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Sherlock Holmes
Sherlock Holmes
André Maurois
Mi apreciado compañero en estas lides de escribir blogs, Alcides, con quien tengo un inmenso deber de gratitud por el interés que se toma en estos escritos, comenzó, hace tiempo, una ingente labor intelectual —una labor de esas que, por su misma naturaleza, tienen comienzo pero no tienen fin— en su página web “Es un momento”.
Alcides, en esta su página, a mi modo de ver, más que pretender exponernos de manera cargante una relación exhaustiva y fría, lo que nos muestra es su curiosidad por la universalidad del conocimiento característica del hombre renacentista. Frente a la emotividad del romanticismo, al que le preocupa muy poco fijarse en las cumbres del pensamiento humano, el clasicismo de Alcides ha tenido el coraje de dar inicio a la tarea, ingente como digo, de llevar tales cumbres a Es un momento y presentárnoslas allí de manera sencilla y sin mayor pretensión que mostrar su curiosidad y su cariño hacia estas cosas.
Visitando, pues, Es un momento y, aconsejado por él, ojeando sus enlaces, he ido a dar con el blog de Hilaire, Gilbert y Frances y, en él, con su última, entrada dedicada a sir Arthur Conan Doyle y, más concretamente a su personaje de ficción, Sherlock Holmes en un estudio de su novela Estudio en escarlata (A Study in Scarlet).
Comoquiera que Las aventuras de Sherlock Holmes fueron, sin ninguna duda, la más importante y asidua lectura de mi juventud y, durante ella, me absorbieron con el mismo grado de adición con el que los jóvenes de hoy en día se aplican a la play-station, no ha podido menos que conmoverme tal encuentro, evocar aquellos tiempos e inspirarme las reflexiones que siguen para las que lo que acabo de decir, al tiempo que un gesto de gratitud hacia Alcides, de reconocimiento para Hilaire, Gilbert y Frances y de homenaje hacia Conan Doyle y su obra, quiero que sirvan de prologuillo y de explicación.
***
En efecto, con todo lo que me va fallando la memoria, recuerdo como si fuera hoy la tarde en que mi padre se presentó en casa con los dos tomos, encuadernados en piel roja, de Las aventuras de Sherlock Holmes, traducidas y prologadas por Amando Lázaro Ros y que la Editorial Aguilar tenía publicadas en su colección El Lince Astuto. Después de mucho tiempo, los acabo de recoger de su estantería para tenerlos delante de mí al tiempo que escribo estas líneas y un sentimiento de infinita melancolía me embarga al hojearlos.
Una de las anécdotas que me impresionaron en el Diario de Ana Frank —anécdota menor, si se quiere, en libro de tanta enormidad— fue el cuidado con que sus padres se ocupaban de sus lecturas y del que nos podemos dar cuenta en varios pasajes de la primera parte de la obra. Así era entonces —dudo mucho que lo siga siendo—: antaño, los padres, efectivamente, se ocupaban y preocupaban por que sus hijos, en la edad infantil y juvenil, conocieran y disfrutaran de los clásicos de la literatura dirigida a estas épocas de la vida.
Así, el caso fue que mi padre, una tarde, llevó a casa los dos tomos que digo en cuya lectura me envicié. Leía y releía con fruición Las aventuras de Sherlock Holmes con tal desmesura que, un día, me preguntó mi padre:
—Pero, hijo, ¿como puedes leer tantas veces lo mismo cuando lo interesante de una novela policíaca es saber quien es el asesino? Una vez conocido éste ¿qué satisfacción, qué goce, se puede sacar de tanta relectura?
No supe entonces qué responder a la pregunta de mi padre. Con el paso de los años he comprendido muy bien el por qué de mi fruición en Sherlok Holmes.
La novela, como dijo André Mourois, es el arte de crear un hombre. No encuentro mejor definición para el género novelístico. En él puede haber, y hay, subcategorías, en las que prime el argumento sobre el dibujo preciso, minucioso, de una persona creada de la nada, pero la esencia de la novela, lo importante de la novela, lo grandioso de la novela es esa creación ex nihilo de un ser humano. Por eso El Quijote es la mejor y más grande novela que se haya escrito nunca, porque dibuja con tanta precisión a un hombre —a dos hombres— que se nos acaba por hacer entrañable. A un hombre al que, de existir realmente, reconoceríamos al momento si nos lo encontráramos por la calle y esto, no por su apariencia externa, sino por el dibujo espiritual que tan bien supo hacer de él el novelista que lo creó.
Porque El Quijote, lo que menos es es una novela de aventuras. El Quijote no es más que las conversaciones de dos hombres que, mientras caminan, hablan de lo divino y de lo humano. Hablan y, hablando, se nos aparecen como dos personas que, si no existen, merecerían haber existido.
Las “aventuras” que enmarcan estas conversaciones, ciertamente, no tienen mayor interés. Sirven sólo para eso: para enmarcar y dar disculpa a la relación entre don Quijote y Sancho Panza y, lo mismo que fueron las que escribió Cervantes podrían haber sido otras cualesquiera.
De la misma manera, si Cervantes no hubiera tenido el genio de diseccionar hasta lo más profundo de su alma a don Quijote y a Sancho, El Quijote habría pasado sin ninguna gloria y nadie recordaría hoy tales aventuras. Por eso me producen pavor las versiones de El Quijote hechas en películas o en dibujos animados, porque no es eso, no es eso…
Con Sherlock Holmes y el doctor Watson sucede lo mismo que con don Quijote y Sancho. Siendo el argumento de sus novelas algo más trabajado y, efectivamente, policíaco, no son sino dos seres humanos nacidos de la nada gracias al genio de Conan Doyle y esta es la causa de su inmortalidad. Tan humanos que el lector que los haya acompañado en todas sus aventuras, desde el Estudio en Escarlata, la primera de ellas, hasta la última, El epílogo de Sherlock Holmes, en la lectura de los últimos párrafos de la última, (An Epilogue of Sherlock Holmes), cuando los dos amigos, ya ancianos, se despiden sabiendo que nunca más se volverán a ver:
—Sopla viento del Este, Watson.
—Creo que no, Holmes. Es un viento muy caluroso.
—¡Mi bueno y querido Watson! Es usted el único punto inconmovible en una época en que todo cambia. A pesar de lo que dice, sopla viento del Este como jamás sopló con tanta violencia sobre Inglaterra…
el lector, digo, que hasta aquí los haya acompañado no puede evitar que se le salten las lágrimas. Yo, al menos, no podía.
***
Se ha dicho, también, que la novela es, con las excepciones de rigor, obra de la madurez del escritor. No puede ser de otra manera. Si el ansia juvenil puede muy bien explotar en un soneto lírico, es muy difícil inventar con arte y verosimilitud la figura de un ser humano sin haber avanzado mucho trecho por el camino de la vida y del conocimiento del hombre… de los hombres. Y, sin embargo, es hoy el pan nuestro de cada día el caso del niño o de la niña con ínfula de escritor que desea pasar a la posteridad escribiendo una novela sobre, digamos, la vida en los barrios bajos de Singapur, se gasta un dineral yéndose a Singapur a documentarse y vuelve de Singapur para largarnos una supuesta novela en la que no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera, muy seguramente, una concepción cabal por parte del escritor de la vida externa en los barrios bajos de Singapur y, en cualquier caso, ni rastro de la más mínima vibración realmente humana.
Por eso puede conmigo la novelística moderna ocupada en la novela histórica o en la novela de, dicen ellos, denuncia social, documental y todas las zarandajas en las que anda metida. Me aburren tantos y tantos títulos que nos sonríen desde los expositores de las librerías y que lo mejor que tienen, en la inmensa mayoría de los casos, es la ilustración de la portada. Me duele ver a todo el mundo —y cuando digo todo el mundo me refiero a todo el mundo— enfrascado en tales lecturas y no ver a nadie —y cuando digo nadie quiero decir literalmente a nadie— que lea un clásico, dígase El Quijote, díganse Las aventuras de Sherlock Holmes, dígase el que se diga.
Por eso me indigna la indecencia con la que algunos novelistas utilizan la Historia para hacer novelas históricas. Y me indigna, más aún, que el único conocimiento que el público tiene de la Historia sean las elucubraciones, muchas veces malintencionadas, de autores de novelas y guionistas cinematográficos. No es que desprecie el subgénero de la novela histórica ni que deje de reconocer que ha dado grandes obras a la literatura universal, pero me indignan obras tales como El pedestal de las Estatuas, “novela” en la que Antonio Gala, de quien ya he hablado en otra ocasión en este sentido, tiene la osadía de pretender —nada menos— que “levantar las faldas a la Historia de España” y demostrar que Isabel la Católica era una asesina. Es pura trampa.
Pero no quería envenenarme hoy el alma. Empecé el escrito, únicamente, para rendir homenaje y recordar a Sherlock Holmes. Olvidémonos pues, por hoy, de Gala y constatemos sólo que, a pesar de todo, dentro de cincuenta años los clásicos seguirán siendo clásicos mientras que de las obras nacidas al compás del marketing editorial no se acordará ni la madre que las parió.
Vínculos:
Esunmomento. Página de Alcides.
Blog de Hilaire, Gilbert y Frances.
News and updates on the world of Sherlock Holmes, by Sherlockians for Sherlockians.
Antonio Gala. De Conceptos esparcidos.
Antonio Gala: “Fuera los pedestales…”. De Diario de Córdoba.
¿Nim estroncios ocefán?
El pasado 19 de marzo, el genio de Alfonso Ussía se superó a sí mismo desde su columna en La Razón y, recordando a Tip, reflexiona Ussía sobre la necedad de los paletos que nos gobiernan al pretender elevar a categoría de idioma oficial (eufemismo que esconde su inquina y su rencor hacia la lingua franca española que todos entendemos y a todos nos une) hablas locales tales como el bable, la fabla, el panocho o el silbo canario, rememoraba Ussía la anécdota de un idioma inventado por el no menos genial Luis Sánchez Polack, Tip, para entendernos, cierto día que, sentado ante la barra de su bar preferido en Valencia y sito en la calle, hasta donde he podido conocer, de el Mosén Femades, escuchó, entre gamba y gamba, la conversación que dos bilbaínos, sentados a su lado en la tal barra, sostenían en vascuence, lengua, por otra parte, antiquísima, respetabílisima, pero súmamente incomprensible para nadie que no sea vascuence de naturaleza.
En aquel momento, Tip, según cuenta Ussía decidió inventar un idioma para no desmerecer del arcano vascuence en situaciones semejantes e ideó el mangalofa, una lengua sin raíces e incomprensible para nadie en aquel momento de su creación pero que, con el tiempo, a la vez que crecía y se enriquecía en vocabulario y sintaxis, acabó siendo entendida y utilizada por los camareros y los parroquianos de la taberna.
Comprendamos que, ante el vascuence, el genio de Tip fue mucho más sutil que el de don Quijote.
Los ejemplos que recuerda Ussía son graciosísimos:
Por lo visto, en mangalofa, «Manolo: una caña y una ración de aceitunas rellenas» se decía: «Manolen: espumoffa gun nente ancholoffas verderán.»
Y Manolo, entendiéndolo a la de una, le servía el aperitivo al tiempo que, servicial, preguntaba a Tip:
—«¿Yiflú ancholoffas verderán? ¿Nim estroncios ocefán?» (¿Sólo aceitunas rellenas? ¿No quiere algún marisquito?)
A lo que Tip respondía:
—«Su gorrin hogaren, yu; su nim gorrin hogaren enefles timorro, nim.» (Si paga la casa, sí; si no paga la casa y me la metéis doblada, no.)
Parece ser que hasta llegó a hacer una versión en mangalofa del pasodoble Valencia que, todos, camareros y parroquianos, entonaban cuando llevaban mediada la tercera cerveza:
«¡Valencia, omofelos florisplantis e fu Rita Barberá!»
(¡Valencia, es la tierra de las flores y de Rita Barberá!)
Entrañable Tip. Tan entrañable como genial.
Quizá la miseria de nuestro tiempo no sea sino la ausencia de genialidad y la banalidad e indigencia intelectual de la avifauna que inspiró el artículo de Ussía.
Y, quizá, hombres que hace veinte años nos parecían normales hoy se nos aparezcan, por comparación con esta avifauna que, por nuestros pecados, nos gobierna, como geniales.
Geniales en su profesión de cómicos. Geniales en su maestría de saber manejar el despropósito, del que habían hecho su profesión y que creaban con esta perfección y esta sencillez.
Quizá la miseria de nuestro tiempo sea que se halle dominado por analfabetos incapaces de ser geniales ni en el despropósito, ni en lo serio, ni en nada, y que, para aparentar que son algo, se dediquen a llevar sus despropósitos a la categoría de leyes de obligado cumplimiento en vez de dejarlos, como Tip, para la barra de su bar.
A raíz del artículo de Ussía he recordado que, hace años, me crucé con Tip en la calle del Periodista Azzatti, a pocos pasos de la calle del Mosén Femades y he querido pensar que a ella se dirigía, a su taberna (pues aquella dirección llevaba), a degustar unas aceitunas rellenas y una cerveza y a entonar, con «Los Niños de Mosén Femades» aquello de
«¡Valencia, omofelos florisplantis…!»
Ayer, animado por el artículo de Ussía e informado por Emilio (que lo sabe casi todo acerca de la vida anecdótica valenciana) sobre cuál pudiera ser, con bastante probabilidad, el bar en el que Tip inventó el mangalofa, salí a hacer el recorrido y a tomarme en él una «espumoffa gun nente ancholoffas verderán» pues, efectivamente, como muy bien apreció Tip, los precios de los «estroncios ocefán» resultan allí prohibitivos.
Lo encontré, lamentablemente, cerrado.

Taberna El Alkazar en la calle Mosén Femades.
Vínculos:
El mangalofa, artículo de Alfonso Ussía en La Razón.
La web de Tip. Pequeña biografía.
Mío Tip. Artículo de Antonio Vergara.
Melancolía de desaparecer
La semana pasada, despues de ya ni me acuerdo cuántos años, encargué un libro en las Librerías París-Valencia. Las Librerías París-Valencia son una mezcla de librería propiamente dicha, librería de viejo y editorial de facsímiles. Están ligadas entrañablemente a mi vida pues, desde hace mucho tiempo, han sido una de las pocas disculpas que tuve para callejear por mi ciudad, por Valencia.
Se trata de una cadena de librerías que se halla repartida por la ciudad. Alguna de sus dependencias ha desaparecido. Así sucedió con la que estaba junto al Mercado Central, en una calle, cuyo nombre no recuerdo ahora, que converge con la avenida de la reina María Cristina para abrirse a la plaza del Mercado. A ella iba después de ir a oír Misa de siete a la Catedral, que queda a pocos pasos del extremo opuesto de la calle.
Hay otra dependencia al final de la Gran Vía del Marqués del Turia, al lado de la plaza de Cánovas, y otra en la calle Pelayo, cercana a la estación de ferrocarril (de la cual no quiero ni pensar que abominación quieren hacer, pues temo algo parecido a lo que hicieron con la de Atocha [N.B.: no me refiero al atentado terrorista, sino a la reforma que hizo que la estación dejara de ser estación pareciendo que seguía siendo estación pero siendo, en realidad, una vaciedad comercial en la que los trenes ya no llegan a la marquesina, sino que se paran algunas decenas de metros antes, habiéndo quedado la tal marquesina de cubierta de una especie de mezcla de invernadero y centro comercial.]) Pero me desvío de mi discurso. Iba hablando de la sucursal cercana a la estación, al coso de la calle Játiva y, cercana, también, a la cafetería New York, en la que tan grato me resultaba degustar uno o dos whiskies con hielo hasta arriba.
La cafetería New York se llama así, creo, porque el local tiene forma triangular que recuerda a la isla de Manhattan. La barra reproduce dicha forma y, en tiempos, en el vértice redondeado de los dos catetos se hallaba una reproducción en porcelana de la estatua de la Libertad. Hace años que dicha reproducción se rompió y desapareció de su puesto privilegiado y dominador de toda la cafetería. En nuestros días ocupa su antiguo emplazamiento la fuente del barril de cerveza Mahou. Situado en ese lugar, el cliente, al que los camareros no dejan de dirigirse como "caballero" para arriba y "caballero" para abajo, observa, a su izquierda, la parte de la cafetería que se abre, a través de ventanales amplios, a la calle de san Vicente y, no muy lejos, a la plaza de España. A su derecha no ve, ocultas tras un aparador, las puertas de los lavabos, y, más a su derecha, sí ve varias hileras de otras mesas, éstas dispuestas en bancos, y presididas por copias de bodegones obscurecidos con una pátina artificial exagerada que hace que no se vea ni un peñazo ni las frutas que en ellos se figuran.
La cafetería New York es un sitio absolutamente normal pero, para mí entrañable. Lo descubrí hará unos diez años, cuando lo de Carmen, y en su barra lloré su pérdida ya ni me acuerdo cuántas veces. En aquél entonces solía estar servida por camareras de esas que, al segundo whisky, te hacen reflexionar sobre el clavo que saca al clavo. Hoy no. La inmigración las ha substituido por extranjeras cuya distancia cultural, por muy buenas que estén, disuade a uno de reflexionar nada sobre los clavos.
Vuelvo, sin embargo al New York, de vez en cuando. Poco, porque mi amigo Emilio C. muestra no me explico qué refractariedad a concurrir en él, pero vuelvo.
Es, pues, uno de mis pequeños placeres degustar el whisky en la barra del New York mientras ojeo el libro recién comprado en la sucursal de la calle Pelayo de las librería París-Valencia.
Ayer, después de mucho tiempo distraído con novedades que no son nada, volví al New York.
Como decía al principio, la semana pasada encargué un libro en París-Valencia. Se trata de una Antología Poética de Agustín de Foxá.
Hace mucho que no compro libros. Internet nos brinda casi cualquier escrito que deseemos y me he acostumbrado a obtenerlos en ella. Sin embargo, no encontré nada de Foxá en Google. Lo busqué estimulado por los continuos elogios que de él hace Alfonso Ussía pero no encontré nada. Como es un escritor proscrito por el Régimen, no hay nada de Foxá en Google. Tampoco lo tenían a mano la semana pasada en la sucursal de Pelayo pero sí que me pudieron hallar (laus Deo) un ejemplar que tuvieron que encargar a no sé dónde.
Lo encargué, pues, y el jueves pasado, recibí de las librerías París-Valencia un sms en mi teléfono móvil (o tempora! o mores!) en el que se me indicaba que ya podía disponer del volumen y que, cuando quisiera, que me pasara por allí y que preguntara por la señorita Mari Carmen.
Ayer fui. Emilio, por un equívoco en la cita, no me pudo acompañar. La señorita Mari Carmen, después de decirme que aún no había recibido el libro, y de decirle yo que me habían mandado un sms diciendo que sí y dicienedo ella que "¡ah!", y diciendo yo que "bien", y diciendo ella que "voy a ver", y diciendo yo que "veamos", y diciendo ella que "sí, es que se me había olvidado apuntarlo", y diciendo yo "no pasa nada", la señorita Mari Carmen, digo, al fin dio con la Antología Poética de Agustín de Foxá.
La ojée en el vértice de la barra del New York. Aquel que presidía la reprodución de la estatua de la Libertad a la que antes me referí y que ahora ocupa el barril de cerveza. Allí, de lo que leí, taigo aquí este poema que Agustín de Foxá tituló Melancolía de desaparecer:
y que habrá nuevos cielos de escarlata
Agustín de Foxá.
Puede leerse una cita a esta entrada que El Bibliómano tuvo la amabilidad de hacer del 8 de octubre del corriente.



























