Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

España ¡Antes rota que roja!

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Parece ser que alguien de la Falange Española pronunció alguna vez el eslogan “España, antes roja que rota”. No he podido comprobar la cita, pero creo que este camarada se equivocó. Recientemente, Federico Jiménez Losantos la ha parafraseado en el sentido de “España, ni rota, ni roja”. Con los extremos a los que estamos llegando me pregunto, ¿es esto posible? ¿es posible la España liberal que nació con la Constitución de Cádiz? ¿es posible que la realidad espiritual de España siga, en nuestros días, realizándose en una unidad política como la que conocemos?

Sería, sin duda, lo deseable
—o, si no lo deseable, lo cómodo— y en este sentido ha reflexionado sabiamente el episcopado español en su reciente Instrucción Pastoral titulada “Orientaciones morales ante la situación actual de España”.

Nos encontramos, sin embargo, ante dos grandes problemas que dificultan dicha permanencia:

Por un lado, los pueblos distintos del castellano que integran e integrarán siempre, en el plano espiritual, nuestra nación, sienten (y, hasta cierto punto, lo sienten de manera justificada) que sus culturas tradicionales están muriendo a manos de la castellana, más fuerte y pujante. Podrán expresarlo con mayor o menor virulencia; con mayor o menor racionalidad, y de manera mejor o peor argumentada, pero, en el fondo, este temor está justificado y tiene su fundamento.

Es evidente que la forma con que lo expresan, siempre por los partidos más extremistas, pero, también, muchas veces, por los nacionalismos más moderados, es una falsedad histórica. Castilla, lo que ellos llaman “España”, ni es ni ha sido nunca ese ave de rapiña que les viene expoliando desde hace siglos, que les ha conquistado, que ha asesinado a sus hijos y que, literalmente, “les odia”.

Sí: uno de los últimos argumentos que estoy viendo proliferar en Cataluña es el asunto este del “odio” que España siente por Cataluña. Y lo malo es que, de verdad, muchas personas, en Cataluña, creen que España la odia.

El predominio de lo castellano en España no fue fruto de ni de conquistas ni de expolios. Se inscribe dentro de la historia del paso de la Edad Moderna a la Contemporánea (permitid que utilice la cándida clasificación de las edades históricas que nos enseñaron en nuestra niñez). Es decir, pertenece al proceso por el que la Modernidad acabó con el Régimen Tradicional llevándose tantas cosas por delante. La Modernidad y su manifestación política, el Liberalismo, vienen pretendiendo, desde hace doscientos años, crear un mundo mejor e, indudablemente, en el plano del bienestar material lo ha conseguido. Para ello se ha valido, entre otras cosas, de procedimientos uniformizadores argumentando la bondad de esa uniformidad con argumentos utilitarios, técnicos y científicos. Tal fue
—por poner un ejemplo “aséptico”— la introducción del Sistema Métrico Decimal que, por cierto, la sabiduría de los ingleses nunca admitió. Tal fue, en el caso que nos ocupa, el intento de uniformizar a los pueblos de España bajo unas mismas leyes y bajo una misma lengua. Uniformización que ya venía produciéndose de manera natural por la mera naturaleza de las cosas pero que, no cabe duda, se forzó durante los siglos de triunfo del Liberalismo.

No estoy diciendo que esto sea en todo malo. Estoy diciendo que la Modernidad, con su simple concepción material del mundo, olvidó lo que aprovechable y bueno tenía el Antiguo Régimen y, con su convicción soberbia de que las desgracias del ser humano venían del embrutecimiento al que la religión y la esclavitud a la que la monarquía tradicional habían reducido a éste, arrambló con todo.

Con ésta y con la no menos soberbia convicción de que destruyendo a ese Antiguo Régimen y caminando por la senda del conocimiento científico, del desarrollo tecnológico, de la libertad política entendida a su manera y de la libertad religiosa, también entendida a su manera, despreció lo que de bueno tenía aquel Antiguo Régimen y nada aprovechable quiso conservar de él.

***

El segundo problema que se le plantea a la unidad política de España y que envenena la situación hasta límites intolerables es la utilización que la izquierda española hace de ello. A la izquierda, hija espuria del Liberalismo, se le dan un ardite las tradiciones vascas, el idioma catalán o el huso horario gallego. Perversión del Liberalismo, esta izquierda marxista, ha transformado la crítica ciega que ese Liberalismo hace de la Tradición por un odio irracional, visceral, hacia todo lo que la recuerde.

Ahora bien, como no cabe duda de que España existe en lo espiritual ni de que parte esencial de ese espíritu español se forjó durante los años del Antiguo Régimen, el rechazo irracional de esa izquierda hacia tal régimen se manifiesta, de manera inconsciente, en el odio visceral a la España que ellos llaman carca y cavernícola.

De ahí que no les importe aliarse con el mismísimo diablo en su labor de que de esa España no quede ni el más mínimo recuerdo. De ahí su interés porque no la reconozca, tras su paso por el gobierno, ni la madre que la parió (dijo Alfonso Guerra). De ahí que hayan sacado adelante un Estatuto para Cataluña que los catalanes no quieren. De ahí que se estén inventando Estatutos para otra Autonomías cuya necesidad, en la inopia en la que vivíamos antes del advenimiento de Zapatero, nadie había sentido. De ahí su flirteo con la izquierda comunista radical vasca, catalana y gallega.

Esta utilización partidista por parte de la izquierda del grave y real problema de la unidad política de España dificulta y, hasta diría que imposibilita, su solución (si es que cabe solución). Pues, una plausible descomposición de dicha unidad política, se llevaría por delante, no sólo la unidad de España, sino, a la vez, los mismos principios que inspiran el sentimiento nacionalista noble que nos reprocha a los “españoles” la jactancia de no ser capaces de entender nada distinto de una España uniforme.

José Antonio
, riéndose de la engañifas de los programas electorales, dijo una vez que ellos no tenían programa. Que su único programa era el amor a España y que, con ese programa, el buen juicio habría de dictar, en cada momento, la línea a seguir, dejando de lado intereses mezquinos y con el único horizonte de ese amor a España.

Durante los años que duró la Transición creímos de buena fe que los odios que un día separaron a los españoles habían quedado superados por un ejercicio de buena voluntad y de entendimiento con la izquierda.

Creímos que a esa izquierda la animaba el mismo sentimiento de reconciliación y, con las diferencias aceptables en el sistema político que hoy domina la antigua civilización cristiana, la creímos adversario leal.

Hoy, con la llegada de Zapatero y sus secuaces (y secuazas, que diría la sra. de Felipe González) al poder gubernamental, vemos cuánto nos equivocamos. Vemos cómo siguen en lo mismo y vemos cómo están engañando a tirios, intentando engañar a troyanos y utilizando de manera vil el problema de la unidad de España. Cómo, entre mil argucias más, utilizan sin escrúpulo la dificultad de la integración de los pueblos españoles en el todo que todos intuimos para destruir la esencia de todos y cada uno de esos pueblos.

La intuición a la que apelaba José Antonio nos dice hoy que, sean cuales sean las diferencias que separan a los pueblos españoles, nos enfrentamos a un enemigo mayor que gravita sobre ellas.

El intentar, en nuestros días, mantener la unidad de España aún a costa de que este intento sea aprovechado por la izquierda atea y rencorosa para realizar la España falsa que se ha inventado (una España a la que no reconocerá ni la madre que la parió) es hacer el juego a la retahíla de progres, izquierdosos y demás gentuza, capitaneada por Zapatero.

Ahora bien: si la España que hemos heredado, la España que conocemos, se rompe, esa izquierda mezquina perderá una de sus armas fundamentales para mantenerse en el poder. Entonces, los pueblos que surjan de tal destrucción, enfrentados a sí mismos, verán lo inmundo de la manipulación que del concepto de España ha hecho la izquierda pues a ellos tampoco los va a reconocer ni la madre que los parió.

Y la España eterna permanecerá en sus partes rotas porque, esas partes, antes o después, se darán cuenta de que, para ser rojas, lo mismo les da seguir como están. Y, entonces, quizá, de esas partes, pueda resurgir otra unidad política que, indudablemente, no será como la que conocemos pero que, al menos, se habrá librado de la carcoma que la mina.

Vínculo:

Orientaciones morales ante la situación actual de España. Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

18 enero, 2007 a 21:26

Publicado en Política

4 comentarios

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  1. El predominio de lo castellano en España no fue fruto de ni de conquistas ni de expolios. esta frase es completamente falsa y una burda manipulacion de la Historia para justificar que la castellanizacion de la Peninsula ni es mala ni es premeditada. Se lo justifico con las palabras de Felipe V: imponemos las leyes castellanas en el Reino de Valencia “POR JUSTO DERECHO DE CONQUISTA”. (1707) Años despues las actas del ayuntamiento de Valencia que, desde hace siglos se hacian en valenciano pasan a hacerse integramente en castellano y nunca se vuelve a cambiar mientras aumenta la llegada de burocratas castellanos a la administracion valenciana o arzobispos no valencianos como Mayoral castellanizan los apellidos valencianos y catalanes sin ningun rubor. Nunca se pregunta a la poblacion, se le impone y ya está. En la huerta alicantina la presencia del castellano es testimonial en 1900 y hoy en dia el que es testimonial es el valenciano. ¿Por que casi todas las repoblaciones debido a pestes en la Edad Moderna y Contemporanea se hacen con gentes provenientes de Castilla y no al reves? No me cuente que detras de todas estas actuaciones y otras muchas no hay un plan premeditado de castellanizacion de España, sobre todo de los territorios “no afectos” Mirese el mapa liberal que divide a ESpaña en la “españa autentica”, castilla, la “foral” euskadi-navarra y la “asimilada” asi, si, asimilada, busque en el diccionario lo que quiere decir, que somos los territorios de las 4 barras. Ya esta bien de hacernos comulgar con ruedas de molino, por favor. Como dijo un castellanista mas acerrimo que Bravo o Padilla, Olivares, “tenemos a los valencianos como más muelles de Castilla”.

    Bigaro

    22 febrero, 2013 at 19:16

  2. El amor que nos profesa Espanya nos embarga literalmente el bolsillo i nos llama amorosamente PUTA CATALUNYA en los campos de futbol y lugares similares de concentración “cultural” multitudinaria. Por lo demas no sentimos tan queridos que nos duele todo el cuerpo y hasta la lengua que nos quereis impedir utilizar.

    Josep Ramon

    28 diciembre, 2014 at 8:16

    • José Ramón: Pues más te vale seguir tragando amor porque el día que no a lo mejor los castellanos de CagaluÑa no nos dejaremos amordazar más por el nazionalismo. Y ya te puedes meter tu lengua de mierda (más bien un insignificante y ridículo patois) por donde te quepa. Te lo dice un castellano nacido en CagaluÑa, porque ya que nos llamáis ‘colonos’ me niego a considerarme ‘cagalán’ ni ganas. Viva ESPAÑA, y CagaluÑa antes destruida que separada.

      prepareu-vos malparits

      12 julio, 2015 at 14:27

      • Los que insultan, son los que carecen de argumentos. Hazte mirar tu crisis de identidad y tu falta de argumentos.

        Francesc

        21 diciembre, 2015 at 10:09


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