joya. Es, repito, de mala encuadernación rústica, el papel malísimo, como correspondía a los años cincuenta en los que lo editó la Sección Femenina de la Falange. No recuerdo, mi querido ecano, haber encontrado esa frase que atribuyes a José Antonio ni en el proceso de digitalización ni en el de corrección. Mi memoria flaquea con los años y no digo que no fuera él el que pronunció dicha frase. Sólo digo que no recuerdo haberla leído en sus escritos.

Y, te diría más: me sorprendería que dicha frase hubiera salido de los labios de José Antonio a no ser que fuera en un momento de calentamiento dialéctico, raro, por otra parte, en persona tan templada, o en algún contexto especial que la matizara.

Que José Antonio anhelaba la unidad de España es algo indudable. Él mismo nos explica lo que entendía en su concepción de ella como unidad de destino en lo universal, frase que tanta gracia les hace a los rojos y que tanto vilipendian sin tener ni idea de lo que José Antonio quería decir con ello.

Que José Antonio, a trueque de tener asegurada la unidad política de España, le diera lo mismo que esa España se tuviera que hacer roja es más que dudoso. José Antonio no dejó la profesión de abogado que amaba para lanzarse al camino de la política (que le llevó al martirio) porque España estuviera en riesgo de fragmentarse en fragmentos conscientes y orgullosos de su historia y su pasado. No. José Antonio se lanzó a la arena política porque comprendió el intento de la izquierda radical de cargarse el concepto esencial de España. Intento semejante a los que había ensayado mil veces durante el siglo XIX. Intento semejante al que, estupefactos, vemos otra vez repetido en nuestros días.

El Caudillo, por su parte, nos dejó dicho en su Testamento Político: "Mantened la unidad de España exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria".

Hoy ni José Antonio ni el Caudillo están para decirnos cuál sería su visión de la España actual. Contamos, sin embargo, con la instrucción de José Antonio (ésta sí la tengo grabada a fuego en mi memoria) en la que se refiere a que, sin programa, (sin maximalismos ni enrocamientos, digo yo), sólo el verdadero amor a España nos dictará, en cada momento, la dirección en la que debemos mirar.

Y, mirando en esa dirección, no podemos ver sino un mundo convulsionado; un torbellino que engulle lo mejor y lo peor de nuestro pasado en aras de un mundo disneylándico que entontece a Zapatero; un torbellino que ni en sus mejores sueños destructivos hubiera podido imaginar la izquierda rencorosa y destructora que no hubiera necesitado, hace tres años, de torbellino alguno pues con un río revuelto se hubiera dado con un canto en los dientes.

Vemos (o queremos ver), por otra parte, en los nacionalismos más beligerantes, signos de hermandad. Nos decimos: si un nacionalista vasco ama a las Vascongadas o un nacionalista catalán, ama a Cataluña, si es consecuente, profundizando en su amor a su patria chica, no podrá menos que encontarse, antes o después, con España.

Todo esto quería hilvanar en mi anterior entarda en estos blogs.

El problema de la unidad de España no existe.

España existe y va a seguir existiendo en lo espiritual.

Otra cosa es el problema de su unidad política.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

19 enero, 2007 a 21:13

Publicado en Política

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