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“Señor” Pepiño
Si hay algo que me repatea las tripas es que se dirijan a mí como señor Carlos.
Escribí sobre el asunto hace años —no recuerdo con motivo de qué— en el foro de la página Generalísimo Francisco Franco, antes de que la censura española sobre Internet cayera sobre ella y se cargara tantos escritos de tanta gente, entre ellos, aquel al que me refiero y que me ha venido a la memoria con motivo del rifirrafe de ayer entre Pepiño Blanco y Javier Arenas:
Con la altura intelectual que le caracteriza y como —por lo visto— no tiene nada más oportuno sobre lo que reflexionar, Blanco, dirigió su dialéctica contra Mariano Rajoy diciendo en tono infantil:
«Ya lo veréis; es un cobarde; no va a ir al Parlamento a pedirle explicaciones de por qué los jueces excarcelaron al etarra Troitiño y no va a dar la cara.»
Reflexión, como pueden apreciar ustedes, utílisima para atender a los gravísimos problemas que tiene España pero, en fin, así es Pepiño y ya lo conocemos. Está atacado de los nervios y si don Mariano habla, es un fascista y, si calla, es un cobarde.
Pero no voy a eso: queden las perlas mitineras de don Pepiño —el pensamiento de don Pepiño es un continuo mitin— para que las disfrute y rumie su cada vez más menguado rebaño.
A lo que voy es a la respuesta con la que le ha contestado Javier Arenas:
«A estas alturas, haga lo que haga el señor Zapatero, el señor Pepiño y todo su equipo ya no tiene credibilidad.»
Estando en lo esencial de acuerdo con Arenas, disiento de él en lo formal de su frase:
El idioma castellano, a diferencia del inglés, no admite el tratamiento de señor delante del nombre propio de la persona y lo reserva para colocarlo delante del primer apellido, siendo el tratamiento de don el que se coloca delante del nombre, y, aunque, si bien es verdad que, creo recordar, este tratamiento estaba antes restringido para aquéllos que tenían el título de bachiller superior, en nuestros días esto se aplica a todo el mundo y no voy a hacer mayor cuestión de ello: como decía mi abuela:
Hoy los “dones” valen tan poco
que a mi burro le puse, señor don potro.
De lo que sí quiero hacer cuestión es de lo de señor Carlos: a mí se me puede llamar, señor Muñoz-Caravaca o don Carlos. Lo que nunca se me puede llamar es señor Carlos.
Esto, antaño, era costumbre disculpable en personas que teniendo muy escaso cultivo, querían afectar educación, tales como las porteras, en las cuales era falta frecuentísima, o en un tono más festivo, en las clases bajas madrileñas, tal y como vemos en La Verbena de la Paloma:
«¡Ay señá Rita, no puedo más!
Esa chulapa me va a matar.»
La encontramos también con bastante frecuencia, aunque de manera igualmente comprensible y disculpable, en los catalanoparlantes que no tienen un dominio cabal del castellano.
Veo, sin embargo, que esta costumbre se está extendiendo como la peste y me parece molestísimo, especialmente en estos encuestadores telefónicos que te despiertan invariablemente a la hora de la siesta para inquirirte acerca de no se qué y que —también invariablemente— comienzan diciéndote:
¿Señor Carlos…?
Entenderán ustedes que si, ya de por sí, tales llamadas son molestas e inoportunas, con semejante principio lo que uno hace es colgar inmediatamente el teléfono por mucho que le duela y que comprenda la dificultad del trabajo de estas personas.
Mas, como digo, no es sólo entre porteras y encuestadores donde vemos esta mala utilización del término, sino que la hallamos cada vez más extendida entre personas cultas y aun ilustradas. El encontrarla en boca del señor Arenas —don Javier— me ha hecho intentar reescribir esta reflexión.
Y aunque, pensándolo bien, quizá el señor Arenas la utilizó aquí a modo de rechifla frente al personaje, quede dicho lo dicho.
Vínculo:
Don de lenguas. Amando de Miguel.
Acentuación del pronombre demostrativo
Es regla básica de la Ortografía la que manda acentúar los pronombres demostrativos para distinguirlos de los adjetivos.
Así, escribimos:
"Esta casa."
Sin acentuar por ser aquí "esta" el adjetivo que complementa al substantivo "casa".
En cambio, escribimos, o deberíamos escribir:
"Ésta es mi casa."
Pues, aquí, "ésta" es pronombre demostrativo que substituye al sustantivo "casa" y evita su repetición como sucedería en:
"Esta casa es mi casa."
No traería aquí a colación este asunto que, en principio, puede parecer irrisoriamente pedante, si no fuera porque, desde hace tiempo, vengo notando cómo, invariablemente, la práctica totalidad de nuestros escritores se saltan dicha norma a la torera, de forma que parece como si la no acentuación del pronombre demostrativo se hubiera convertido en práctica universal y regla ortográfica, hasta el punto de haberme hecho dudar de si el equivocado no sería yo.
Es como si la proximidad, dentro de la frase, del sustantivo al que reemplazan, confundiera al escritor y tomara por adjetivo lo que no es sino pronombre. Así, invariablemente, en nuestros días se escribe "Esta es mi casa" por "Ésta es mi casa".
Los ejemplos son infinitos:
"Este es el caso del señor Rodríguez Zapatero", escribió Mariano Rajoy en su discurso del Pleno Extraordinario sobre la política antiterrorista el 15 de este mes, sin darse cuenta de que lo que quería decir era "Este caso es el caso del señor Rodríguez Zapatero" y que, para no repetir tanto la palabra "caso" utilizaba el pronombre "Éste", con acento.
No tardó Zapatero en incurrir en el mismo error pues, en su discurso del mismo pleno nos dijo:
"Este es el gran reto, esta es la gran oportunidad y espero que todos sepamos estar a la altura que las circunstancias exigen."
Se me dirá que no hay que mirar con tanto escrúpulo los escritos de los políticos (especialmente los del señor Presidente del Gobierno) pero, insisto, no es falta que pueda atribuirse a descuido de personas que, al fin, no se dedican de manera fundamental a la escritura. Sin querer aburrir, pondré algunos ejemplos más sacados de, por lo demás, pulcros escritores:
"Si ese es el sentir mayoritario de los políticos más representativos del PP." (Alberto Recarte: El gobierno del PSOE reinicia el enfrentamiento civil en España, 27 de marzo del 2006).
"Pero estas son creencias, lo reconozco." (Cristina Losada, Todo por la paz, 30 de marzo del 2006).
"Todos esos son asuntos menores." (Agapito Mestre, El PP y la bestia, 4 de abril del 2005).
"A mi juicio, esta es la estrategia real de los enemigos de España y de la Libertad." (Federico Jiménez Losantos, El abismo del 11-M y el golpe parlamentario del 20-S, 24 de septiembre del 2006).
"Este es un punto de partida y a la vez su motor. (Filosofía y cristianismo, Julián Marías).
El mismo Amando de Miguel, en su columna "Lengua viva", incurre en el error:
"También está la fórmula inglesa: ‘Esta es Pili’". (Amando de Miguel, De los errores se aprende, 17 de enero del 2007).
La muchedumbre de ejemplos que precede no pretende aburrir sino mostrar, como digo, la universalidad de esta mala praxis que ha llegado a convertirse en norma en nuestros días, siendo prácticamente imposible encontrar construcciones de este tipo en las que el pronombre lleve la tilde que le corresponde.
Intrigado por el asunto y, ya digo, llegando incluso, ante semejante unanimidad, a dudar de que el error fuera mío, he investigado sobre el tema en los clásicos.
Veo que la vacilación existía ya en el siglo xvii, aunque, entonces, era sólo vacilación entre la forma correcta y la incorrecta, utilizándose unas veces la una y otras la otra.
Podemos ilustrarlo con algunos ejemplos de El Quijote. Cervantes acentúa en:
"–Ésta es cadena de galeotes," (Primera parte, cáp. XXII).
"–Éstos, pues –dijo el cura–, fueron los que nos robaron;" (Primera parte, cáp. XXIX).
"Éstas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario" (Primera parte, cáp. XXXIII).
Pero, otras veces, cae en el error que, al final, se impondría y deja de hacerlo en:
"Por adquirir estos que llaman bienes de fortuna." (Primera parte, cáp. XXXIII).
"Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea." (Primera parte, cáp. XXXVI).
"De poder entregar su voluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la hizo señora absoluta de su alma." (Primera parte, cáp. XLIII).
Si bien, en este último ejemplo, me queda la duda de si, al ser el segundo "que" de "otra que aquella que", pronombre relativo, no cabría considerar, entonces, a "aquella", a su vez, adjetivo, con lo cual no debería llevar tilde.
Respuesta de don Amando de Miguel en Libertad Digital.













