Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for enero 2007

Acentuación del pronombre demostrativo

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Sobre la acentuación ortográfica del pronombre demostrativo
 

Es regla básica de la Ortografía la que manda acentúar los pronombres demostrativos para distinguirlos de los adjetivos.

Así, escribimos:

"Esta casa."

Sin acentuar por ser aquí "esta" el adjetivo que complementa al substantivo "casa".

En cambio, escribimos, o deberíamos escribir:

"Ésta es mi casa."

 Pues, aquí, "ésta" es pronombre demostrativo que substituye al sustantivo "casa" y evita su repetición como sucedería en:

"Esta casa es mi casa."

No traería aquí a colación este asunto que, en principio, puede parecer irrisoriamente pedante, si no fuera porque, desde hace tiempo, vengo notando cómo, invariablemente, la práctica totalidad de nuestros escritores se saltan dicha norma a la torera, de forma que parece como si la no acentuación del pronombre demostrativo se hubiera convertido en práctica universal y regla ortográfica, hasta el punto de haberme hecho dudar de si el equivocado no sería yo.

Es como si la proximidad, dentro de la frase, del sustantivo al que reemplazan, confundiera al escritor y tomara por adjetivo lo que no es sino pronombre. Así, invariablemente, en nuestros días se escribe "Esta es mi casa" por "Ésta es mi casa".

Los ejemplos son infinitos:

 "Este es el caso del señor Rodríguez Zapatero", escribió Mariano Rajoy en su discurso del Pleno Extraordinario sobre la política antiterrorista el 15 de este mes, sin darse cuenta de que lo que quería decir era "Este caso es el caso del señor Rodríguez Zapatero" y que, para no repetir tanto la palabra "caso" utilizaba el pronombre "Éste", con acento.

No tardó Zapatero en incurrir en el mismo error pues, en su discurso del mismo pleno nos dijo:

"Este es el gran reto, esta es la gran oportunidad y espero que todos sepamos estar a la altura que las circunstancias exigen."

Se me dirá que no hay que mirar con tanto escrúpulo los escritos de los políticos (especialmente los del señor Presidente del Gobierno) pero, insisto, no es falta que pueda atribuirse a descuido de personas que, al fin, no se dedican de manera fundamental a la escritura. Sin querer aburrir, pondré algunos ejemplos más sacados de, por lo demás, pulcros escritores:

 "Si ese es el sentir mayoritario de los políticos más representativos del PP." (Alberto Recarte: El gobierno del PSOE reinicia el enfrentamiento civil en España, 27 de marzo del 2006).

 "Pero estas son creencias, lo reconozco." (Cristina Losada, Todo por la paz, 30 de marzo del 2006).

 "Todos esos son asuntos menores." (Agapito Mestre, El PP y la bestia, 4 de abril del 2005).

 "A mi juicio, esta es la estrategia real de los enemigos de España y de la Libertad." (Federico Jiménez Losantos, El abismo del 11-M y el golpe parlamentario del 20-S, 24 de septiembre del 2006).

 "Este es un punto de partida y a la vez su motor. (Filosofía y cristianismo, Julián Marías).

El mismo Amando de Miguel, en su columna "Lengua viva", incurre en el error:

"También está la fórmula inglesa: ‘Esta es Pili’". (Amando de Miguel, De los errores se aprende, 17 de enero del 2007).

La muchedumbre de ejemplos que precede no pretende aburrir sino mostrar, como digo, la universalidad de esta mala praxis que ha llegado a convertirse en norma en nuestros días, siendo prácticamente imposible encontrar construcciones de este tipo en las que el pronombre lleve la tilde que le corresponde.

Intrigado por el asunto y, ya digo, llegando incluso, ante semejante unanimidad, a dudar de que el error fuera mío, he investigado sobre el tema en los clásicos.

Veo que la vacilación existía ya en el siglo xvii, aunque, entonces, era sólo vacilación entre la forma correcta y la incorrecta, utilizándose unas veces la una y otras la otra.

 Podemos ilustrarlo con algunos ejemplos de El Quijote. Cervantes acentúa en:

"–Ésta es cadena de galeotes," (Primera parte, cáp. XXII).

 "–Éstos, pues –dijo el cura–, fueron los que nos robaron;" (Primera parte, cáp. XXIX).

 "Éstas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario" (Primera parte, cáp. XXXIII).

Pero, otras veces, cae en el error que, al final, se impondría y deja de hacerlo en:

"Por adquirir estos que llaman bienes de fortuna." (Primera parte, cáp. XXXIII).

 "Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea." (Primera parte, cáp. XXXVI).

 "De poder entregar su voluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la hizo señora absoluta de su alma." (Primera parte, cáp. XLIII).

Si bien, en este último ejemplo, me queda la duda de si, al ser el segundo "que" de "otra que aquella que", pronombre relativo, no cabría considerar, entonces, a "aquella", a su vez, adjetivo, con lo cual no debería llevar tilde.

Respuesta de don Amando de Miguel en Libertad Digital.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

29 enero, 2007 at 13:46

Encuesta

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Encuesta.

Las encuestas de las páginas web son cosa de risa y no hay que hacer mayor caso de sus resultados pues no tienen eso que los inteligentes en el asunto llaman fiabilidad, ni mucho menos, claro es, significación estadística. Son un pasatiempo más de esto de la navegación por internet.

Quiero, no obstante, hablar de una de ellas: la que está llevando a cabo en el día de hoy, festividad de san Vicente mártir, e-noticies y en la que pregunta “¿Con quién debería pactar en Madrid CiU, con el PSOE o con el PP?”

Va ganando la opción del PP con un 58% frente a la opción contraria, que lleva el 42%.

Yo, a pesar de mi naturaleza castellana, lo veo con meridiana claridad:  me siento infinitamente más cerca de un catalán de derechas que de un castellano de izquierdas y, tal como anda poniendo Zapatero  las cosas, no sé si, en mis días, acabaré llegando a ver en ese castellano de izquierda a mi enemigo y en aquel catalán de derechas a mi amigo y aliado natural.

Puede verse aquí la encuesta a la que me refiero.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

22 enero, 2007 at 21:16

Publicado en Política

A mis queridos amigos ecano y Preto, de Libertad Digital.

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A mis queridos amigos ecano y Preto, de Libertad Digital.
 

Mis queridos amigos ecano y Petro:

de estos blogs de Libertad Digital pueden cantarse muchas alabanzas pero ni el más benigno y complaciente de sus simpatizantes podrá decir, sin faltar a la verdad, que su utilización sea fácil ni manejable; eso que los anglosajones llaman friendly. Antes bien, es engorrosa hasta la desesperación y haría bien el encargado de ellos de hacer mas friendly su interfaz.

Digo esto porque me es imposible leer los interesantes comentarios que hacéis a mi entrada de hace unas horas, España, antes rota que roja, de otra forma que no sea editando el blog, ni contestaros a ellos por la vía lógica y natural que sería añadir un nuevo comentario que respondiera a los que habéis tenido la amabilidad de hacerme. Es por esa razón por la que utilizo una nueva entrada para ni tener la descortesía de dejar de responderos, ni de puntualizar las observaciones, muy apreciables, muy dignas y muy comprensibles, que me hacéis.

Dejemos aquí el preámbulo que explica esta entrada y pasemos a la substancia que es, repito, responder a vuestras leales observaciones.

Hará como diez años que comencé la digitalización de las Obras Completas de José Antonio a partir de un viejo tomo en rústica que había, desvencijado y desencuadernado, en la biblioteca paterna de mi casa. Acabé dicha digitalización, con la correspondiente corrección, hará como tres o cuatro años. Ni que decir tiene que, tras dicha digitalización, el tomo acabó más desencuadernado de lo que estaba. Pero, para mí, sigue siendo una joya. Es, repito, de mala encuadernación rústica, el papel malísimo, como correspondía a los años cincuenta en los que lo editó la Sección Femenina de la Falange. No recuerdo, mi querido ecano, haber encontrado esa frase que atribuyes a José Antonio ni en el proceso de digitalización ni en el de corrección. Mi memoria flaquea con los años y no digo que no fuera él el que pronunció dicha frase. Sólo digo que no recuerdo haberla leído en sus escritos.

Y, te diría más: me sorprendería que dicha frase hubiera salido de los labios de José Antonio a no ser que fuera en un momento de calentamiento dialéctico, raro, por otra parte, en persona tan templada, o en algún contexto especial que la matizara.

Que José Antonio anhelaba la unidad de España es algo indudable. Él mismo nos explica lo que entendía en su concepción de ella como unidad de destino en lo universal, frase que tanta gracia les hace a los rojos y que tanto vilipendian sin tener ni idea de lo que José Antonio quería decir con ello.

Que José Antonio, a trueque de tener asegurada la unidad política de España, le diera lo mismo que esa España se tuviera que hacer roja es más que dudoso. José Antonio no dejó la profesión de abogado que amaba para lanzarse al camino de la política (que le llevó al martirio) porque España estuviera en riesgo de fragmentarse en fragmentos conscientes y orgullosos de su historia y su pasado. No. José Antonio se lanzó a la arena política porque comprendió el intento de la izquierda radical de cargarse el concepto esencial de España. Intento semejante a los que había ensayado mil veces durante el siglo XIX. Intento semejante al que, estupefactos, vemos otra vez repetido en nuestros días.

El Caudillo, por su parte, nos dejó dicho en su Testamento Político: "Mantened la unidad de España exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria".

Hoy ni José Antonio ni el Caudillo están para decirnos cuál sería su visión de la España actual. Contamos, sin embargo, con la instrucción de José Antonio (ésta sí la tengo grabada a fuego en mi memoria) en la que se refiere a que, sin programa, (sin maximalismos ni enrocamientos, digo yo), sólo el verdadero amor a España nos dictará, en cada momento, la dirección en la que debemos mirar.

Y, mirando en esa dirección, no podemos ver sino un mundo convulsionado; un torbellino que engulle lo mejor y lo peor de nuestro pasado en aras de un mundo disneylándico que entontece a Zapatero; un torbellino que ni en sus mejores sueños destructivos hubiera podido imaginar la izquierda rencorosa y destructora que no hubiera necesitado, hace tres años, de torbellino alguno pues con un río revuelto se hubiera dado con un canto en los dientes.

Vemos (o queremos ver), por otra parte, en los nacionalismos más beligerantes, signos de hermandad. Nos decimos: si un nacionalista vasco ama a las Vascongadas o un nacionalista catalán, ama a Cataluña, si es consecuente, profundizando en su amor a su patria chica, no podrá menos que encontarse, antes o después, con España.

Todo esto quería hilvanar en mi anterior entarda en estos blogs.

El problema de la unidad de España no existe.

España existe y va a seguir existiendo en lo espiritual.

Otra cosa es el problema de su unidad política.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

19 enero, 2007 at 21:13

Publicado en Política

España ¡Antes rota que roja!

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Parece ser que alguien de la Falange Española pronunció alguna vez el eslogan “España, antes roja que rota”. No he podido comprobar la cita, pero creo que este camarada se equivocó. Recientemente, Federico Jiménez Losantos la ha parafraseado en el sentido de “España, ni rota, ni roja”. Con los extremos a los que estamos llegando me pregunto, ¿es esto posible? ¿es posible la España liberal que nació con la Constitución de Cádiz? ¿es posible que la realidad espiritual de España siga, en nuestros días, realizándose en una unidad política como la que conocemos?

Sería, sin duda, lo deseable
—o, si no lo deseable, lo cómodo— y en este sentido ha reflexionado sabiamente el episcopado español en su reciente Instrucción Pastoral titulada “Orientaciones morales ante la situación actual de España”.

Nos encontramos, sin embargo, ante dos grandes problemas que dificultan dicha permanencia:

Por un lado, los pueblos distintos del castellano que integran e integrarán siempre, en el plano espiritual, nuestra nación, sienten (y, hasta cierto punto, lo sienten de manera justificada) que sus culturas tradicionales están muriendo a manos de la castellana, más fuerte y pujante. Podrán expresarlo con mayor o menor virulencia; con mayor o menor racionalidad, y de manera mejor o peor argumentada, pero, en el fondo, este temor está justificado y tiene su fundamento.

Es evidente que la forma con que lo expresan, siempre por los partidos más extremistas, pero, también, muchas veces, por los nacionalismos más moderados, es una falsedad histórica. Castilla, lo que ellos llaman “España”, ni es ni ha sido nunca ese ave de rapiña que les viene expoliando desde hace siglos, que les ha conquistado, que ha asesinado a sus hijos y que, literalmente, “les odia”.

Sí: uno de los últimos argumentos que estoy viendo proliferar en Cataluña es el asunto este del “odio” que España siente por Cataluña. Y lo malo es que, de verdad, muchas personas, en Cataluña, creen que España la odia.

El predominio de lo castellano en España no fue fruto de ni de conquistas ni de expolios. Se inscribe dentro de la historia del paso de la Edad Moderna a la Contemporánea (permitid que utilice la cándida clasificación de las edades históricas que nos enseñaron en nuestra niñez). Es decir, pertenece al proceso por el que la Modernidad acabó con el Régimen Tradicional llevándose tantas cosas por delante. La Modernidad y su manifestación política, el Liberalismo, vienen pretendiendo, desde hace doscientos años, crear un mundo mejor e, indudablemente, en el plano del bienestar material lo ha conseguido. Para ello se ha valido, entre otras cosas, de procedimientos uniformizadores argumentando la bondad de esa uniformidad con argumentos utilitarios, técnicos y científicos. Tal fue
—por poner un ejemplo “aséptico”— la introducción del Sistema Métrico Decimal que, por cierto, la sabiduría de los ingleses nunca admitió. Tal fue, en el caso que nos ocupa, el intento de uniformizar a los pueblos de España bajo unas mismas leyes y bajo una misma lengua. Uniformización que ya venía produciéndose de manera natural por la mera naturaleza de las cosas pero que, no cabe duda, se forzó durante los siglos de triunfo del Liberalismo.

No estoy diciendo que esto sea en todo malo. Estoy diciendo que la Modernidad, con su simple concepción material del mundo, olvidó lo que aprovechable y bueno tenía el Antiguo Régimen y, con su convicción soberbia de que las desgracias del ser humano venían del embrutecimiento al que la religión y la esclavitud a la que la monarquía tradicional habían reducido a éste, arrambló con todo.

Con ésta y con la no menos soberbia convicción de que destruyendo a ese Antiguo Régimen y caminando por la senda del conocimiento científico, del desarrollo tecnológico, de la libertad política entendida a su manera y de la libertad religiosa, también entendida a su manera, despreció lo que de bueno tenía aquel Antiguo Régimen y nada aprovechable quiso conservar de él.

***

El segundo problema que se le plantea a la unidad política de España y que envenena la situación hasta límites intolerables es la utilización que la izquierda española hace de ello. A la izquierda, hija espuria del Liberalismo, se le dan un ardite las tradiciones vascas, el idioma catalán o el huso horario gallego. Perversión del Liberalismo, esta izquierda marxista, ha transformado la crítica ciega que ese Liberalismo hace de la Tradición por un odio irracional, visceral, hacia todo lo que la recuerde.

Ahora bien, como no cabe duda de que España existe en lo espiritual ni de que parte esencial de ese espíritu español se forjó durante los años del Antiguo Régimen, el rechazo irracional de esa izquierda hacia tal régimen se manifiesta, de manera inconsciente, en el odio visceral a la España que ellos llaman carca y cavernícola.

De ahí que no les importe aliarse con el mismísimo diablo en su labor de que de esa España no quede ni el más mínimo recuerdo. De ahí su interés porque no la reconozca, tras su paso por el gobierno, ni la madre que la parió (dijo Alfonso Guerra). De ahí que hayan sacado adelante un Estatuto para Cataluña que los catalanes no quieren. De ahí que se estén inventando Estatutos para otra Autonomías cuya necesidad, en la inopia en la que vivíamos antes del advenimiento de Zapatero, nadie había sentido. De ahí su flirteo con la izquierda comunista radical vasca, catalana y gallega.

Esta utilización partidista por parte de la izquierda del grave y real problema de la unidad política de España dificulta y, hasta diría que imposibilita, su solución (si es que cabe solución). Pues, una plausible descomposición de dicha unidad política, se llevaría por delante, no sólo la unidad de España, sino, a la vez, los mismos principios que inspiran el sentimiento nacionalista noble que nos reprocha a los “españoles” la jactancia de no ser capaces de entender nada distinto de una España uniforme.

José Antonio
, riéndose de la engañifas de los programas electorales, dijo una vez que ellos no tenían programa. Que su único programa era el amor a España y que, con ese programa, el buen juicio habría de dictar, en cada momento, la línea a seguir, dejando de lado intereses mezquinos y con el único horizonte de ese amor a España.

Durante los años que duró la Transición creímos de buena fe que los odios que un día separaron a los españoles habían quedado superados por un ejercicio de buena voluntad y de entendimiento con la izquierda.

Creímos que a esa izquierda la animaba el mismo sentimiento de reconciliación y, con las diferencias aceptables en el sistema político que hoy domina la antigua civilización cristiana, la creímos adversario leal.

Hoy, con la llegada de Zapatero y sus secuaces (y secuazas, que diría la sra. de Felipe González) al poder gubernamental, vemos cuánto nos equivocamos. Vemos cómo siguen en lo mismo y vemos cómo están engañando a tirios, intentando engañar a troyanos y utilizando de manera vil el problema de la unidad de España. Cómo, entre mil argucias más, utilizan sin escrúpulo la dificultad de la integración de los pueblos españoles en el todo que todos intuimos para destruir la esencia de todos y cada uno de esos pueblos.

La intuición a la que apelaba José Antonio nos dice hoy que, sean cuales sean las diferencias que separan a los pueblos españoles, nos enfrentamos a un enemigo mayor que gravita sobre ellas.

El intentar, en nuestros días, mantener la unidad de España aún a costa de que este intento sea aprovechado por la izquierda atea y rencorosa para realizar la España falsa que se ha inventado (una España a la que no reconocerá ni la madre que la parió) es hacer el juego a la retahíla de progres, izquierdosos y demás gentuza, capitaneada por Zapatero.

Ahora bien: si la España que hemos heredado, la España que conocemos, se rompe, esa izquierda mezquina perderá una de sus armas fundamentales para mantenerse en el poder. Entonces, los pueblos que surjan de tal destrucción, enfrentados a sí mismos, verán lo inmundo de la manipulación que del concepto de España ha hecho la izquierda pues a ellos tampoco los va a reconocer ni la madre que los parió.

Y la España eterna permanecerá en sus partes rotas porque, esas partes, antes o después, se darán cuenta de que, para ser rojas, lo mismo les da seguir como están. Y, entonces, quizá, de esas partes, pueda resurgir otra unidad política que, indudablemente, no será como la que conocemos pero que, al menos, se habrá librado de la carcoma que la mina.

Vínculo:

Orientaciones morales ante la situación actual de España. Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

18 enero, 2007 at 21:26

Publicado en Política