Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

¡Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles!

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¡Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles!

 

Así comienza la Ilíada, el más antiguo poema épico de la literatura griega. Es un poema épico, esto es, un poema que ensalza una hazaña militar. Como griego, está, también, en los fundamentos de uno de los pilares de nuestra cultura hispana.

Lo traigo a colación porque, en nuestros desgraciados tiempos, parece que hay que explicar que la milicia, el ejercicio de las armas, fue vista, en otros más felices y menos retorcidos, como vivero de virtudes nobles, forja donde se templaban valores profundos del ser humano y fuente de inspiración de todo un género literario que se llama, ya digo, Épica.

Uno de los signos que señalan la decadencia de una cultura es la despreocupación por su defensa armada. Para esto, como para casi todo, tenemos el paradigma en nuestra madre Roma. Sabido es más que de sobra cómo, a la par que el pueblo romano fue olvidando las virtudes republicanas y abandonándose a la molicie en los últimos siglos del imperio, dejó en manos de mercenarios extranjeros la tarea de su defensa militar.

Este desprecio hacia la milicia es propio, digo, de cualquier cultura decadente y, aunque no hubiera otros, bastaría su sola existencia para que nos diéramos cuenta de que la española lo es. Manipuladas las conciencias por la propaganda antibelicista de la ideología de izquierdas, parece que la igualdad: 

Milicia = Violencia = Maldad

es un axioma, es decir, una proposición tan clara y evidente que no precisa demostración.

Apareció la palabra violencia.

La palabra violencia causa tanto escándalo entre los progresistas directores de nuestras conciencias, y, en general, entre la mayoría de nuestros compatriotas entontecida por ellos, como podía causar la palabra coño entre las beatas de principios del siglo pasado.

Hace unos meses, en el transcurso de una guardia, atendí a uno de estos programas telebasura que se llaman reality-shows. Todo el mundo conoce el grado de violencia verbal gratuita que cabe en estos programas. Por lo visto, en una edición anterior de dicho espacio, una de las contertulias no pudo más y le soltó un tortazo a otra. La presentadora, una de estas niñas monas que presentan tales programas, estaba sofocadísima:

–"¡Ay!", decía, "¡con lo que yo odio la violencia!"

 Esta pobre mujer, la presentadora, digo, entendía por violencia el hecho de que un ser humano al que le están tocando las narices, llegue un momento en el que no pueda más y le suelte un tortazo a otro, pero no llega ni a atisbar que el programa que ella presenta no es otra cosa que una exhibición continua de violencia verbal y, ya digo, del todo gratuita. Del todo injusta por gratuita.

 Si acudimos al diccionario vemos que violencia es la cualidad de violento, entendiendo por violento el modo de obrar con ímpetu y fuerza. Y aquí cazamos el truco dialéctico de nuestros progresistas (los progresistas, la izquierda, son maestros en la utilización del sofisma). Substituyen la palabra fuerza por la palabra violencia, cargan a esta última de significación peyorativa y ya los tenemos listos para lanzarse contra cualquier violencia, justa o injusta, que no sea la suya propia, claro, porque ellos se reservan la utilización de cualquier tipo de violencia física, psicológica, verbal, legislativa… para llevarnos a todos a esa Disneylandia no violenta en la que quieren transformar nuestro mundo.

 La Humanidad nunca ha considerado malo el ejercicio de las armas sino, rotudamente, al revés. No creo preciso que me tenga que remontar a las disquisiciones filosóficas sobre la guerra justa ni volver a justificar la guerra defensiva. Creo que, con poco reflexión, se deshace la fórmula que escribí más arriba. Todos podemos imaginar infinidad de situaciones en las que la utilización de la violencia es, no sólo lícita, sino justa y buena:

"Esta paz es el verdadero fin de la guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra",

dice don Quijote en su discurso de las armas y las letras.

El medio de trabajo de los militares es, pues, la utilización de la fuerza o de la violencia física, me da igual llamarlo de una forma u otra. O uno de sus medios. El principal. Esto es así, de la misma forma que los médicos utilizamos la terapéutica o los arquitectos utilizaban la tinta china antes de que apareciera el AutoCad. El que la utilicemos bien o mal, es harina de otro costal.

En resumidas cuentas, podríamos concluir, a grandes rasgos, que la milicia consiste en la utilización de la violencia física con la finalidad de resolver un hecho injusto.

Esto sólo debería bastar para reconocer en la profesión de la milicia un ejercicio respetable y acallar a esa multitud de necios que farisaicamente se avergüenza de ella. Pero es que, además, hay que decir sin ningún miedo, como lo he dicho antes, que la milicia forja valores nobles en el hombre, mal que les pese a los pseudointelectuales. Lean el discurso íntegro de don Quijote en el que compara a las armas con las letras, alabando a ambas, pero concluyendo la superioridad de las primeras sobre las segundas:

Por cierto ¿qué fue don Quijote sino caballero? Y ¿qué significa allí ser caballero sino ser militar? ¿Ha reparado en esto la caterva de pacifistas que celebró el pasado año el quincuacentésimo año de la edición de su novela? ¿La han leído? La celebración de este aniversario por parte de los manipuladores de las mentes que nos gobiernan me hubiera causado risa de no haberme causado infinita ira.

Calderón glosó lo que significaba ser soldado en unos versos que aún hoy cantan nuestros militares.

 
Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.
 
Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
 
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
 
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

Todo esto viene a cuento de la noticia que he escuchado esta tarde en el telediario de las dos y media. Parece ser que las tropas que teníamos en Irak en abril del 2004 asistieron, mirando sentadas en sus carros de combate, a un ataque armado de resistentes irakies contra nuestros aliados norteamericanos.

Me parece muy lícita la discusión de si la guerra de Irak es justa o injusta; de si debimos ir allí o no; de si debimos aliarnos a los norteamericanos o no. Pero, una vez que fuimos, la imagen de nuestros soldados mirando impasibles, sentados en sus carros de combate, el ataque a nuestros aliados sin mover un dedo sólo puede causarme vergüenza y asco.

Parece ser que el Ministerio de Defensa ha justificado tan vergonzosa dejación con la matraca de siempre de la misión de paz: un toque más en el lavado de cerebro; un paso más hacia Disneylandia a costa del honor de nuestros soldados.

¿Sería mucho pedir, dado que los tienen lejos de sus familias, a miles de kilómetros de la patria, sufriendo las mil privaciones que sufre todo soldado en campaña, que, al menos, no les hicieran hacer el ridículo?

Que, por otra parte, no es suyo; es nuestro ridículo. Es la sensación de ridículo de los que, a diferencia del señor Ministro de Defensa, no hemos perdido su sentido.

Así ha degenerado nuestra épica desde los campos de Ilion hasta los desiertos irakies.

¡Canta, oh diosa, la pachorra del señor Bono!

 

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

11 enero, 2006 a 19:25

Publicado en Comentarios

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