Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Melancolía de desaparecer

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Melancolía de desaparecer.
 

La semana pasada, despues de ya ni me acuerdo cuántos años, encargué un libro en las Librerías París-Valencia. Las Librerías París-Valencia son una mezcla de librería propiamente dicha, librería de viejo y editorial de facsímiles. Están ligadas entrañablemente a mi vida pues, desde hace mucho tiempo, han sido una de las pocas disculpas que tuve para callejear por mi ciudad, por Valencia.

Se trata de una cadena de librerías que se halla repartida por la ciudad. Alguna de sus dependencias ha desaparecido. Así sucedió con la que estaba junto al Mercado Central, en una calle, cuyo nombre no recuerdo ahora, que converge con la avenida de la reina María Cristina para abrirse a la plaza del Mercado. A ella iba después de ir a oír Misa de siete a la Catedral, que queda a pocos pasos del extremo opuesto de la calle.

Hay otra dependencia al final de la Gran Vía del Marqués del Turia, al lado de la plaza de Cánovas, y otra en la calle Pelayo, cercana a la estación de ferrocarril (de la cual no quiero ni pensar que abominación quieren hacer, pues temo algo parecido a lo que hicieron con la de Atocha [N.B.: no me refiero al atentado terrorista, sino a la reforma que hizo que la estación dejara de ser estación pareciendo que seguía siendo estación pero siendo, en realidad, una vaciedad comercial en la que los trenes ya no llegan a la marquesina, sino que se paran algunas decenas de metros antes, habiéndo quedado la tal marquesina de cubierta de una especie de mezcla de invernadero y centro comercial.]) Pero me desvío de mi discurso. Iba hablando de la sucursal cercana a la estación, al coso de la calle Játiva y, cercana, también, a la cafetería New York, en la que tan grato me resultaba degustar uno o dos whiskies con hielo hasta arriba.

La cafetería New York se llama así, creo, porque el local tiene forma triangular que recuerda a la isla de Manhattan. La barra reproduce dicha forma y, en tiempos, en el vértice redondeado de los dos catetos se hallaba una reproducción en porcelana de la estatua de la Libertad. Hace años que dicha reproducción se rompió y desapareció de su puesto privilegiado y dominador de toda la cafetería. En nuestros días ocupa su antiguo emplazamiento la fuente del barril de cerveza Mahou. Situado en ese lugar, el cliente, al que los camareros no dejan de dirigirse como "caballero" para arriba y "caballero" para abajo, observa, a su izquierda, la  parte de la cafetería que se abre, a través de ventanales amplios, a la calle de san Vicente y, no muy lejos, a la plaza de España. A su derecha no ve, ocultas tras un aparador, las puertas de los lavabos, y, más a su derecha, sí ve varias hileras de otras mesas, éstas dispuestas en bancos, y presididas por copias de bodegones obscurecidos con una pátina artificial exagerada que hace que no se vea ni un peñazo ni las frutas que en ellos se figuran.

La cafetería New York es un sitio absolutamente normal pero, para mí entrañable. Lo descubrí hará unos diez años, cuando lo de Carmen, y en su barra lloré su pérdida ya ni me acuerdo cuántas veces. En aquél entonces solía estar servida por camareras de esas que, al segundo whisky, te hacen reflexionar sobre el clavo que saca al clavo. Hoy no. La inmigración las ha substituido por extranjeras cuya distancia cultural, por muy buenas que estén, disuade a uno de reflexionar nada sobre los clavos.

Vuelvo, sin embargo al New York, de vez en cuando. Poco, porque mi amigo Emilio C. muestra no me explico qué refractariedad a concurrir en él, pero vuelvo.

Es, pues, uno de mis pequeños placeres degustar el whisky en la barra del New York mientras ojeo el libro recién comprado en la sucursal de la calle Pelayo de las librería París-Valencia.

Ayer, después de mucho tiempo distraído con novedades que no son nada, volví al New York.

Como decía al principio, la semana pasada encargué un libro en París-Valencia. Se trata  de una Antología Poética de Agustín de Foxá.

Hace mucho que no compro libros. Internet nos brinda casi cualquier escrito que deseemos y me he acostumbrado a obtenerlos en ella. Sin embargo, no encontré nada de Foxá en Google. Lo busqué estimulado por los continuos elogios que de él hace Alfonso Ussía pero no encontré nada. Como es un escritor proscrito por el Régimen, no hay nada de Foxá en Google. Tampoco lo tenían a mano la semana pasada en la sucursal de Pelayo pero sí que me pudieron hallar (laus Deo) un ejemplar que tuvieron que encargar a no sé dónde.

Lo encargué, pues, y el jueves pasado, recibí de las librerías París-Valencia un sms en mi teléfono móvil (o tempora! o mores!) en el que se me indicaba que ya podía disponer del volumen y que, cuando quisiera, que me pasara por allí y que preguntara por la señorita Mari Carmen.

Ayer fui. Emilio, por un equívoco en la cita, no me pudo acompañar. La señorita Mari Carmen, después de decirme que aún no había recibido el libro, y de decirle yo que me habían mandado un sms diciendo que sí y dicienedo ella que "¡ah!", y diciendo yo que "bien", y diciendo ella que "voy a ver", y diciendo yo que "veamos", y diciendo ella que "sí, es que se me había olvidado apuntarlo", y diciendo yo "no pasa nada", la señorita Mari Carmen, digo, al fin dio con la Antología Poética de Agustín de Foxá.

La ojée en el vértice de la barra del New York. Aquel que presidía la reprodución de la estatua de la Libertad a la que antes me referí y que ahora ocupa el barril de cerveza. Allí, de lo que leí, taigo aquí este poema que Agustín de Foxá tituló Melancolía de desaparecer:

 
 
Y pensar que, después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas;
que, bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.
 
Y pensar que desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata
bañados por la luz del sol poniente,
y noches llenas de aquella luz de plata
que inundaron mi vieja sementera
cuando aun cantaba Dios bajo mi frente.
 
Y pensar que no puedo, en mi egoismo,
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la Luna brillará lo mismo
y que ya no la veré desde mi caja.

 

Agustín de Foxá.

Puede leerse una cita a esta entrada que El Bibliómano tuvo la amabilidad de hacer del 8 de octubre del corriente.

 

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

12 septiembre, 2006 a 21:56

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