Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Héctor y Adrómaca. Un diálogo.

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Héctor y Andrómaca. Un diálogo.

El Ministerio de Justicia, en su Orden 3764 ORDEN JUS/568/2006, de 8 de febrero, sobre modificación de modelos de asientos y certificaciones del Registro Civil y del Libro de Familia, nos ordena, valga la redundancia, que:

1.º La expresión «Padre» se sustituirá por la de «Progenitor A», y la expresión «Madre» por la de «Progenitor B».

Esto es: dado que la entrada en vigor de dicha orden es el día siguiente de su publicación en el BOE y que dicha publicación se realizó el día tres de marzo, desde el día cuatro, los términos "padre" y "madre" han dejado de existir a efectos de asiento en el Registro Civil.

"Principio quieren las cosas", dirán Zapatero y la mafia rosa. Se empieza por el Registro Civil; se empieza por manipular el lenguaje, y se acaba haciendo la sociedad embrutecida que deseamos. Digamos que esta orden aparece para dar continuidad y efecto a la Ley de los matrimonios diz que homosexuales.

Es superior a mis fuerzas. Me pilla la noticia preparando una edición digital de ‘La Ilíada’. Me voy dos mil seiscientos atrás, edad dorada en la que no había ni Zapateros ni Zerolos.

Leo que Héctor intuye su muerte próxima y quiere ver antes a su mujer y a su hijo. Quiere ver a Andrómaca, la de níveos brazos, que es su mujer, no su cónyuge A, y a su tierno hijo, a quien él llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, del cual él es su padre, no su progenitor A ni B. Va en busca de:

«…la esposa querida y a mi hijo pequeño; que ignoro si volveré de la batalla, o los dioses dispondrán que sucumba a manos de los aqueos.» 

No encontrándola en él, pregunta por ella a las esclavas:

«¡Venga, esclavas, decidme la verdad! ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a las hermanas de mis hermanos, las de hermosos peplos? ¿O, acaso, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa?» 

Su despensera le contesta:

«¡Héctor! Ya que tanto nos encareces decir la verdad, no fue a visitar a tus hermanas ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran torre de Ilio, porque supo que los troyanos llevaban la peor parte y era grande el ímpetu de los aqueos. Partió hacia la muralla, ansiosa, como loca, y con ella se fue la nodriza que lleva el niño.»

Héctor se encamina a buscarla hacia la muralla, a las puertas Esceas, que abren paso a la llanura donde al fin el héroe morirá.  La encuentra "llevando en brazos al tierno niño, al Hectorida amado, parecido a una hermosa estrella."

Andrómaca, la de níveos brazos, protesta ante la exclavitud del deber de su marido:

«¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiadas de tu hijo, aun tierno, ni de mí, infortunada, que pronto seré tu viuda; pues los aqueos te acometerán todos a una y acabarán contigo. Preferible sería que, al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo para mí, sino pesares, que ya no tengo padre ni venerable madre. A mi padre matólo el divino Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de los cilicios, Teba, la de altas puertas: dio muerte a Eetión y, sin despojarlo, por el religioso temor que le entró en el ánimo, quemó el cadáver con las labradas armas y le erigió un túmulo, a cuyo alrededor plantaron álamos las ninfas monteses, hijas de Zeus, que lleva la égida. Mis siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron al Hades el mismo día; pues a todos los mató el divino Aquiles, el de los pies ligeros, entre los flexípedes bueyes y las cándidas ovejas. A mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, trájola aquél con otras riquezas y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Ártemis, que se complace en tirar flechas, hirióla en el palacio de mi padre. Héctor, tú eres ahora mi padre, mi venerable madre y mi hermano; tú, mi floreciente esposo. Ahora, pues, compadécete de mí y quédate aquí, resistiendo en lo alto de esta torre ¡no conviertas en huérfano a tu hijo ni a tu mujer en viuda! A tus huestes detén cabe la higuera, que por allí la ciudad es accesible y el muro más fácil de escalar. Los más valientes los dos Ayantes, el célebre Idomeneo, los Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos ya por tres veces se han encaminado a aquel sitio para intentar el asalto: alguien que conoce los oráculos se lo indicó, o su mismo arrojo los impele y anima.»

Contestóle el gran Héctor, el de tremolante casco:

«Todo esto me da cuidado, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos, si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila entre los troyanos, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilio, Príamo y el pueblo de Príamo, armado con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécaba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos de los enemigos, no me importa tanto como la que padecerás tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, se te lleve, sumida en lágrimas, privándote de la libertad que tenías en los días de antaño. Y, quién sabe, tal vez, allá en Argos, tejas luego una pieza de tela, a las órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la fuente Meseide o Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y quizás alguien exclame, al verte derramar lágrimas: “Ésta fue la esposa de Héctor, el guerrero que más se señalaba entre los troyanos, domadores de caballos, cuando en torno de Ilio peleaban.” Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de la esclavitud. Pero ojalá un montón de tierra cubra mi cadáver, antes que oiga tus clamores o presencie tu rapto.»

Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábanle miedo el bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la augusta madre. Héctor se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo amado, y rogó así a Zeus y a los de más dioses:

«¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los troyanos a igualmente esforzado; que reine poderosamente en Ilio; que digan de él cuando vuelva de la batalla: “¡Es mucho más valiente que su padre!”; y que, cargado de cruentos despojos del enemigo a quien haya muerto, regocije el alma de su madre.»

Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que, al recibirlo en el perfumado seno, sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas. Notólo el esposo y compadecido, acaricióla con la mano y le dijo:

«¡Desdichada! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre, sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilio, y yo el primero.»

Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo adornado con crines de caballo, y la esposa amada regresó a su casa, volviendo la cabeza de cuando en cuando y vertiendo copiosas lágrimas. Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de Héctor, matador de hombres; halló en él muchas esclavas, y a todas las movió a lágrimas. Lloraban en el palacio a Héctor vivo aún, porque no esperaban que volviera del combate librándose del valor y de las manos de los aqueos. 

Sabido es que Héctor muere. Es una escena de las más conmovedoras de la Ilíada. Por muy encallecidos que estemos, no puede dejar de conmovernos. Existían los conceptos de ‘padre’ y ‘madre’; de ‘hombre’ y ‘mujer’. Existían esos conceptos que Zapatero, Zerolo y compañía quieren matar.

Sí. Me voy seis mil seiscientos años atrás. Estos indecentes son los mismos que están redactando una asignatura de "Educación Ciudadana".

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

7 marzo, 2006 a 22:36

Publicado en Comentarios

Una respuesta

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  1. Es muy interesante leer estas historias entretienen mucho y son muy cheveres

    dixon

    21 octubre, 2015 at 2:52


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